Aunque hoy, el uso constante de la mascarilla en lugares cerrados o poco ventilados donde se encuentren más de una persona, diferentes al grupo familiar nuclear, o en lugares abiertos, pero con cercanía menor de dos metros a otra persona diferente a nuestro cluster, como una medida preventiva efectiva contra la COVID-19, es una práctica innegable, aparentemente todavía hay una evidente resistencia social a usarla. Pareciera que los argumentos, excusas, justificaciones, oportunidades, razones, pretextos y aversiones para portar el cubrebocas se multiplican y se anidan a flor de piel, como a la defensiva listas a responder a la mirada ‘inquisidora’ de quien cuestiona el no uso ante ella. Que me estorba, que me da alergia, que me dificulta respirar, que no la soporto, que es mi derecho no usarla, que no soporto mi mal aliento, que está mojada, que estoy comiendo, que me da pena, que ya me vacuné, que es una exageración, que ahí la ando, que nadie la usa, que se me olvidó, que estoy lejos, que te doy asco, acaso, que si otros la usan para que yo, que es para los enfermos, que es falta de fe, que estoy con mi familia, que ya me dio COVID-19, que soy presentador de la televisión, que solo un ratito, que solo para la foto, que estoy en mi casa, han venido a visitarme y ellos deben usarla; que ahorita me la pongo, que me aburre, que ya no me importa, que si te incomoda no vengas (añada aquí, la que usted sepa:_____) y así, sucesivamente abundan en la punta de la lengua, casi a manera de reclamo y tono de reproche las variadas explicaciones del porque, aún presentándose las condiciones sanitarias no se colocan la mascarilla. A todo esto se agrega, quienes, casi a regañadientes la usan, la portan inadecuadamente como si solo el hecho de tenerla haciendo contacto con una parte del cuerpo, de manera mágica, como un tótem o amuleto, la mascarilla transfiere protección. Unos la usan solo cubriendo la boca, ya sea por descuido o por argumentaciones infundadas; otros la lucen como collar, en el bolsillo de la camisa, bolsa del pantalón como bolso de mano. Como si poseyeran un detector en la piel para avisar cuando hay altas concentraciones de SARS-CoV-2 para ipso facto, colocarla.

Esto se vuelve más enigmático, teniendo en cuenta que según cifras oficiales hay entre 6 a 12 muertos reportados diariamente en El Salvador por COVID-19, sin incluir los complicados y peor aún los centenares de infectados. Sorprende aún más, cuando existen por doquier restricciones en sitios públicos para usarse, rótulos en cada puerta, portón y pared; publicidad oficial y comercial; en sermones y homilías; en redes sociales. Hay hasta esfuerzos artísticos como desarrollar colores o diseños para combinar con el atuendo o uniforme de trabajo. Hasta, ya no importa, si es de  tela, quirúrgica, N99, KN95, FPP2, contra polvo, con válvula, válvulas, la idea es usarla.

Esto se vuelve más inquietante al verificar que desde que se reportó el primer caso de COVID-19, con antecedentes de la pandemia de la gripe conocida como “española” hacía un siglo, las epidemias de influenza, las epidemias de SARS-CoV,  con estudios sobre la transmisión del SARS-CoV-2 en asintomáticos y evidencias científicas sobre la suspensión del mismo dentro de las gotículas por varios minutos en el aire de cuartos cerrados, tuvieron que  pasar por lo menos seis meses para que los científicos empezaran a ponerse de acuerdo en establecer el uso del barbijo, es decir, la mascarilla, como uso obligatorio, a partir de unos estudios en varios millones de habitantes, por la Universidad de Cambridge, que confirmaron, basados en modelos matemáticos, la efectividad del uso masivo de mascarilla reduce significativamente el contagio de la COVID-19, hasta casi la mitad; propusieron: si solo la mitad de la población usa la mascarilla, el índice de transmisión se reduce tres veces. Dicho de otra manera, de tres posibles contagios por cada persona, se disminuiría a uno por persona, si solo el 50% decidiera usar la mascarilla. Eso se estableció en un momento sin vacuna, pero vigente, más confirmado, y difundiéndose masivamente sobre la importancia del uso de mascarilla, no obstante, pareciera que, por lo menos, en El Salvador, muchos le huyen a la mascarilla.

Por si fuera poco, muchas legislaciones rehúyen a como de lugar a multar la no portación de mascarilla; y, sorprendentemente hay algunos países que decidieron no volver obligatorio el uso de mascarilla (algunos luego de la tercera o cuarta ola, lo han retomado).

Finalmente, y en contraposición con lo anterior, muchos países de oriente, han asumido como norma de un comportamiento respetuoso el uso de la mascarilla, aún mucho antes de la pandemia de la COVID-19. Para estos países, el uso de la mascarilla, es parte de una cultura de salud pública y un incentivo higiénico de protección.

Esto nos invita a formular múltiples cuestionamientos cuyo ámbito científico de análisis le pertenece a las ciencias sociomédicas, es decir, las teorizaciones de la sociología y la antropología aplicadas a la Medicina. Ambas disciplinas se ocupan de la explicación de fenómenos socioculturales y su influencia en las conductas implicadas en el proceso de salud enfermedad, además, participan en la sustentación teórico social de propuestas en el campo de salud pública. En otras palabras, se preguntan, como ciertas creencias, costumbres o tradiciones particulares de una sociedad influyen en el tipo de enfermedades que enfrentan. Revisan como ha sido la adopción histórica de conceptos salud-enfermedad en las diferentes comunidades culturales. Además, corroboran como los sistemas económicos y políticos configuran patrones de comportamiento nocivos para la salud. Asimismo, como la salud es un determinante del desarrollo humano de las sociedades. Entre muchos aspectos donde la sociedad y la cultura, mediante la adquisición de leyes, normas, prácticas, costumbres, hábitos, creencias, mitos, se convierten en el sistema condicionante para definir pautas permanentes en el ser humano en la consecución de la supervivencia, mediante el cuidado de la salud.

