Hacia un diagnóstico compartido con pacientes.

Para efectos del desarrollo de esta idea, a la verdad, la entenderemos como la correspondencia más precisa posible con una determinada realidad, y en la práctica de la medicina la llamaremos: diagnóstico; y a la búsqueda activa y compartida de esa verdad: impresión diagnóstica.

La historia universal de la medicina puede ser definida como el registro de la serie de avances en la aproximación de la verdad sobre los seres humanos en cuanto a su proceso salud-enfermedad, desde su aspecto individual hasta su aspecto colectivo, y las formas de trasmitir esa verdad a quienes la encarnan. Esa verdad puede establecerse de manera general, como grandes teorías o paradigmas, modelos que intentan explicar de manera abarcante y resumida  los procesos que sufren las personas y la interpretación de ellas, ya sea en momentos históricos o en ciertas civilizaciones. A su vez, la verdad en la medicina se puede abordar desde enfoques específicos dependiendo el arte, la técnica o ciencia a la que se recurra.

Al que decide embarcarse en la praxis médica en pleno siglo XXI, encuentra la acumulación de insumos para descifrar la verdad general, específica, individual o colectiva; así durante su formación académica recibe las naciones básicas para construir una verdad, su verdad asimilada para decodificar las verdades sobre el proceso salud-enfermedad de otros, denominados pacientes. No obstante, la verdad será plena hasta que se establezca el vínculo con cada uno de quienes se hacen llamar pacientes. Él descubrirá una verdad y ellos deberían descubrir su verdad. Para quien ejerce la medicina, es una parte de la verdad, pero desde el punto se vista del paciente estar sano o enfermarse es su única y absoluta verdad, esté apercibido o no. Aún es probable que para el paciente ser curado o estar enfermo solo sea una etapa y para el médico encontrarse con esa verdad sea el todo. Así, solo la verdad en esa conexión se vuelve concreta.

En esta lógica, para el médico, los libros que estudia representan recopilaciones de múltiples verdades de siglos y siglos de certezas cuya obtención ha sido mediante la alquimia pertinaz del médico y su paciente,  a veces con situaciones o motivaciones discutibles, pero con la aproximación innegable a esa interacción insoslayable con quienes son víctimas de tales apabullante verdades que se asoman como pistas, luces, guías, caminos en su afán de conocer la verdad de si mismo, de los demás, la verdad relativa a, la verdad absoluta para ese momento donde se ensamblan las fórmulas bioquímicas con las sonrisas de satisfacción por la mejoría; esa verdad que se vuelve evidente cuando la compatibilidad entre la teoría física de la contracción muscular y el agradecimiento relajado es de tal manera que no hay punto de distinción fisico-social; la satisfactoria verdad al verificar la correspondencia entre los anillos farmacológicos y una dermatitis resuelta; ser cómplice de la verdad indiscutible: una vida muscular empuja pasmosamente a otra vida al completar cuarenta semanas por un orificio de menos de 30 centímetros de diámetro para darle la bienvenida con su mirada tierna, extenuada y protectora. Asimismo, esa cruel verdad que deja sin aliento al corroborar una invasión invisible en los pulmones no visibles pero audibles por el frío estetoscopio sobre la tersa piel marcada rápidamente entre las costillas del neonato y la mueca desesperada de una madre.

Por eso, quien se encuentra inmerso en esa continua práctica dialéctica confirma que la verdad supera la simple enunciación acorde a la lógica aristotélica, al subjetivismo extremo de Descartes o a las categorías Kantianas, y es, como Heidegger lo expresa un “ser-ahí”. Una experiencia donde la construcción se vivencia cuando se entrecruza el discurso fruto de un legado centenario médico científico, un ente humano que encarna el arte, la técnica y la ciencia y la persona que se aproxima con su páthos biopsicosocioespiritual.

Verdad variopinta. Verdad entre humores y olores. Verdad líquida que salpica las terminaciones del inquisidor. Verdad que convierte en tinta los signos y señales vertidos en una mueca, una postura o un sórdido grito. Verdad encriptada en el balbuceo del ictus, del epiléptico, del rigor mortis o de trazos de la vital monotonía. Verdad en el ruido, soplo y burbujeo. Verdad en lo hundido y en lo hinchado; en lo blando y en lo rígido; en la risa y en la succión.

