De la generación de empleo a la revalorización del trabajo

Dentro del debate público nacional existe una idea que funciona como pieza fundamental en el discurso presentado por prácticamente todos los grupos que compiten en el sistema político, esta es la de la generación de empleo.

Independientemente de la afiliación ideológica, cualquier candidato político, ya sea a nivel ejecutivo, legislativo o municipal, debe prometer, o al menos afirmar que participa de alguna manera en un proceso que genere puestos de trabajo. No hacerlo sería prácticamente un suicidio político. Tal ha sido la repetición de este discurso que se ha convertido en parte del sentido común en nuestra manera de concebir la política, y ya poco se cuestiona qué quiere decir la sacrosanta expresión ‘generar empleo’. Sin embargo, valdría la pena hacer un análisis crítico al respecto, a modo de descifrar su significado en la práctica y analizar cómo ello se acopla, o no, al tipo de sociedad que se pretende construir desde cualquier proyecto político.

Para esto, resulta imprescindible hacerse tres preguntas básicas que raramente se formulan a la hora de analizar los discursos políticos en los cuales la generación de empleo está siempre presente. Estas son: 1. ¿Qué tipo de empleo se genera? 2. ¿Hacia dónde fluye el capital generado por tales trabajos? 3. ¿Hacia dónde está orientado el fruto o los beneficios materiales de dicho trabajo? Para llevar a cabo esta tarea, habría que observar las formas más comunes de generar empleo en el país. En El Salvador, cuando se habla de las formas de crear trabajo, se observan mayoritariamente dos vías. Por un lado, están las grandes inversiones privadas, cuyos puestos de trabajo conforman la mayor parte del trabajo ‘formal’ en el país distribuido en todo tipo de rubros: industriales, comerciales, de servicio, etc. Por otro lado, está el autoempleo, el cual casi siempre proviene de la incapacidad de la inversión privada de absorber el total de la fuerza laboral existente. A estas dos formas de crear empleo corresponde hacerse las tres preguntas mencionadas anteriormente.

Inversión privada

Desde finales de los 80 la generación de empleo formal se ha ubicado mayoritariamente en el sector de servicios. Empleos comunes en el presente como los de hostelería, vigilancia, restaurantes y call-centers entran en esa categoría.

El otro tipo de empleo que salta a la vista cuando se habla de crear trabajo en El Salvador es en el área maquiladora, cuya categoría corresponde al sector industrial. No es ninguna novedad decir que la mayoría de estos empleos son mal pagados, de ello es más que consciente gran parte de la población. Con esto podemos responder a las primeras dos preguntas.

Con respecto al tipo de empleo generado, tenemos que es mayoritariamente de servicios y un poco de trabajo industrial. El desgaste físico y riesgo que implican estos trabajos varían inmensamente, desde alguien que vende entradas para el cine en un centro comercial hasta un vigilante en ciertas colonias de San Salvador.

¿Hacia dónde fluyen las ganancias generadas? Si los trabajos son mal pagados, pero la empresa es grande y genera sustanciales excedentes resulta obvio que el capital fluye hacia los cargos superiores y los propietarios, cuyo trabajo dudo mucho que involucre la cantidad de desgaste físico y riesgo que el asumido por las trabajadoras en las maquilas. Lo que tenemos aquí es una clara incongruencia entre el trabajo realizado y la remuneración, es decir, en el valor asignado al trabajo desde el mercado laboral.

Hasta aquí, nada nuevo. Sin embargo, lo más interesante y algo de lo que pocas veces se habla en las discusiones sobre el empleo en El Salvador tiene que ver con la tercera pregunta:¿hacia dónde está orientado el fruto del trabajo? (con ‘fruto’ me refiero a los beneficios materiales, no-monetarios, de una labor). Dicho beneficio tiene más que ver con el valor o la importancia social de un trabajo que con los excedentes generados. Asimismo, tiene que ver con quién disfruta de dichos beneficios. La dificultad para analizar esto implica que la tercera pregunta no pueda responderse de manera simple y generalizada, puesto que la importancia social de un trabajo varía inmensamente. No es lo mismo hacer publicidad para Tigo que cuidar a un anciano o cultivar tomates, no obstante estos últimos son los que suelen ser menospreciados en el mercado laboral.

