Filosofar implica una actividad crítica ante la realidad, es decir una actividad  con los caracteres siguientes: radicalización, desenmascaramiento, y voluntad emancipadora, así se resume lo que explica Antonio González, en su Introducción a la Práctica de la Filosofía (1997), y desde finales de 2019, ante el ser humano mundial se hizo presente en su realidad, una realidad genéticamente nueva, el SARS-CoV-2. Eso impuso, por consiguiente, un proceso de conocimiento radical de la realidad.

Dicho conocimiento hacia su radicalidad, inicia desde el primer médico que advierte las primeras señales clínicas distintivas de una neumonía viral en Wuhan, el genetista que confirma las nuevas variantes en el ARN, y luego, virólogos, infectólogos, enfermos, y tristemente, los millones fallecidos, todos, todas, recuperados o no, cada uno, advertimos esa realidad, y, como lo ha reflexionado filosóficamente, Ignacio Ellacuría (1975), nos ha tocado “hacernos cargo” de esa realidad fatal; ese momento que él llamó: ‘noético’, donde por primera vez, a través de cualquier medio, conocimos de esa y/o a esa perniciosa partícula. Sin temor a equivocarme, podría asegurar que son escasos quienes no han tenido un encuentro directo o indirecto con el virus; no importa que tan mítico o científico sea la aproximación; leemos de fallecidos asociados, hemos oído de muertos en el vecindario por la enfermedad de ese virus, un familiar nuestro presentó síntomas de esa “gripe”, enfrentamos el escalofrío de oír una ambulancia, ver a unos envueltos de pie a cabeza de blanco y franjas celestes, lo llevan grave de “Covi”, se nos explicó; un médico nos advirtió al revisar clínicamente nuestros signos y síntomas, puede ser la COVID-19; peor aún, un ser amado estuvo a punto o trágicamente ha emitido su último aliento en nuestros brazos; en los noticieros se cuentan los fallecidos, los graves y los recuperados; se nos ha indicado hasta el hartazgo sobre usar mascarilla, distanciamiento, ambientes abiertos, vacunación, lavado de manos y desinfección de superficies. Es una realidad momentáneamente conocida. Casi de manera automática, inicialmente, guiados por el instinto de supervivencia, formalizado en el miedo; o por la sólida prudencia, se han tomado decisiones difíciles, entre ellas, la peor, separarnos físicamente de quienes amamos, no porque conociéramos la raíz de ese mal, solo impulsados por la aparente y escurridiza realidad vital. No podríamos decir que ahondamos filosóficamente en ella. Pero, como también lo explica, Ellacuría, la apertura a la realidad por parte del ser humano, su inteligencia, implica no solo captar y responder a estímulos como animales, sino aprehender realidades, y es en ese momento que se verifica la incipiente filosofía, donde el siguiente momento es evidente, cuando se “carga con la realidad”. La necesidad se manifiesta borrosa, pero como atenta contra la supervivencia, y el ser humano, responde con su inteligencia sentiente, una inalienable manera de actuar sintiendo y pensando o viceversa, nunca separados, evidenciados en el acto volitivo, “cargando” su mascarilla, “cargando” su alcohol, “cargando” su cartilla de vacunación completa, “cargando la pena de poner distancia y evitar el contacto físico social”, “cargando” el acuerdo de reunirse afuera; ese ese momento ético, donde el sujeto reconociéndose a sí mismo, vulnerable “carga” con el objeto invisible pero realmente letal. Así, lo ha hecho la institucionalidad histórica humana, emitir alertas, cerrar fronteras, encuarentenar, aislar o confinar; poner a trabajar a personal de salud y personal esencial; las empresas no vitales, escuelas, iglesias, etc, deben cerrar; era la sociedad humana cargando con la realidad de la COVID-19. El momento epidemiológico donde hay una inicial advertencia cotidiana y clara de la realidad COVID-19, se sabe su origen, el virus SARS-CoV-2, como se transmite más probablemente, gotículas de secreciones humanas a corta distancia en lugares abiertos o en larga distancia en lugares cerrados; y como se previene comunitariamente de manera efectiva, la vacunación. Un saber primo-filosófico. No hay filosofía acabada en reconocer eso, pero sí, en la manera en que se asume el siguiente momento, el momento práxico, donde uno “se encarga de la realidad”, momento realmente filosófico, identificado así por el sacerdote jesuita español que fue asesinado por encargarse de la realidad sociopolítica de El Salvador. Es que, “encargarse de la realidad” lleva un costo, el cual es proporcional no solo a la distancia tomada con respecto a la realidad, a la magnitud completamente vital (o mortal) de la misma y también a la posición en la que nos encuentra ella.

Por ello, se reconoce que filosofar no consiste meramente en irse a un lugar aislado, frente a un ominoso paisaje y preguntarnos erráticamente: “¿Qué es la vida?”, y aunque ese podría ser un ejercicio intelectual básico, no se asoma ni a la sombra de la esencia de filosofar. Filosofar es cuestionar una y otra vez, y aún más profundo, hasta la raíz de la realidad. No para satisfacer ‘noéticamente’ un aspecto de nuestro intelecto, es decir por puro conocimiento; sino para “encargarnos” de ella. Esa es la forma de como han surgido las ciencias; donde los filósofos en todas las épocas: Parménides, Anaxágoras, Sócrates, Platón, Aristóteles, Agustín, Tomás de Aquino, Descartes, Kant, Locke, Hegel, Feuerbach, Marx, Nietzsche, Bergson, Hume, Gramci, Husserl, Zubiri, Ellacuría, etc, han abierto el camino al cuestionamiento serio y útil de la realidad, independientemente de su enfoque, su método y hasta limitaciones se “encargaron” de la realidad, marcando las líneas que delimitaron el rumbo a los científicos, para el desarrollo de teorías, tecnologías y procedimientos que permitieron sobrevivir a la humanidad. La diferencia entre científicos y filósofos solamente radica en su objeto real, especifico o general.

