Enseñanza-Aprendizaje de Medicina y pandemia – por Aldo Hernández

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Enseñanza-Aprendizaje de Medicina y pandemia
(II parte)

2- Procurando el vínculo apropiado entre profesor y estudiante

Iniciaré estableciendo de manera contundente lo siguiente: no es ni debe ser el afán de quien enseña Medicina, desarrollar una amistad con el estudiante. Tampoco debe fomentarse una relación paternalista; y hasta me atrevería a decir: en este contexto de formalidad académica no aplica el concepto de discipulado en su plenitud. También se debe descartar el parangón obsoleto de iluminado y alumno, mucho menos, ese fenómeno mórbido e inapropiado de ídolo y seguidor. En mi corta, pero significativa experiencia, la conexión que se establece entre quien enseña Medicina y quien la aprende es una relación sui generis, es decir, es única en su género, no únicamente porque per se, la interacción entre el facilitador del proceso enseñanza-aprendizaje y el facilitante sea única, o solamente porque sea de tipo andragógica, es decir, entre dos adultos; sino también, es esencialmente, sin comparación, dado lo particular del campo de la realidad que se aborda, la conexión más íntima con lo más sagrado del ser humano, la vida en toda su complejidad. Y aunque parezca obvio, resaltaré que no hay una igualdad, más que la inherente como humanos, no solo por la diferencia de edades y sus respectivas implicaciones, sino que se plantea una desigualdad en la amplitud perspectiva y criterio, la cual nunca se equiparará, dicho así: no podrán jamás simultáneamente estar al mismo nivel cuantitativa ni cualitativamente, es más, ni siquiera debe ser esa la intención educativa, pero ese es otro aspecto que desarrollaremos en los siguientes artículos.

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Un elemento más, que salta a la vista en la relación profesor de Medicina y estudiante (así como toda relación educativa en los diferentes grados académicos), es lo desproporcionado en cuanto al número de estudiantes por cada profesor, que puede ir de unos cinco o seis en tutorías clínicas hasta más de trescientos en áreas básicas. Obviamente, ello representa un reto más en la conexión bilateral en este proceso enseñanza-aprendizaje de Medicina.

Se escuchará utópico, pero puedo afirmar con suma convicción, que si hay verdadera pasión por la enseñanza de la Medicina, a pesar de los desafíos propios implícitos en esta compleja relación educativa, es posible y viable aproximarse a un vínculo aceptable donde se permita un aprendizaje óptimo de las disciplinas de formación en salud. Solamente hay que aceptar lo diferente que es tal carga y encargarse de ella.

El primer paso en este camino difícil es admitir lo heterogéneo de quienes ingresan a esta carrera, no solo en aspectos cognitivos, socioeconómicos, crianza, expectativas, como en otras carreras, sino en el mecanismo muy característico de cada estudiante en asimilar su identidad como futuro profesional de la salud. No estoy hablando de su coeficiente intelectual, sino de su forma radicalmente propia de inteligir los conceptos, procedimientos y actitudes del proceso salud enfermedad. Exceptuando a las personas que entran por complacer a sus padres, por la inercia obtenida desde la presión social o solamente por pura curiosidad, estoy convencido acerca de quienes eligen la Medicina como estilo de vida: están demostrando un rasgo de su personalidad cuya tendencia ya marca su propio patrón en la que desempeñará tal praxis.

Con esto, tampoco niego lo estándar del proceso integral de aprendizaje cuyas bases han sido descubiertas desde siglos por expertos en pedagogía, sino que en ese proceso general como un sistema de múltiples inteligencias cuya base es neurobiológica, se entretejen múltiples permutaciones que enrutan a cada ser humano por el arte, la técnica y la ciencia de la Medicina.

Esa relación sui generis entre el profesor universitario de las ciencias de la salud y el estudiante se presenta multiforme, donde cada cabeza es un mundo posible y es responsabilidad de quien facilita descubrirla y guiar en la construcción de su propio rumbo. Y como si eso fuera poco, quien ejerce la docencia superior, también deberá crear los espacios metodológicos para que el estudiante descubra su propia tendencia, su patrón, su modo, su rumbo, su ruta, su mecanismo. En pocas palabras, aunque la medicina es estándar y cada quien la aprende y ejerce según su propio estándar.

Por lo cual, ante lo anterior, el siguiente paso consiste de manera imprescindible, estandarizar las dinámicas de interacción, no para uniformar pensamientos o mecanismos de aprendizaje, lo cual es una aberración, sino para construir el espacio donde, mediante esa sana distancia entre docente-estudiantes y estudiante-estudiante, se manifiesten las diferencias y se confirmen las similitudes. Hay que dejar claros los límites de comunicación, en tiempo, espacio y modo. Es en la justa distancia y diferencia donde hay un reconocimiento de aptitudes y actitudes. Deben definirse roles, dejar claro el papel del profesor y de cada estudiante como un irrepetible e insustituible modo de aprendizaje. Es una normalización para efectos puramente estratégicos andragógicos, no para manipular, dominar o intimidar, sino para demostrar como la realidad médica requiere de la demarcación de fronteras y funciones para una praxis precisa.

