El tema de la resistencia bacteriana a los antibióticos va más allá de una cuestión problemática entre científicos, biólogos y médicos y hunde sus raíces en la política estatal, autonomía de la profesión médica y aspectos socioculturales; simultáneamente, al advertir tales componentes enredados, se puede aproximar a una solución al abordar cada aspecto involucrado. No es una tarea en lo absoluto sencilla, se requiere una conciencia científica clara del complejo fenómeno, voluntad firme, disciplina estratégica, valentía persistente y una alta capacidad de gestión intersectorial, interdisciplinaria e interinstitucional.

La resistencia bacteriana a los antibióticos es la respuesta biológica lógica ante el advenimiento de los tales. Cada acción trae consigo una reacción. Un ataque biológico de cualquier organismo hacia otro organismo, aunque sea microscópico, inevitablemente recibirá una respuesta defensiva; si es efectiva, entonces se le llama: resistencia. En esta guerra biológica, veníamos perdiendo como humanos ante los microorganismos,  casi inexorablemente hasta principios del siglo XX, dada la llegada y generalización de antibióticos (si se extrae de otro organismo) o quimioterápicos (si se sintetiza artificialmente). Medicamentos destinados directamente contra estructuras y procedimientos de los microorganismos (por ello también se le llaman antimicrobianos) que causan enfermedades, patógenos de interés clasificados en bacterias, virus, hongos y protozoarios. (También podríamos incluir a los organismos como helmintos y algunos artrópodos). Estos fármacos son dirigidos exclusivamente contra los organismos patógenos. Y al destruir los tales, aunque se experimenta alivio  de signos y síntomas como fiebre, dolor, hinchazón; no es su propósito directo, por lo tanto, antibacterianos como la Amoxicilina, por ejemplo, no fue hecha para disminuir inflamación o calmar el dolor de garganta, no, sino fue diseñada para lesionar a la bacteria patógena, no a todas las bacterias de la garganta, solo las que provocaron cambios estrictamente verificados por un médico como: inicio súbito, fiebre mayor de 38 grados, secreción de pus en las amígdalas, aumento de tamaño de los ganglios del cuello (criterios de Centor) y en ausencia de signos gripales. Así, un antibiótico, quimioterápico, antimicrobiano, antibacteriano o como se le llame, no está hecho para calmar dolor, quitar fiebre o disminuir hinchazón, sino para eliminar microorganismos, y para el caso, bacterias. (Obviamente, en la medida que disminuye la reproducción de las mismas, ceden los síntomas).

Los antibacterianos son químicos hechos para lesionar puntos específicos claves de las bacterias. Ya sea que dañen sus barreras protectoras (pared celular o membrana celular), alteraciones en las líneas metabólicas vitales u bloqueos en vías genéticas de reproducción, todos los antibacterianos son selectivos en elegir sus objetivos estratégicos, nunca hacia blancos químicos que puedan dañar a las células humanas.

En esa lógica, las bacterias responden. Ellas se adaptan. Se resisten a dejar entrar el antimicrobiano. Se modifican genéticamente. Crean armas químicas que bloquean a los antibióticos. Unas se han adaptado tanto que hasta utilizan el compuesto quimioterápico para su propio metabolismo de supervivencia. Algo más: no solo mutan para evitar el antibiótico, también transmiten esa información a sus compañeros de batalla y hasta lo heredan.

Es toda una batalla estratégica por la supervivencia y avance territorial. Cada modificación que logra evadir el quimioterápico, es una población bacteriana que se resiste y eso requiere nuevos antibióticos. Las bacterias que sobreviven van adquiriendo capacidades para resistir las maniobras variadas de los antibacterianos y esas especies resistentes se distribuyen según se movilice y concentre la población humana. A ellas, esas bacterias que han logrado agenciarse varias medallas de resistencia se les llama: superbacterias.

Los lugares que más son proclives para ello: son los hospitales, que por la naturaleza de su atención, existen mayor concentración de factores de intercambio y transmisión de esas bacterias multirresistentes.

El reconocimiento de la resistencia bacteriana es tan centenariamente antiguo como el descubrimiento de los antibióticos. De ahí que surjan nuevos productos antimicrobianos. Cabe aclarar, y hasta pareciera obvio para algunos, que la resistencia bacteriana no es un evento simultáneo global, tampoco regional o nacional, sino dicho fenómeno se relaciona con las poblaciones locales y sus propias bacterias que causan enfermedades locales. Y el traspaso de resistencia se da en los lugares centrales que reúnen pacientes de todas las localidades, igualmente las ciudades cosmopolitas, que atraen personas de diversos países. Esta premisa nos lleva a incluir el elemento geográfico al asunto de la resistencia a los antibacterianos. (Intencionalmente me he enfocado en los antibacterianos, un tipo de antibióticos creado contra bacterias por ser los que presentan mayor frecuencia). Así, la farmacoepidemiología nos abre el escenario para contemplar el fondo sociológico del mismo, y siguiendo ese trazo, afirmamos que la migración de la especie humana enferma por infecciones bacterianas resistentes, implica transporte de bacterias resistentes a nuevos territorios. Eso ya implica regulaciones estatales sobre ello. Y aunque no es el tema, si nos deja entrever al Estado como un garante de la salud pública y regulador de ello.

En el centro del nudo problemático de la resistencia bacteriana a los antibióticos, entendida como dos guerras enredadas, la biológica y la sociopolítica se halla el  Estado.