Por lo cual, en esta inédita pandemia, cada uno desde su posición, como oficio, técnica, profesión o arte, decide filosofar. No le basta solo seguir indicaciones, órdenes, reglas, protocolos, guías para atender a la enfermedad que amenaza a su familia, también “encargándose” de su propia, única y cotidiana realidad, desde su significación inédita, va más allá, y crea mecanismos de prevención, así hace filosofía, no a la manera de escribir libros o tratados, sino configurando pautas de responsable reflexión para vivir y hacerlo dignamente.

Nos hemos hallado, entonces, radicalizando en la realidad nueva mundial propiciada por la COVID-19, cada quien se ha quedado al nivel que las posibilidades le permiten, es decir, según la ideología configurada a partir de la cultura y religión imperante, unos se ajustaron y solo les ha tocado “hacerse cargo” con la realidad, otros han decidido “cargar” con ella y muy pocos se “encargaron” de ella . Y aunque, de una u otra forma, se ha interactuado con esa microbiológica y fatal realidad, el nivel de filosofía solo ha sido completado en quienes se están haciendo cargo de la misma, en otras palabras, en la medida en que construyen un pensamiento en las intimidades de su mismísima praxis científica.

Así, la pandemia SARS-CoV-2-COVID 19, como realidad, ha forjado, luego de la actividad crítica de quienes se encargaron de ella, es decir filosofando a partir de ella, un pensamiento que problematiza, es decir, vuelve las dificultades en oportunidades para aplicar fórmulas de resolución; un pensamiento desenmascarador de falsas propuestas, que duda, es decir, como lo planteó el filósofo subjetivista racional Descartes (1637), poner todo en duda, la duda universal. Esa duda que nos lleva a poner en tela de juicio cada aseveración recibida por vecinos, familiares, redes sociales, pastores, curas, políticos y hasta de algunas afirmaciones aisladas de unos que otros médicos trasnochados, para llevarnos a la  sospecha permanente inicial que tienda continuamente a una búsqueda en fuentes confiables y oficiales, comparando y contrastando versiones. No se trata de pensar que todo es falso o conspirativo, sino investigar usando la inteligencia sentiente, razonando y actuando.

Los científicos genetistas, inmunólogos, biólogos moleculares, han filosofado para construir viables modelos genéticos del SARS-CoV-2 para conocer comportamientos virales, desarrollar fármacos y vacunas; los infectólogos lo han hecho para aplicar una historia de la enfermedad apegada a sus comunidades y en las UCI a la par de sus pacientes, así, intensivistas configurando algoritmos en acción innovadores; los epidemiólogos filosofaron (y aún lo hacen) cumplieron estrategias ensayo-error para intentar cortar la cadena de transmisión; los médicos clínicos filosofan desde el insustituible sitio fenomenológico (según Husserl) del paciente que vive el virus en familia; los psicólogos ejercitan la filosofía para construir modelos de abordaje particulares a esta situación sanitaria; los pedagogos hacen filosofía al elaborar planes técnicos para un aprendizaje efectivo a distancia; al igual que los sociólogos abordan filosóficamente, retomando las pistas de antecesores científicos sociales para armar una explicación útil en la comprensión de la pandemia y sus efectos generales en la vida humana; el teólogo, también decide filosofar (parafraseando a Ellacuría, nuevamente) y, acorde a ello, encontrar la manera en que se debe responder éticamente ante tal fenómeno real, y como la conciencia de una Realidad Absolutamente Absoluta concierne al enfrentamiento de la misma por un humano no solo Biopsicosocial, también espiritual, que busca la religación; así, podría nombrar otros campos y sus especialistas, quienes se siguen encargando de esta apabullante realidad.

Todos en siendo ejemplos concretos de la voluntad emancipadora, la cual pretende liberar al ser humano, para este caso, de las complicaciones y muerte de la COVID-19, no solo como entidad clínica, sino en todas sus afecciones duda su infiltración crítica a los aspectos  psicológicos sociales, políticos y religiosos del mismo.

Así, todos aportando, desde su actividad filosófica aplicada en sus respectivos campos en la prevención de la COVID-19. Es cierto, no todos se vuelven filósofos o crean un tipo de filosofía propia, por el hecho de filosofar, pero cuando cumplen ese papel que vas más allá de mera víctima-expectador u obediente repetidor, aportan elementos que pueden ser retomados por aquellos que deciden construir filosofía y tomar como llamado, vocación, oficio y hasta profesión, el ser filósofos.

Por lo tanto, como un ejemplo, una aspiración legítima, en la actividad filosófica, es continuar cuestionando cada medida preventiva epidemiológica contra la COVID-19 y su respectiva asimilación con el subsecuente cumplimiento o violación, en la cotidianidad de las personas que ensamblan bloque por bloque filosófico su propia cosmovisión, lo cual no es banalidad ni vanidad, sino el enfrentamiento mismo con la vida y la muerte.

En el siguiente artículo, lo desarrollaré.

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