Dolor, ardor, picazón, resequedad de garganta, o simplemente malestar al tragar saliva, líquidos o alimentos sólidos, es el síntoma médicamente nombrado: odinofagia. Y es la señal, actualmente, que las personas necesitan para iniciar un cuestionamiento serio sobre si están contagiados o no de la COVID-19. Además es el motivo de consulta que obliga a los médicos a pedir al paciente retirarse la mascarilla por un instante prudencial y solicitarle abrir ampliamente la boca, extender la lengua, vocalizar un sostenido: ‘Aaaaaaah’, introducir parcialmente un plano y áspero bajalengua o abatelengua (si no se pudiera visualizar sin ella), y mientras se ilumina, inspeccionar veloz pero minuciosamente la faringe. Es el momento donde el galeno se encuentra en una situación de mayor riesgo, aún con mascarilla, respirador N95 y pantalla facial; se expone a un abrupto estornudo o sorpresiva tos al estimular la mucosa local, abriendo la posibilidad de tener contacto con gotas que lleven SARS-CoV-2. Nadie reprendería la conducta de aquel clínico que se abstenga de someterse a tal maniobra semiológica, argumentando seguridad y cautela, no obstante, aquellos médicos que lo hacen por una férrea convicción y duda diagnóstica sobre la causa del dolor de faringe, entran en el terreno de vivir apasionadamente su profesión.

Tal técnica, exploración de la orofaringe, es uno de los más populares procedimientos que caracterizan al doctor en medicina, de tal manera que ha sido parodiado y, muy probablemente, hasta banalizado. Es decir, se la extraído todo su valor diagnóstico y en estas nuevas condiciones pandémicas, hasta se prescinde del mismo. Aunque es un acto inseparable y de rigor en el examen físico del médico, lastimosamente, algunos, por tiempo, costumbre, imitación o temor, lo omiten. Si bien, es válido, en esta epidemia global de la COVID-19, evitarlo en ciertas consultas donde la faringe no está directa ni indirectamente relacionada con la patogénesis de la enfermedad; sin embargo, es un imperativo ténico cuando un paciente acusa de terrible molestia al tragar, hasta saliva.

La inspección de la faringe oral es una práctica obligatoria cuando se pretende descartar diferentes probables causas que provocan alteraciones en la misma. Dado que hay varias posibles etiologías involucradas en el dolor de garganta, desde aquellas asociadas con problemas infecciosos hasta las que tienen que ver con enfermedades inmunológicas u oncológicas. Dentro de las causas infecciosas, hay un amplio espectro, tales como virus, bacterias, hongos y cualquier agente que sea capaz de invadir tal versátil antesala mucosa.

No se exagera cuando se afirma que examen físico en un paciente con odinofagia que no lleva exploración de faringe es incompleto y con altas probabilidades de error diagnóstico.

La pandemia COVID-19 ha empujado tanto a médicos como pacientes al dilema de inspeccionar o no la garganta. Por un lado, el hecho que el síntoma odinofagia sea parte inherente del diagnóstico de la COVID-19, la cual, debido a la variante Ómicron, es una posibilidad diagnóstica obligada de considerarse, sumado a esto, las infecciones de vías respiratorias endémicas (casos ya esperados normalmente); asimismo, del lado del médico, quien a sabiendas que debe hacer un uso racional de los antibacterianos para evitar resistencia de los mismos (Lea más sobre el tema en el artículo https://informatvx.com/columnas/resistencia-bacteriana-a-los-antibioticos-guerra-biologica-o-guerra-sociopolitica-por-aldo-hernandez/), está impelido por la honorable praxis médica a diferenciar una faringitis bacteriana de otras, como la viral. La primera exige tratamiento con antibacterianos, la segunda no. Así, si se indica antibacterianos, por el vacío diagnóstico que deja no inspeccionar el segmento medio de la faringe, se podría eliminar la microbiota bacteriana y permitir que bacterias resistentes habiten en ese espacio tubular respiratorio.

La inflamación de ese cono musculoso irregular es lo que provoca el dolor y dificultad para tragar. Sus paredes tapizadas de diferentes tipo de mucosa según la funcionalidad de la zona, se ensanchan de células defensivas, las cuales migran desde los múltiples vasos sanguíneos que la componen para contener cualquier intruso microscópico. Además en medio de esas paredes y entre sus pliegues encontramos  las tan afamadas amígdalas (cuyo origen etimológico significa ‘almendra’ por  su forma), las cuales son una especie de cuarteles de células custodiando entre los pilares, la entrada tanto de la vía nervioso (desde la nariz), respiratoria y gastrointestinal. Ellas despliegan un ataque aumentando su tamaño y siendo el escenario de mortales reyertas entre las bacterias y los neutrófilos, llevando a que corran ríos de exudado, un líquido espeso blanco amarillento, conocido como pus. Esto es una señal inequívoca que la faringitis (también llamada faringoamigdalitis) es de origen bacteriano.

