El reto de la prevención contra la COVID-19.

La profesión de la medicina supone una disciplina contra los microorganismos, en este caso del virus SARS-CoV-2, que debe trasladarse a la vida cotidiana de la población no médica.

Todo oficio, profesión o actividad laboral, posee una serie de formalismos, aparte de los que conciernen con lo propio y esencial del mismo, ahí se incluyen: prácticas, procedimientos, normas y vestimenta acorde a la naturaleza de la misma, una mística que obedece a orígenes  culturales, sociales, históricas, higiénicos, estéticos, riesgos inherentes, etc., los cuales determinan la importancia. A esta mística de conducta al asumir una determinada praxis social, le llamaremos: disciplina.

Dicha disciplina de una praxis, plantea un nivel de obligatoriedad, dependiendo de muchos factores. Desde el nivel más superfluo como usarlo así porque el “hábito hace al monje”, “esa es la costumbre” o por “donde fueres haz lo que vieres”; pasando porque: “es el uniforme”, por “buena presentación”, “así lo dice el manual”, para “distinguirse”, hasta lo más esencial como la prevención de accidentes y protección de la salud. De igual manera, el grado de dificultad para adherirse a cada punto del guion, lineamiento del manual o prenda que usar, depende de otros factores también, tales como: rigurosidad de las jefaturas, conciencia de la utilidad y necesidad, comodidad y facilidad de aplicarse, la aprobación de la sociedad por el tipo de trabajo, tiempo de ejercicio, historia de existencia de la praxis, capacitación continua, concordancia con el ambiente, entre otros.

Definitivamente no es sencillo adoptar y adaptar a la vida una disciplina. Implica habituarse. Entrenamiento del comportamiento de tal manera que se vuelva una respuesta automática. Una conducta que se realice con la precisión y pertinencia justa. Esto aplica, en realidad para toda actividad humana, pero se intensifica ante ciertas prácticas especializadas casi milenarias, para el caso, la medicina.

En tal actividad, el primer paso en la asimilación como disciplina, es la observación. Ver como otros lo hacen, mirar como otros ven lo que hacen, ver como otros nos miran al hacerlo. Observar los espontáneos pasos, los metódicos ritos, percatarse como cobra sentido lo leído, al verificar los resultados, luego de imitar la disciplina. Ver, mirar y observar hasta el más mínimo gesto, ademán o movimiento.

El siguiente paso, es el interrogarse acerca de los espacios entre lo escrito y lo hecho (o lo obviado). Preguntarse sobre otras maneras de hacerlo. ¿Y por qué se hizo así? ¿Para qué levantó tal o cual cosa? Esos cuestionamientos que surgen en el proceso de observar e intentar imitar para ser parte de parecer.

Luego, viene la obligatoriedad de hacerlo sin tener la plena conciencia del porqué, solo porque a los profesores, tutores o compañeros de mayor grado, aseveran que se debe usar. Hay amenazas, advertencias, sanciones, gritos, burlas, ridiculizaciones. Que si lo hiciste mal, que lo usas incorrectamente, que ese material es de mala calidad, ¿qué estás haciendo aquí sin eso o lo otro?, ¿qué no has leído como se hace?, etc. Es la parte aburrida porque es una repetición mecánica de un procedimiento, manipulación de un instrumento o uso de una sustancia sin el respectivo refuerzo de la realidad, una y otra vez.

Por lo cual, después de una innumerable cantidad de veces que se repite algo, se presenta la cruda, cruel y crítica realidad,  enfrentarla siguiendo la disciplina observada, cuestionada y obligada. Si no portas ese traje se contaminará la operación quirúrgica del paciente; si te portas los guantes incorrectamente desperdiciarás los exiguos recursos del nosocomio; en este servicio hay enfermos de tuberculosis, sin el lavado de manos adecuado se infectará la herida; la gabacha debe abotonarse hasta arriba y solo es para usarse dentro del recinto sanitario, no para lucirla. Así, todo se va agregando a los reflejos adquiridos. Ya nadie debe señalar sobre la distancia correcta ante el paciente, tampoco deben decirte sobre el lavado de manos, mucho menos se nos solicita usar mascarilla en lugares asépticos o contaminados.