El siguiente lógico paso, luego de la normatividad y ante la heterogeneidad de inteligir en Medicina, es crear las condiciones más variadas, a través de todas las formas y maneras posibles donde se establezcan las posibilidades para que se facilite el descubrimiento para quien ejerce la docencia sobre de los caminos de aprendizaje de las personas y desde ellas mismas en su autoconocimiento. Hay que hacerlos que hablen en público para oírlos, que se oigan y oigan a otros; hay que hacerlos expresar sus sentimientos y emociones; hay que aprender de sus silencios y sus opiniones. Ubicarlos en medios donde resalte su actuar individual y grupal. Observar su escritura, sus dibujos, sus anotaciones, etc. Descubrir sus dotes artísticos. Prestar atención a sus temores y sus alegrías.

Un ineludible y subsecuente paso es fomentar la organización estudiantil, proponer una sencilla jerarquía entre ellos que permita la gestión de la Medicina en equipo. No solo se trata de conformar grupos, distribuirles las temáticas, sentarse en un pupitre a escuchar las exposiciones semanalmente. Va más allá de esa simplista y cómoda forma; implica empoderar a los liderazgos generales y por equipo, a través de asignaciones de responsabilidades y tareas, respeto por la línea jerárquica de toma de decisiones, entre otras. Es una manera de explorar sus capacidades de gestión y resolución de problemas en equipo. La medicina en la realidad requiere equipos no individuos. Asimismo en la manera en como se interrelacionan en la simulación didáctica de manejo del poder, se apertura un acceso al descubrimiento de conectores para la efectiva vinculación en ese proceso de facilitación de la Medicina que no soslaya la particularidad de cada involucrado para aprenderla.

Ya en curso, el proceso de enseñanza-aprendizaje de la Medicina establecido, se espera que sea fortalecido tal vínculo, aún a sabiendas, que en términos puramente programáticos sea temporal y para objetivos específicos, es imperativo imprimir un esfuerzo constante y creativo, no ignorando, además, la imparcialidad, la prudencia y equilibrio en el trato, según lo requerido en toda relación humana desigual, (aunque solo en lo que respecta a los roles diferentes asumidos); es, por tanto, en ese mantenimiento crítico donde paralelamente debe irse elaborando ciertas bases que consolidan el fenómeno aprendizaje entre humanos: la confianza.

Luego, esa confianza, no es automática, ni debe serlo, todo lo contrario, se condiciona a diferentes requisitos asociados a los resultados del proceso y la interacción continua, así como a las acciones mostradas congruentes con el compromiso hacia la Medicina desde quienes están inmersos en su enseñanza y aprendizaje. Dicho en pocas palabras: las personas que estudian Medicina deben ganarse la confianza de quien les facilita un aspecto de ella y, no solo eso, se debe modelar que sea en ambas direcciones, así, quien ejerce el profesorado, debe esmerarse para ganarse la confianza de ellos.

Entonces, ¿Cómo se construye esa confianza mutua? Mediante una sistemática demostración del compromiso continuo hacia una enseñanza de calidad, evidenciada en la integridad, pertinencia y actualidad de los contenidos facilitados, el apego a objetivos específicos, el auxilio de las más variadas metodologías, consulta continua de textos científicos, etc, ello debería permitir una retroalimentación desde las personas estudiantes, una reacción concordante. Sin duda, habrá una respuesta correspondiente, probablemente no en la proporción que se espera, tanto cuantitativa o cualitativamente, pero puedo asegurarles que se construirá un flujo bilateral de confianza, indispensable para la fijación del aprendizaje.

Un elemento insoslayable que solidifica toda relación humana, y para nuestro análisis, entre profesores y estudiantes, es el valor universal: respeto. El cual, va más allá del cuido de evitar tratos desconsiderados, agresivos o descorteses o de ceñirse rigurosamente al uso de convencionalismos considerados como parte del común civismo y urbanidad, tales como: saludar, trato de usted, escuchar al hablar, no interrumpir, no elevar la voz, ser cauteloso con la distancia, entre muchas otras acciones y actitudes que encierran el mínimo respeto en una sociedad; implica más que esos formalismos. El respeto como fundamento en este vínculo andragógico apropiado, es demostrado a través del sometimiento al deber contraído en el rol asumido; esto se explica en los siguientes ejemplos: apego riguroso a los días y horarios establecidos; precisión en los contenidos vertidos; comunicación efectiva rigurosamente gestionada; atención constante a cada etapa de las estrategias didácticas; entre otras muestras de un comportamiento digno de quien valora como invaluable tal práctica educativa.

Hay muchos más elementos involucrados, sin embargo, baste con los enfatizados para configurar un óptimo ejercicio andragógico en el modelaje de la medicina desde una relación apropiada entre docentes y estudiantes.

En el siguiente artículo, señalaré otras claves que se obtienen desde la reflexión detenida de mis prácticas como profesor universitario.


Por: Aldo Hernández 
Doctor en Medicina 
Profesor universitario de Anatomía Microscópica de la Universidad de El Salvador (UES) 
Médico de Clínica Metabólica del ISSS 
Investigador de la UES

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