Es importante mencionar que rara vez la faringitis se limita a la parte conocida como garganta, es decir, la faringe oral. La mayoría de veces, como en el caso de la inflamación de la orofaringe por la COVID-19, la faringitis bucal es una continuación de la hinchazón de la nasofaringe (parte de la faringe que se encuentra en el fondo al revisar la nariz, región de donde se toma la muestra de para la prueba de antígeno o Rt-PCR de la COVID-19). De tal manera, que al dolor para deglutir, se le adelantan, mocosera, congestión nasal, estornudos, dolor nasal, tos con flema, etc., signos y síntomas de una faringitis nasal, los cuales, además, se relacionan con agentes virales como rinovirus, adenovirus, coronavirus, virus de la influenza, etc. Sin omitir, que la faringitis puede extenderse, según la virulencia del agente, hasta la faringe laríngea, que se ubica atrás de lo que se conoce popularmente en hombres, por su prominencia, como “Manzana de Adán”, provocando una tos seca escandalosa y ‘rebelde’ de tratar, acompañándose de disfonía (voz distorsionada o ronca) o hasta afonía (ausencia de voz).

Según los científicos, la cepa SARS-CoV-2 predominante Ómicron, es encontrada en mayor concentración a nivel de las paredes del cilindro irregular del que venimos revisando. Probablemente, eso explique que se comporte clínicamente como las entidades diagnósticas: rinofaringitis y laringitis, además de su menor letalidad.

Por lo tanto, la proliferación epidemiológica de faringitis, rinofaringitis, laringitis, etc., todas como cuadros predominantemente virales, ya sea asociados al virus de la COVID-19, Influenza o la combinación de ambas (Flurona) puede llevar a la inercia de evitar la revisión de la faringe y por consiguiente, soslayar aquellos diagnósticos poco frecuentes (25%, es decir, una de cada cuatro faringitis es causada por bacterias), como la faringitis bacteriana por Streptococcus piogenes del grupo beta hemolítico, un tipo de bacteria que si no se trata con el antibacteriano correcto (Penicilina) puede inducir una lesión cardíaca. Con la pertinente aclaración, que hay determinados criterios clínicos para su demostración, por ejemplo, dolor súbito de garganta, pus evidente en las amígdalas, ausencia de síntomas gripales, fiebre superior alta (mayor a 38.5 grados centígrados), palpación de múltiples ganglios aumentados de tamaño en la parte anterior del cuello, (todo verificado por la persona experta, claro), etc.

Finalmente, es de sumo valor hacer referencia enfática a ciertas valoraciones médicas, míticas, diría yo, sobre la atención que se presta a la flema, como secreción expulsada, ya sea de las paredes de la nasofaringe, orofaringe o laringofaringe, auxiliándose de ella como criterio diferenciador de tipo de agente microbiano, “si es blanca diluída, es virus y si es amarilla espesa, es bacteria”; lo cual es altamente falible, es decir, hay un alto riesgo de error. Eso, debido a que no es acorde a la anatomía microscópica, fisiología de la faringe, así como fisiopatogenia de la faringitis, en lo que respecta a sus componentes vasculares y glandulares. Así, la consistencia y color de las secreciones escupidas se relacionan con el tiempo y estructuras involucradas en la producción y el nivel de hidratación de la persona, a saber: si son secreciones transparentes, son líquidos transudados de los capilares; si son blancas, se asocian con secreciones de glándulas predominantemente serosas con saliva concentrada; si son amarillas espesas, se relacionan con más días de evolución, secreciones de glándulas mucosas y mayor deshidratación. No se descarta la expulsión de pus por la flema, pero debe ser abundante (casi un absceso retrofaringeo), de varios días y acompañado de temperaturas de más de 39 grados.

En suma, la faringitis en este contexto epidemiológico, supone, además de un reto médico para precisar un diagnóstico, también, una oportunidad para volver al estudio exhaustivo de tal cavidad, que nos conecta no sólo con el aparato auditivo (trompa auditiva, por ello hay dolor de oído en las faringitis nasales), el sistema nervioso (desde la nariz), el sistema muscular (músculos constrictores para la deglución voluntaria), el linfático inmunitario (sistema de amígdalas), el aparato  respiratorio, el aparato fonador (laringofaringe) y gastrointestinal; nos vincula moralmente con la misma intimidad del paciente, quien asimila nuestra acuciosidad como una manera de respeto hacia él, aunque no tenga la plena conciencia que arriesgamos nuestra vida y salud, al pedirle que se remueva su mascarilla para evaluarlo.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí