¿Por qué la mayoría de personas, a pesar de casi dos años de la pandemia de COVID-19, de tantos millones de infectados y muertes, y explicaciones de muchos expertos una y otra vez, aún siguen, aparentemente, sin apegarse perseverante y rigurosamente, juntas las medidas más sencillas y básicas de prevención, como uso estricto de mascarilla, mantenimiento de la distancia, permanencia en lugares abiertos o bien ventilados, lavado constante de manos o en su defecto, uso de alcohol; y vacunación?

Tal pregunta apertura un elemento incógnito: “el porqué”, una “X” de una ecuación filosófica. Una espacio en blanco que rellenar, una cadena de eventos que de descubrir, una raíz que desenterrar. Es el ser humano en su intento de problematizar su realidad para resolverla, para abordarla; desencadenar intelectualmente las decisiones de la praxis filosófica humana, es decir: un hacerse cargo, un cargar y un encargarse de ella.

La pregunta contiene una asumpción: “la mayoría de personas”; no hay datos cuantitativos precisos, no hay cifras estadísticas, no se basa en registros de algún censo; se parte de la observación del universo conocido al cual tiene acceso quien intenta filosofar. Es un pre-concepto, un pre-juicio. Nadie parte de la nada al filosofar. Siempre hay un punto de partida del que se inicia intencional o no. En este caso es una afirmación de orden cuantitativo al estilo de una muestra con una representatividad cuestionable en términos probabilísticos. Puede ser compartida o no por otros. Unos lo pasarán desapercibida, otros, la tomarán como verdad sin cuestionar, algunos la contradecirán (con o sin datos), y cierto número de personas, intentarán investigar en una cifra precisa de ellos.

El cuestionamiento plantea unos hechos que criterio de quien los plantea son suficientes “para”. Parte de hechos verificables: límites temporales y epidemiológicos desde el inicio de un fenómeno mundialmente conocido, hay fecha de reporte de signos y síntomas de neumonía atípica, fecha de la identificación del genoma SARS-CoV-2, fecha donde la OMS la declara enfermedad de atención, emergencia sanitaria, fecha del nombre, fecha de la declaratoria de pandemia, etc. Hay una serie de hechos, no interpretación de hechos, solo hechos biológicos claramente visibles con microscopios electrónicos especializados, instrumentos para secuenciación genómica y programas para reconstruir moléculas infectantes en 3D, etc. Quien filosofa no parte de un etéreo, de un amasijo de ideas nebulosas o un estado de éxtasis místico-religioso; y aunque, es cierto, parte de su muy particular e intelectual forma para aprehender su realidad, también recurre a datos medibles con la mejor confiabilidad y exactitud posible. Para radicalizar en la esencia de la realidad, se debe acudir a las maneras y medios más claros que la escriban directamente.

No obstante, esos datos, aunque ciertos y verificables para quien filosofa, no pueden estar tanto en cantidad como calidad, accesibles para esa “mayoría”. De ahí, puede surgir, para quienes se dedican en serio a filosofar, un nuevo hilo filosófico sobre aspectos de transmisión de información entre los seres humanos en este contexto inédito.

La pregunta, también advierte, por lo menos, una asociación sutilmente reconocible en la expresión: “a pesar”. Se plantea que el total de una serie de hechos son capaces de inducir a. Así, la filosofía conecta, une, asocia, interrelaciona de manera anticipada, aunque luego tenga que anular tal correlación presupuesta. Así, coloca en la mesa de quienes filosofan una propuesta para ser negada, aceptada a partir de una profundización subsecuente.

En este caso para quien filosofa, le es aparente que no se sigue el apego apropiado a los hechos ya enumerados. Reconoce una incongruencia entre los hechos y el comportamiento humano. Considera que ha logrado advertir una anomalía en lo que él considera de sentido común y lógica de supervivencia. Hay tantas razones de peso para actuar de una forma. Hay suficientes eventos psicosociales, a saber: miedo, muerte, morbilidad y advertencia, críticos para empujar al inequívoco cumplimiento de ciertas conductas mínimas. Pero, esa misma discordancia apuntada, ya nos introduce al tema más impredecible y complejo, la explicación del comportamiento humano, individual y colectivo. Ese camino ha sido de tal manera objeto de filosofar que ya hay múltiples métodos psicológicos establecidos, ya hay ciencia, ya es un objeto repasado una y otra vez y desde múltiples ángulos. No obstante, en lo resabido, recorrido y repetido, se agrega un elemento nuevo en la siempre cambiante cotidianidad construida. Ese elemento desglosa pautas conductuales claras con alta efectividad acorde a la genética viral, nunca con tal precisión en la historia de las epidemias y pandemias. Demarca medidas claves, materiales, lugares, medidas, sustancias, etc., lo suficientemente evidentes para ser aprehendidas. Y nuevamente, tira de otra fibra que conduce al cuestionamiento filosófico (también con cierto allanamiento) sobre cómo el ser humano aprehende lo que aprehende. Como capta lo que se le expone. Cuales son las condiciones óptimas para aprehenderlo. Comportarse humanamente y aprehender una realidad, dos tópicos que nos adentran al laberinto de enigmas minotaurinos. Nos invitan a desarmar inquisitivamente ese artefacto conductual y corroborar que, como, donde, por que, cuando lo mueve o lo frena. Quienes filosofan, asumen que el humano actúa por necesidad, por instinto de supervivencia, por el refuerzo de las contingencias, por esquemas mentales, por influjo de sustancias neuroquímicas, por presión social, por vehemencia cultural, y así  sucesivamente encierran las variables: hechos epidemiológicos apabullantes y no apego congruente a ellos. Mecánicamente (como manera primordial de hacerlo) afirman: la gente se muere masivamente de la  COVID-19, por un virus que con pocas probabilidades no atraviesa la mascarilla, pero no se le porta, se coloca esporádicamente, se posiciona en cuello, muñecas o en el bolsillo del pantalón (!); el virus SARS-CoV-2 requiere de cierta distancia para ser transmitido, pero se sigue entrando a lugares estrechos o hasta abrazando(!); el virus muere con jabón espumoso o alcohol, y aún se sigue haciendo según la ocurrencia de cada quien; hay suficientes evidencias que el virus se previene con vacunación y habiendo suficiente vacunas se niegan a vacunar y hasta las satanizan (¡!). Y, entonces, salta una pregunta con el metódico asombro de la filosofía: ¿Por qué?

