Al dignificar al médico, se dignifica al sistema de salud y por ende al paciente mismo.

Si bien es cierto, la dignificación de quienes ejercen la medicina se realiza tanto desde quienes ostentan el título como desde el Estado cuyo papel es legitimarlos y legalizarlos, eso no obsta para reconocer la casi total responsabilidad en el papel dignificador a favor de aquel desde este. En otras palabras, en el Estado recae la mayor y más relevante obligación de dignificar a cada persona que práctica la medicina en su calidad académica de Doctor. Y, teniendo en cuenta eso, es importante enfatizar cuales son las condiciones, mecanismos, medios y acciones esenciales que dignifican a los que cumplen tal función clave en la sociedad a favor de la dignidad humana.

Previamente, deseo hacer unas aclaraciones y precisiones para hacer más fluida la argumentación; primero, me enfoco en la carrera del Doctorado en Medicina, no sólo porque es mi profesión primaria desde hace más de una década, y eso me brinda mayores elementos de juicio, también porque considero a la profesión médica como la columna principal de sostén sobre y alrededor de la cual gira el sistema de salud de la sociedad, no la única, pero sí la más importante. Eso no significa que se demerite a las otras profesiones de la salud, al contrario, ellas son importantes y complementarias en el gran equipo de atención a la salud de una sociedad, sin embargo, ellas dependen tanto esencial como operativamente.

Otra precisión, de carácter más formal en lo que a redacción se refiere, es que, al referirme a las personas cuya praxis es la Medicina en su calidad de doctores, hablo tanto de hombres como mujeres, y para entendernos, en adelante usaré la palabra “médico” o “médicos” de manera genérica como se usa: “humano”, para referirme tanto a doctores como a doctoras en Medicina. Habiendo dejado claro, pasemos a lo que corresponde.

Dignificar significa, etimológicamente, es decir,  según sus raíces latinas: “hacer digno”, y se entiende su aspecto activo y esencial, pero también se puede referir a su aspecto pasivo y formal: “presentar como digno”. Es decir, la obligación estatal no sólo es presentar a un médico como digno sino hacer un médico digno. No basta solo con respaldar mediante una serie de procesos burocráticos, simbólicos y legales al gremio médico, no es suficiente, con un título o número de registro, también es su estricta e ineludible función crear las condiciones, mecanismos, medios y realizar acciones que se conviertan en un sistema dignificador de los médicos.

En ese mismo orden de ideas, al hablar de “digno”, no sólo reduzco ese epíteto al simple hecho de “merecido”, como si fuera algo tan simple o frívola como pensar que por el hecho que se estudia ocho años y se asigne la nominación más alta de pregrado: “doctor”, entonces merece un trato preferencial desde el Estado, como si se tratase de una élite privilegiada. No, definitivamente, no. Cuando menciono la dignidad lo hago en función de la naturaleza vital e importancia imprescindible que implica en la sociedad el rol que se desempeñan los médicos. Como médicos somos dignos no como segmento especial de humanos, sino como personas que cumplimos una insustituible labor en pro de los demás. Somos dignos porque como médicos nos corresponden ciertas condiciones, mecanismos, medios y acciones propias, asociadas al ejercicio mismo de la Medicina. Dicho de otra manera, quien posee la dignidad esencial es la praxis médica la cual es inexistente sin los médicos que la desarrollan.

Por lo tanto, en la medida en que se dignifique a los médicos, se dignifica a la Medicina en un país. Y, eso, nos lleva a concluir que, al dignificar la Medicina de un sistema de salud público, se está dignificando a las personas no médicas que se benefician del tal.

Insisto, no es dignificar al médico por el médico per se, es dignificarlo como eslabón clave en la cadena de atención en salud de la población en general.

Eso nos lleva a la pregunta inicial, ¿Cómo se dignifica al médico?

La respuesta no es simple ni fácil, sin embargo, para simplificarla, partiremos de la premisa siguiente: si lo digno implica una correspondencia proporcional al comportamiento o calidad de alguien, en el caso de los médicos, debemos preguntarnos que les corresponde proporcionalmente de acuerdo a su comportamiento o calidad del mismo. Y, eso nos lleva a revisar detenidamente la práctica médica necesaria en una sociedad.