Es en ese sentido que la mera ‘generación de empleo’ no basta para construir un tipo de sociedad que dé a cada uno lo que corresponde, puesto que la fuerza laboral puede estar orientada a trabajos de los que la sociedad podría prescindir perfectamente (nadie se moriría por un anuncio menos de las telefónicas) o a trabajos imprescindibles, pero sólo para la minoría que pueda pagarlo. Ello se puede ver también en la segunda forma predominante de crear empleo en El Salvador: el autoempleo.

Autoempleo

En décadas recientes el autoempleo ha sido uno de los métodos más utilizados por distintos gobiernos y también por organizaciones no gubernamentales para generar empleo, enviando así un mensaje implícito de “como no hay trabajo, invéntelo usted mismo”. Como se mencionó previamente, el autoempleo son las formas de empleo generadas por los trabajadores mismos en vista de la incapacidad de la inversión privada de absorber toda la fuerza laboral. El tipo de empleo que se genera varía aún más que el del trabajo formal, puesto que este involucra desde comedores hasta comercio ambulante y trabajo sexual. El capital acumulado en este sector es sumamente bajo. En algunos casos es expoliado por empresas grandes, como es el caso de los artesanos, mientras que en otros casos se genera sólo lo suficiente para asegurar la subsistencia básica de las personas que laboran y sus familias, como es el caso de las empleadas domésticas. En ese sentido los flujos de capital son o escasos o fluyen hacia el sector formal.

La escasez en los ingresos generados por las personas que componen este secto, está íntimamente relacionada con la tercera pregunta con respecto a la orientación de los beneficios materiales del trabajo. Puesto que el autoempleo es en buena medida un remanente de los trabajos que el sector formal no fue capaz de absorber, los espacios ocupados aquí suelen ser mercados sobresaturados (ej. panaderías, pupuserías, etc.) o que suplan demandas superfluas de las personas con dinero (ej. jardinería). En ese sentido el fruto del trabajo está orientado a necesidades ya suplidas o a demandas de sectores privilegiados, en cuyo caso estos últimos deciden cuánto pagar, usualmente muy por debajo del salario mínimo.

La revalorización del trabajo

Con este panorama se puede reiterar que la generación de empleo en si misma no implica necesariamente una mejoría en las condiciones de vida de la población. Por el contrario, esta pudiese resultar contraproducente puesto que muchas de estas formas de trabajo afectan el entorno social de manera profunda. Por ejemplo, no debería extrañarnos si existiese una correlación entre los niveles de explotación de la población en general y el alcoholismo. Asimismo, las largas horas que una mujer trabajadora en una maquila invierte produciendo camisas para gente acomodada en el extranjero tienen un impacto en la cantidad y calidad de tiempo que dedique al cuidado de sus hijos. No se necesita ser sociólogo para entender que esto está íntimamente relacionado con el tema de las pandillas.

En este sentido, tenemos que existe un profunda y preocupante incongruencia entre el valor real de un trabajo (la importancia de un trabajo en relación con su beneficio social) y el valor reconocido (el salario o precio asignado al trabajo por el mercado laboral). Si bien los economistas convencionales atribuyen esto a las leyes del mercado, oferta y demanda, etc., la verdad es que tal explicación dice muy poco y esconde mucho. No hablan de como estas supuestas “leyes del mercado” están constituidas por personas de carne y hueso en buena medida conscientes de lo que hacen, y que si aquellos, que se jactan de crear empleo, pagan salarios míseros a la población, es únicamente porque saben que las necesidades extremas obligan a la gente a aceptar cualquier trabajo, independientemente del nivel de explotación o lo innecesario de los bienes producidos.

La generación de empleo por si sola no beneficia a la sociedad cuando se trata de la creación de trabajos que lejos generar un bien social, generan excedentes para sectores ya enriquecidos y dirigen toda la fuerza de trabajo hacia ámbitos que en nada benefician a la mayoría de la población, como un campo de golf, una mansión, o un comercial más de Coca-Cola. A lo que se debe apuntar es a una revalorización del trabajo en la que obtengamos una noción de hacia dónde queremos dirigir nuestra fuerza laboral para construir algo que ponga a la persona humana al centro antes que las ganancias corporativas y sus falsas promesas de antaño.