La actitud humilde y la actuación obediente como manifestaciones de fe por un militar sirio con alto rango durante el siglo IX a. C., fueron condiciones necesarias para dar paso a la intervención sobrenatural divina para la curación inmediata de su leucodermatosis crónica.

En un bello quiasmo (recurso literario de redacción que relaciona de manera paralela dos hechos hacia un centro coincidente) de la Biblia encerrado como paréntesis en el segundo libro de historia real denominado: Libro de los Reyes, encontramos el registro de un milagro mediado por Eliseo con oficio de profeta. Tal suceso se narra en el contexto de choque entre dos países, dos culturas y dos fuerzas militares contrapuestas, las cuales se enlazan por ese hecho supernatural que implica la sanidad completa de un prestigioso líder militar de una incurable enfermedad de la piel.

El relato probablemente llevado a cabo entre el año 852 y el 841 antes de Cristo, hace referencia al término que se ha traducido como: ‘Lepra’ para indicar el defecto en la piel que opacaba el heroísmo militar del sirio Naamán. La palabra hebrea que se usa (posiblemente tsara´ath») podría hacer alusión a cualquier tipo de enfermedad de la piel, que indudablemente no se refiere a la actualmente ya reconocida y ocasionada por la bacteria Mycobaterium Leprae, llamada Hanseniasis. Solamente, dadas las descripciones en el texto, podemos afirmar algunos aspectos clínicos de tal afección dermatológica, a saber: era crónica,  es decir, de larga duración, presencia de lesiones blanquecinas en lugares visibles y con cambios en la textura de la piel. Los aspectos de contagiosidad y herencia no están muy claros, pero se insinúan en el desenlace. Tampoco hay evidencia en la historia acerca de aislamiento, pero sí, se encuentra implícito el aspecto psicológico del estado ansioso por obtener la curación notorio a todos los que le rodeaban, desde el rey hasta la adolescente criada de su esposa. Hay muchos estudiosos que sugieren: Psoriasis, una enfermedad sistémica inflamatoria con manifestaciones descamativas de la piel, cuyas características coinciden con las vertidas en los párrafos bíblicos al mencionar el caso del general protagonista beneficiado con el milagro. Es pertinente aclarar que por lo primitivo de la medicina de esa época, casi cualquier enfermedad era incurable, no obstante, en la actualidad, muchas enfermedades de la piel siguen siendo únicamente controlables pero no curables, tal como es el caso de la psoriasis de haber sido ese el diagnóstico.

Independientemente cual sea la enfermedad precisa que sufría Naamán, era suficiente motivación no sólo para escuchar a una insignificante esclava adolescente, según la escala social de la época, sino, también, para recurrir al territorio víctima de múltiples abusos terroristas por tropas que él mismo dirigía, (irónicamente, aquella niña era producto de esas incursiones, enfatizado por los escritores del libro); y acudir a las prerrogativas “diplomáticas” a través del rey (Ben-Hadan) y solicitar no muy cordialmente apoyo humanitario de salud al rey de Israel (Joram). Y, aunque, no fue directamente por ese medio que se obtuvo el beneficio, si permitió que entrara en escena quien dictaría las indicaciones precisas para la manifestación milagrosa.

El comportamiento del profeta Eliseo (oficio que no solamente predecía el futuro, también mediaba milagros, velaba por la salud espiritual nacional y denunciaba injusticias sociopolíticas), creo las condiciones para una respuesta, ya sea de humildad u orgullo por parte de Naamán al no cumplir con la pleitesía acostumbrada para los funcionarios públicos de tan alto cargo y además al mandarle que se sumergiera siete veces en un río de la tierra de Israel y no de los pertenecientes a su tierra Damasco de Siria; probablemente porque el Jordán no contaba con el carácter sagrado de sus ríos, según la cosmovisión de esos pueblos sirios.

Eliseo le había condicionado el milagro a Naamán. No había excepciones por la clase social a la que pertenecía. Debía cumplir paso a paso lo ordenado para que abrir paso a la intervención divina. Y, según el contexto teológico de los escritos históricos de Israel, no es que el Dios de ellos estuviera limitado por la naturaleza o por algo humano para su obrar, sino que, los milagros no sólo era una demostración de la potencialidad infinita de la Divinidad, sino, también, una forma de interrelación con los humanos, donde se debía experimentar una transformación en el carácter antes, durante y después de la vivencia de un milagro.

Aunque como reacción inicial válida asociada a la costumbre de ser tratado con atención preferencial, el general se resiste, no pudiendo ocultar su orgullo fomentado principalmente por la cultura; no era la forma y el lugar que él esperaba que la Divinidad actuaba acorde a alguien de su categoría; esas no eran sus expectativas. No obstante, demostrando su apertura, tal como lo hizo con la niña esclava israelí, escucha a sus sirvientes,  quienes con una lógica impecable le dicen que lo importante no es lo grande o pequeño que hacer sino obedecer, por lo que decide ceder. Un atisbo de humildad necesario para impulsar obedientemente su ser completo hacia adentro de ese río el cual había atacado con desdén y hundirse en aguas no sólo una vez, siete veces. Una acción sencilla sin ningún valor médico ni científico, tampoco mágico o religioso, solamente como un ejercicio del carácter para desarrollar obediencia a quien otros le deben obediencia; además un mecanismo para producir humildad a quien mira desde arriba a sus soldados. Todo ello avivando la fe en la dosis exacta para ser sumergido en el siempre milagro de sanidad.

De esa manera, un recambio de células incrementado entre 7 y 28 veces lo normal, de tal manera que las capas de epidermis se sobreponen una sobre otra, desbordando capas escamosas de blanca y queratina brillante, retornaba en segundos al natural proceso de descamación casi imperceptible, volviendo a la suavidad, color y turgencia de un lactante menor. Hubieran sido factores genéticos, congénitos, ambientales, bacterianos o la combinación de ellos, en un santiamén el milagro había sido experimentado.

Si es un relato ficticio o no, es otra discusión. Lo importante es que para quienes creen en los milagros, es imperativo reconocer que, si bien es cierto, algunos no hubo necesidad de pasos humanos para su manifestación plena, pero, sin temor a equivocarme, una buena parte, ha sido decisión divina que haya participación humana, tal vez no esencial pero sí, muy importante para propósitos de transformación humana integral.

Así como, sumergirse en agua siete veces no es un acto litúrgico o espiritual por si mismo. Pero, combinado con un mandato de una voz autorizada como el mensajero de Dios, lo vuelve una especie de preparación y anuncio para una intervención sobrenatural inminente, de la misma manera, lavarse con agua y jabón por veinte segundos, vacunarse, usar mascarilla, mantener distanciamiento físico y permanecer en lugares ventilados pueden proponerse como mínimos esfuerzos de humildad, obediencia y fe para ser testigos de la inmediata actuación divina sin intermediarios de una sanidad completa.

¿Y el papel de los médicos donde queda en esta antesala a la sobrenaturalida?

Hablaremos en el siguiente artículo sobre ello.

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Por: Aldo Hernández 
Doctor en Medicina 
Profesor universitario de Anatomía Microscópica de la Universidad de El Salvador (UES) 
Médico de Clínica Metabólica del ISSS 
Investigador de la UES

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