No es una errática pregunta, sino con toda la pretensión de encontrar la mejor respuesta para ella auxiliándose de los esquemas filosóficos históricamente preparados. Ello abre la válvula que permite borbotones de preguntas filosóficas:

¿Cuáles son las condiciones histórico-materiales que configuran la negación fáctica al cumplimiento de tales directrices sanitarias? ¿Qué ideas son formuladas en el sujeto para actuar de tal manera temeraria? ¿Cuáles sentimientos impiden o impulsan a tales decisiones incongruentes? ¿Cómo se asume en la cotidianidad fenoménica los comportamientos esperados? ¿Cuál es el significado para ellos de una mascarilla, distanciamiento, un lugar abierto, el lavado de manos? ¿Cómo es la vivencia respectiva interpretación al usar una mascarilla, distanciarse, vacunarse o lavarse las manos? ¿Qué elementos en su praxis diaria facilitan o dificultan el apego a las medidas preventivas?

Por lo tanto, cada interrogante es un ejemplo de cada uno de los diferentes enfoques filosóficos. Todos ellos han construido un canal para el flujo de la lógica que intenta resolver problemas últimos de la realidad.

¿Acaso la recomendación de portar mascarilla continuamente es una maniobra mercantil del capitalismo para negociar objetos de consumo y enriquecer a los dueños de los medios de producción? ¿Es la no adherencia íntegra y permanente a las medidas preventivas, un producto de la marginalidad social que excluye a las grandes mayorías de conocimiento científico depurado (de mitos, supersticiones, etc.) o sus mecanismos para adquirirlo? ¿Muchos sujeto construyen pensamientos variadas para captar su entorno y responder a él, unos correctos, otros incorrectos? ¿Una evidencia de como la selección natural protagonizada en un virus mutado y mutable establece la competencia, donde sólo los que se adaptan elaborando y ocupando adecuadas herramientas, procedimientos y conductas sobreviven, los demás se extinguen? ¿El hacinamiento comunitario, laboral los obliga al apiñamiento? ¿es una conducta reforzada por la cultura latinoamericana del máximo contacto físico? ¿Falta la conciencia de lo microscópico? En esos cuestionamientos se aprecia diáfanamente como la práctica de filosofar,  plantea escenarios radicales en el locus vivendis, desfragmenta los comportamientos, permitiendo un  inicio y reinicio los diálogos humanos.

Se reconoce que todas esas medidas sanitarias atentan con el mismísimo hecho filosófico de la otredad en una situación vital humana como es el proceso salud enfermedad. El rostro del otro y hacia el otro es parcialmente ocultado. Se establece una barrera al contacto. Se amplían distancias en el conocimiento del otro. Se obliga a mostrar reacciones que se interpretan psíquica y culturalmente como rechazo. La comunión íntima humana está mediada por la mezcla de las secreciones: saliva, lágrimas, mucosidades, sudor, semen, etc. El virus infestan la esfera de los patrimonios gnoseológicos que la humanidad preserva para ir más allá del mero existir o vivir, el convivir. Es que el lenguaje humano es ver labios fruncidos, es ver nariz corrugada, una lengua que aparece furtiva en la plática; es oír claramente sin filtros, es proximidad para el secreto, lo privado y la infidencia espontánea; es selectividad en un cuarto cerrado, es el abrazo sorpresivo. La prevención privando de la prominente privacidad.

El campo de la filosofía se nos abre al considerar la simultánea aparición del inédito virus y del humano siempre en edición.

No es, ni por asomo, mi pretensión,  agotar cada ínfimo detalle de lo filosófico del tema de la prevención de la COVID-19, pero sí, de abrir caminos de reflexión radicalmente filosófica para la elaboración de estrategias que incluyan a cada experto en las ciencias implicadas, y construir poco a poco, una incipiente propuesta filosófica que dicte ciertas guías cuyas dinámicas sean acordes al abordaje peculiar y minucioso de esta pandemia y de otras por venir.

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Por: Aldo Hernández 
Doctor en Medicina 
Profesor universitario de Anatomía Microscópica de la Universidad de El Salvador (UES) 
Médico de Clínica Metabólica del ISSS 
Investigador de la UES

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