De tal manera, que si abordamos la dignidad del médico desde la perspectiva de los pacientes, podríamos formularnos así la pregunta, ¿Qué tipo de médicos son dignos para las personas? ¿Qué médicos se merecen? ¿Qué médicos les corresponden? ¿Cuál es la calidad y comportamiento de los médicos dignos para la gente?

El Estado debe, enfáticamente, debe crear condiciones académicas, infraestructurales, laborales, jurídicas para que los médicos sean dignos médicos de sus pacientes. Como ejemplos de ello, a saber: gestionar universidades con la más alta calidad de enseñanza de la carrera; construir dignos centros de salud públicos (unidades de salud, hospitales, etc) suficientemente equipados para la población adscrita; garantizar tiempo laboral humanizado, remuneraciones justas, escalafonadas y correspondientes a la complejidad y responsabilidad crítica de las funciones médicas; revisar y actualizar las leyes asociadas a la práctica médica (civiles, penales, familiares y éticas) cuyo enfoque no sea la persimividad de la negligencia, imprudencia o impericia, pero que a su vez, tampoco criminalice acciones llevadas a cabo en situaciones de alto nivel de complejidad y momentos críticos.

Además, el Estado debe crear todo tipo de mecanismos que permitan la dignificación de los médicos, de manera biunívoca.  Dado que, definitivamente, hay puntos específicos, dinámicos, y detallados de cada condicionante, es ahí donde el Estado está en la obligación insoslayable de crear formas de  comunicación directa, como: mesas de discusión permanentes con los médicos públicos y privados; médicos agremiados o no; médicos con cargos de jefatura y con los de la llanura; médicos de renombre o médicos recién graduados. Consultar los salarios, las prestaciones, los horarios, los días; verificar el número de médicos que ejercen, cantidad de médicos desempleados, etc. Además de los mecanismos de comunicación directa con médicos, también debe crear mecanismos que conecten académicamente en forma bilateral: universidades con centros de salud públicos, los cuales deben ser respaldados legalmente por convenios, normas y protocolos bien establecidos, diferenciados y protegidos.

Lo anterior favorecería el desarrollo académico apegado a la realidad de salud pública del país. No basta con suplir recurriendo a estudiantes en plazas laborales de médicos graduados, se debe elaborar todo un proceso sistemático estandarizado que permita la formación integral médica sin menoscabo de la calidad y seguridad del paciente. Sino, caemos en lo que hemos tenido por casi doscientos años, donde un grupo de inexpertos estudiantes atienden a los más pobres de los pobres. Por ello, insisto, es un mecanismo estatal con todo lo que ello conlleva, expertos docentes, infraestructura, protocolos y herramientas propias de todo ello. Verdaderos “Hospitales-escuela”.

Ello, por mencionar un par de mecanismos, también, otro sería, promover y facilitar la organización gremial de los médicos, no solo como clubes elitistas que defienden élites (aunque es su legítimo derecho), también como centros de Intelectuales consultores a los cuales pueda echar mano el ministerio de salud en situaciones de análisis y resolución de casos tanto clínicos como de salud pública.

En cuanto a los medios que dignifican al médico, y que el Estado debe proveer, son varios, pero considero importante resaltar, el medio de capacitación y tecnificación continua de los médicos. No solamente a médicos de la red pública, sino a todos los inscritos en la Junta de Vigilancia de la Profesión Médica, todo tipo de medios de formación, ya sea de una enfermedad de interés nacional, sino de procedimientos claves para la salud en general, retroalimentaciones temáticas, cursos de actualización, etc. Todo con créditos para mejoría salarial, en función de lo público principalmente y provisto absolutamente por el Estado.

Finalmente, deseo mencionar acciones cruciales en pro de la digna profesión médica: convertir en la prioridad uno, la atención preventiva, curativa, crítica y rehabilitación de los médicos, es claro que sin médicos sanos no hay sanos. Además, velar porque cada médico graduado tenga no solamente un empleo, además, dignamente remunerado, es claro que a mayor desempleo médico, una menor atención de calidad de los pacientes.

La pandemia ha desnudado lo esencial que son los médicos, no solo para asignarles epítetos de “héroes” o darles placas o diplomas (lo cual, se agradece), sino para dignificarlos según lo expuesto, y sin olvidar que una salud digna para todas las personas solo podrá ser posible con médicos dignos para ellas.

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