No obstante, a pesar de todo ello, se presenta una paradójica fase en la disciplina, la que en el conductismo se le denomina: extinción de la conducta. Cuando, al desparecer los refuerzos se abandona tal o cual práctica. Yo le llamaría, el fenómeno de la hiperconfianza por la profesionalización. Se ha repetido tanto la disciplina que surge una descuidada manera de apegarse a los pasos, los modos, las prendas, etc., desde lo más banal hasta lo más vital; por ejemplo, se olvida colocarse correctamente la mascarilla, se obvian ciertos pasos, se omiten protocolos, se resumen ciertos escritos, en consecuencia,  surge otra fase en el acatamiento de una disciplina, la retroalimentación vinculante, donde la institución exige la asistencia a capacitación para refrescar disciplina. Y de esa forma, surge la última parte, la actualización de la disciplina, la cual implica, la adecuación de las normativas, procedimientos, vestimenta, prácticas, a las nuevas contingencias de la dinámica realidad.

Justo ese proceso de la asimilación de la disciplina, que toma por lo menos, una década para quienes se dedican a la medicina, es el reto que ha planteado la pandemia a las personas no médicas. Lo que cada personal médico vive usando, haciendo y automáticamente cumpliendo desde que estudiaba, se volvió de un día para otro para la humanidad, lo necesario para sobrevivir e incrustarlo en la cotidianidad. Aún más, para el mismo personal de salud, ha sido obligado a su ya cotidianidad laboral saturada de rigurosos protocolos, sumar más protocolos, (Algunos hasta contradictorios).

El uso de mascarilla, lavar continuamente las manos, establecer distancia, permanecer en lugares ventilados, vacunarse entre otras recomendaciones, podrían volverse aceptables para el personal no médico cuando visita un hospital o hay un enfermo en casa, pero, ¿Mantenerlo cuando no hay, aparentemente ninguna razón por la cual hacerlo?

Detrás de cada protocolo, prenda o acción en la prevención de la COVID-19 (o cualquier otra enfermedad) hay un marco conceptual amplio sobre la estructura de un virus (uso de agua jabonosa), sobre el tamaño, cargas iónicas y transporte del virus (uso de mascarilla), sobre el nivel de resistencia y desplazamiento dentro de gotas, gotículas o núcleos goticulares en el aire (distanciamiento y ventilación), química genética infecciosa del virus (vacuna), así cada detalle preventivo es respaldado no sólo por una autómata conducta aprendida por imitación y amenaza, también por una conciencia desarrollada por varios años. Todo ello nos habla, no sólo del desafío planteado para hacer que en lo más íntimo de las reuniones entre familias se cumpla la disciplina médica, también nos ilumina el rumbo a seguir para una efectiva intervención educativa estatal en pro del traslado a la cotidianidad.

Por tanto, los pasos ya descritos en la adquisición de la disciplina médica (u otra disciplina): observación, interrogación, enfrentamiento, extinción, retroalimentación y actualización, son pistas para construir estrategias acorde a cada fase, y aunque parece que es tarde para elaborar planes, proyectos o programas sobre introducir la disciplina médica preventiva contra la COVID-19 a las comunidades, definitivamente no, no es tarde, al contrario, ya hay suficientes evidencias e información encarnada por la población, vasta prueba que demuestra lo lejos que se está de salir de la pandemia o lo cerca de enfrentar nuevas epidemias globales.

Ya no es suficiente una publicidad se debe pasar a la culturización de la disciplina médica, por lo menos en lo que compete a la prevención de la COVID-19.

Por: Aldo Hernández 
Doctor en Medicina 
Profesor universitario de Anatomía Microscópica de la Universidad de El Salvador (UES) 
Médico de Clínica Metabólica del ISSS 
Investigador de la UES

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