Es la razón en busca de lo razonable del raciocinio del otro. Es enjuiciar el juicio de quien se sospecha ha perdido el juicio o está en un juicio.  La verdad como sospecha, siempre escurridiza, solo enredada en criterios que emiten cierta verosimilitud: “Ante la duda…” “Mejor pecar de precavido…” La verdad dudando siempre para aproximarse a la certeza. Es la duda compartida: médico-paciente, con-fiando, compartiendo, creyendo juntos pero dudando siempre.

Sin duda, es la verdad que cuestiona hasta sobre lo aparentemente superfluo: ¿Qué desayunó? ¿Cómo duerme? ¿Cómo agarra el martillo?, es el interrogatorio impúdico para salvar el pudor: ¿Ha tenido “relaciones” aparte de su pareja? Es el cuestionamiento impertinente para un tratamiento pertinente, ¿De verdad se toma sus medicamentos?, es una verdad puesta a prueba al intentar ganarse la confianza mientras se pierde en pruebas poco confiables, pero es lo que se tiene. Palabras verdaderamente duras para obtener conductas flexibles a su propia verdad.

En lo esencial, la verdad escrutadora en la medicina “ser-ahí” pone a cada sentido escudriñador en acción, no sólo intenta extraer discursos de verdad al necesitado interlocutor, también intervienen los ojos atisbando casi automáticamente, oídos agudizados hasta al más mínimo silbido o estertor de auxilio pulmonar, siendo acompañados por los siempre receptores discriminativos de los pulpejos digitales que tocan, percuten y aprietan si es necesario. Son los sentidos formulando las preguntas heideggerianas esencial y la intermedia. Nada escapa al rigor del esquema que escanea hasta el último rincón anatómico asociado directa o indirectamente al sufrimiento acusado.

Se trata de la verdad que combina el ¿le duele? Con el silencioso no del ceño fruncido; ¡respire profundo! Con el roncus espontáneo; es el ¡Abra la boca! Y el obediente espasmo bucal nauseoso. No es una verdad elucubrada en el encierro o en la punta solitaria de un cerro, sino cerrando la puerta y hablando claramente o entrando en en aquella casa que ni cerradura tiene. Es acercarse para distanciarse, es la palpación del parásito impalpable, la inspección de la bacteria invisible o la auscultación del virus mudo. Es la piel examinante haciendo un contacto percutor con la piel sufriente para obtener el sonido resonante o mate de la verdad ineludible.

Así, se conforma la armónica verdad, conectando cada nota en la encrucijada neuronal, estableciendo el circuito que producirá el primario veredicto que aunque causa dolor, asombro, miedo o incertidumbre, no pretende únicamente y nada más que la verdad sin maquillaje ni ocultamiento. Intenta transparentar al refractario citoplasma de la célula cancerosa. No hay ningún afán mórbido de fruición ante su morbilidad, ni un sentido se lucrarse como si los Treponema pallidum o los SARS-CoV-2 se vendieran por libra. Tampoco se desea negociar con su desesperación al invitarlo a ser traspasado por radiación, sonido o la extracción de su rojo fluido. Nuevamente, es una invitación a mirar juntos el negativo de lo negativo que le aqueja a discutir los valores del laboratorio que indiscutiblemente dictan un rumbo de su destino cuya enfermedad lo intenta tomar como presa de laboratorio. Se busca más verdad, verdad succionada, verdad observada por un microscopio, verdad centrifugada, verdad del tubo de ensayo, verdad del endoscopio y de la grafía en el papel cuadriculado.

Así descrita la verdad que el médico arma, rompe, construye, destruye, abate, drena, cura, corta, extirpa, reduce, enyesa, bombea, disecta y esclerosa.

¿Para qué tanta verdad que analiza y sintetiza que arma y deforma trayendo al paciente al umbral del dolor de saberse a sí mismo? ¿Qué surge de prohibir lo sabroso, suturar las heridas del vacío psíquico? ¿Por qué tanta exploración mientras la supuración ansioso depresiva se derrama?

¿Es mero filosofar vacío que extrae datos y ensambla el poder para dominar?

(Continua en el próximo artículo)

Por: Aldo Hernández 
Doctor en Medicina 
Profesor universitario de Anatomía Microscópica de la Universidad de El Salvador (UES) 
Médico de Clínica Metabólica del ISSS 
Investigador de la UES

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