Para efectos del caso sociosanitario que deseo dejar planteado, me interesa, entre muchos enfoques sociológicos y antropológicos, apelar especialmente a ese afán científico de las ciencias sociales médicas cuya pretensión radica en hallar la lógica explicativa de la adquisición cultural de una conducta social, sea esta positiva o negativa, que se sabe con certeza, su impacto indiscutible en la salud pública, para impactar prospectivamente, elaborando a partir de esa lógica, una estrategia precisa en la asimilación a largo plazo como práctica cotidiana y espontánea en las personas. En pocas palabras, ¿Cómo influir efectivamente, basado en principios sociológicos y antropológicos en el uso cotidiano  de la mascarilla como necesidad espontánea?

La sociología nos ha demostrado que el ser humano tiende a establecer relaciones especificas con los elementos inanimados. Ha sido objeto de estudio desde diferentes perspectivas; por ejemplo, Hegel (1828) planteaba a las cosas como la manifestación exterior del pensamiento humano, como producto del mundo que pasa de abstracción hasta convertirse en concreción, entonces, era una especie de extensión de él mismo, en el cual, esa cosa alcanzaba su valor individual. Marx (1948) denominaba a esa relación económica fomentada por el capitalismo, donde establecía una relación indirecta, entre humanos y humanos, mediada por esa cosa llamada dinero: fetichismo, palabra que posiblemente acuñó del portugués, la cual se refiere a la práctica cultural antigua donde se usan fetiches o talismanes con carácter mágico supersticioso; argumentando,  de manera casi irónica, que había de parte del capitalismo una especie de asignación de valor, confiriendo un tipo de autonomía vital al dinero, independiente del esfuerzo humano, alejando así el verdadero valor de la cosa. En el aspecto fenomenológico, Husserl, Heidegger, Sartré entre otros, demarcan el valor de las cosas, desde su punto de vista interaccionista sin prejuicios, donde en la ‘experienciación’ de los eventos cotidianos vitales cuando ocurren, se asignan significados a los objetos que se involucran en ellos. El valor de las cosas, solamente se obtiene al volver a ellas y  que constituye en determinada y especifica interacción humana, en el mismo proceso que se forman sin preconceptos ni prejuicios.

En el lindero sociología-antropología, Durkheim (1912), al estudiar a pueblos primitivos de Australia, escribe sobre cómo la religión es la manera en que los seres humanos encuentran su base organizacional y la manera de enfrentar su ambiente, al que el nombra como: “Totemismo”, donde el tótem, representa el clan, el símbolo o emblema totémico, animal-planta y el mismo miembro del grupo; el tótem es el que diferencia lo sagrado de lo profano. Las cosas sagradas y las cosas profanas. Lo interesante es que hay una especie de enlace místico entre el emblema totémico  (dibujo de animal o planta) al ser tatuado en el cuerpo del miembro del clan, de tal manera que el mismo asume la figura del tótem, al igual que las cosas en las que se graba el emblema. Clan-Humano-Cosas conectadas por el emblema totémico que los vuelve sagrados. En la línea de la antropología funcionalista, Malinowski (1948), explica, haciendo referencia a las prácticas ritualistas y sus fetiches, a maneras en las que los primitivos recurren para resolver los problemas que la realidad les impone para subsistir dependiendo de sus limitaciones de pensamiento para transformarla. No solo son especulaciones, son formas prácticas de enfrentar la naturaleza. Finalmente, en esta revisión de los fundamentos antropológicos, no se puede omitir a Claude-Leví-Strauss, antropólogo estructuralista, que auxiliado por las ciencias exactas establece fórmulas, segmentos y patrones lógicos para analizar los relatos lingüísticos asumidos como datos. En sus casos emblemáticos de análisis, describe detalladamente cómo pueblos primitivos cunas de Panamá, sus médicos, nele, utilizan estatuillas, donde los malos espíritus extraídos del cuerpo enfermo, entran en ellos para ser sus asistentes en el rito de búsqueda de las fuerzas vitales secuestradas. Son cosas que absorben los espíritus y que se vuelven protectores manipulados por el médico. Strauss analiza cómo los sistemas cerrados de interpretación de la tribu involucran en sus ritos, personas con roles definidos, procedimientos determinados y cosas seleccionadas, y en el caso de ritos de sanación, hay objetos con potencial anímico y participativo en capturar lo invisible.

Perdonen mi eclecticismo:

¿Y si en este experienciador momento pandémico, desde nuestra abstracción racional, concretizamos, a la mascarilla como cosa, y le asignamos valor casi por ella misma, como un fetiche capitalista, mientras enfrentamos esa realidad natural del virus, la convertimos en sagrada, volviéndola tótem, nosotros oronasal en ella y ella asida a nosotros, y como esa estatuilla de los shamanes neles, que atrapen los virus, y luego la mascarilla será nuestra protectora asistente?

Se trata de abrir un camino de investigación etnográfico, donde la antropología y la sociología, en nuestras comunidades descifren ese enigma de aversión a esa cosa protectora y desechable, la arranquen de la exclusividad de los santuarios hospitalarios, para si fuera posible tatuarla en la significación de cada momento cotidiano de riesgo.

Por: Aldo Hernández 
Doctor en Medicina 
Profesor universitario de Anatomía Microscópica de la Universidad de El Salvador (UES) 
Médico de Clínica Metabólica del ISSS 
Investigador de la UES

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