Aunque no es sencillo explicarlo, trataré de brindar unas pinceladas para delimitar el boceto del cuadro problemático. Así, aunque, como se ha descrito tal situación, se puede reducir de manera simplista al Reino Animal luchando contra el Reino Protista y/o Fungi, no obstante; el mismo hecho de la resistencia no hubiera sido posible sin la creación de los quimioterápicos y viceversa. Entonces, una línea a seguir es analizar todo el mecanismo de uso de antibióticos, y en ello se debe discutir toda la praxis médica y odontológica, que nos conecta con los ámbitos privados y públicos (desde clínicas de atención primaria hasta hospitales) y nos conduce a las instituciones reguladoras públicas con sus leyes, reglamentos y protocolos (MINSAL, ISSS, Instituto Nacional de Medicamentos). Al reconocer al antibiótico, no solo como una herramienta médica, sino como un potencial producto farmacológico de consumo, objeto posible de negocio, nos hace halar el hilo de quienes crean, producen, venden y distribuyen antibióticos, es decir, desde los laboratorios transnacionales, los distribuidoras farmacéuticos, las farmacias y hasta el mercado negro de medicamentos.

Entonces, hasta el momento, se dibujan dos rutas que se entrecruzan, el antimicrobiano como medicamento, recurso para restaurar la salud por parte de los profesionales médicos y odontológicos; así como; el antibiótico como producto químico, recurso para obtener ganancias monetarias por parte de los entes mercadológicos. En la primera ruta encontramos todos los elementos propios del uso y abuso del antibiótico por parte de los profesionales, y nos obliga a cuestionar la existencia, precisión y apego a protocolos clínicos. En el caso del área pública, el deber-ser recae sobre el Estado, no sólo elaborando algoritmos y guías clínicas basadas en evidencia científica (lo cual ya es bastante loable per se) también facilitando capacitaciones y brindando todo tipo de elementos de apoyo como laboratorios clínicos (así cada antibacteriano que se receta es acorde a un resultado de cultivo y antibiograma) en cada centro de salud, suficiente espectro de antibióticos (Para evitar agotar un antibiótico en las mismas infecciones), etc. Para el caso del área privada, nos encontramos en una trinchera ideológica. Es decir, surgen las guerras (estériles considero yo) si el Estado debe controlar la praxis médica odontológica, en tanto que práctica mercantil privada, donde hallamos un primer enlace con las grandes  compañías farmacéuticas, quienes hacen un binomio para convertir en una estrategia de mercado, la venta de antibióticos a farmacias que se asocian  a médicos y estos a su vez, compiten por una cartera de clientes que gozan del mórbido deseo de recurrir al mágico elixir ‘matabacterias’ más caro porque mata más bacterias (aunque eso barra la flora bacteriana normal protectora de garganta, intestino o piel, también llamada: microbioma humano) y atraiga bacterias multirresistentes.

Luego, para algunos médicos u odontólogos, con el afán de ganar prestigio y clientela, el emitir una receta de antibiótico se compara con recomendar un champú, un jabón, una pizza, un servicio de tv por cable, etc. Ya no analizan si es mejor iniciar con un antibiótico de espectro pequeño específico para un área anatómica, lo cuál disminuye el riesgo de  exponer innecesariamente a las bacterias a los antibióticos muy potentes, sino que ahora, el antibiótico más nuevo es el que tiene más rango de acción contra muchas bacterias, y por ello más caro, con mayores réditos por el laboratorio con el cual hay ahora una clandestina relación mercantil. Eso encuadra una necesidad imperiosa de intervención de un Estado fuerte y que gestione medidas legales, penales e institucionales para un desenlace favorable. Y aunque no sólo ese aspecto debe considerar el estado con respecto a la práctica privada, también incluir un apoyo logístico y educativo en el uso racional de antibióticos.

Lo anterior, nos enrumba hacia la temática sobre la regulación más estricta del mercado de los antibióticos por parte del Estado, lo cual puede iniciar: revisando y fortaleciendo el Instituto Nacional de Medicamentos y paralelamente un análisis, actualización, refuerzo y ampliación de la ley de medicamentos según sea el caso. Todo ello, indudablemente, provocará saltos de incomodidad del segmento oligárquico dueño de franquicias farmacéuticas, hospitales y privadas, gremios médicos elitista, etc., muy probablemente llevando a una guerra ideológica para contrarrestar medidas que ellos consideren como peligrosas para arrebatarles dichos monopolios y disminución de ganancias. Es ahí la capacidad estratégica para lidiar intersectorialmente con tales.

A medida que tratamos de sortear tal intrincado panorama, descubrimos elementos asociados, como el trabajo en la educación en salud para la población; o como la necesidad de entidades estatales reguladoras cualificadas con sus propios laboratorios de investigación científica similares a la FDA (Administración de Drogas y Alimentos) en Estados Unidos.

Finalmente, solo subrayar el papel clave y crítico que el Estado juego en la solución de tal problema que actualmente se ha agudizado en la pandemia COVID-19, al prescribir indiscriminadamente antibióticos contra infecciones respiratorias virales en atención primaria y en hospitalización. Sin soslayar el rol individual de los prescriptores autorizados, quienes tenemos el deber de documentarnos y actualizarnos continuamente en cuanto a criterios diagnósticos y de tratamiento de infecciones bacterianas, auxiliándonos de un rigurosa clínica y apego a parámetros microbiológicos.

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