Jesús, el judío del siglo I más famoso de la historia universal, reconocido, tanto en las copias de los manuscritos bíblicos como en fuentes extrabíblicas, entre otras prácticas, por la realización de actos sobrenaturales y considerado Dios por el cristianismo universal, protagoniza un relato registrado por seguidores, donde en medio del desarrollo de un milagro, se verifica su explícita indicación para dar paso a la participación nominal de los incipientes dermatólogos de la época en tal curación milagrosa de diez pacientes de su leucodermatosis crónica.

Luciendo el nombre más común de su época que se puede traducir también como “Dios sana”: Jesús, nacido en una ciudad real: Belén de Judea, pero criado en un caserío pobre de Galilea: Nazaret; y aunque según el texto cristiano, sobresalía entre sus compatriotas por sus acciones superhumanas por puras motivaciones humanitarias, lo que generaba más revuelo opositor entre círculos religiosos era su afirmación implícita sobre el origen de sus milagros, dado que no era sólo mediador de los mismos, sino que él mismo los generaba. Así, Ellas y Eliseo, profetas de oficio, del último fue de quien nos referimos anteriormente, solamente eran intermediarios de la intervención divina, no obstante, en el contexto de los muchos discursos, acciones y actitudes conservadas se verifica autodenominarse como Dios. Es decir, Jesús hacía milagros por ser Dios, si bien es cierto, los escritores de los libros bíblicos tardarían varios años en asimilarlo, la gente de las altas esferas religiosas de Israel entendieron que Jesús intentaba arrogarse tal condición.

Es importante mencionar lo anterior acerca de Jesús, por el valor teológico que aporta, porque explica el significado esencial para el cristianismo acerca de los milagros, y permite descubrir el papel que a la participación humana, en muchas de sus obras sobrenaturales, se le otorgaba. Por lo cual, al retomar una narración sobre un milagro de Jesús podemos extraer algunos elementos que nos abren la posibilidad para encontrar el rol humano en tal acción divina; constatando, entonces, que en ciertas ocasiones la actividad humana era requerida, más allá de una actitud pasiva y expectante, al contrario, como una conducta paciente activa reveladora de fe. En otras palabras, Jesús, explícitamente dictaba indicaciones a cumplir para dar paso a su intervención sobrenatural.

En el texto analizado, cuya autoría es  asignada por la interpretación tradicional a un médico, se expone el lejano encuentro entre diez pacientes que sufren de una enfermedad de la piel cuyo nombre asignado suena a “golpear”, traducido Lepra, pero que muy probablemente se refiere a cualquier afección dermatológica, menos a la moderna actual; con Jesús, el cual según el contexto, se dirigía a Jerusalén (luego se confirma que iría a enfrentar su crucifixión).

De tal manera que durante una conversación entre gritos, debido al respeto al distanciamiento físico entre los enfermos de la leucodermatosis y los demás miembros de la comunidad, distancia dictada por los salubristas litúrgicos de la época, se nos abre la posibilidad de ingresar al suceso cuyo centro narrativo señala a la sorprendente frase: “Vayan y preséntense a los sacerdotes”.

Tal fue la respuesta aparentemente misteriosa de Jesús ante la implícita petición curativa milagrosa de parte de los enfermos, quienes ya sufrían de aislamiento de su sociedad y según la ley de su país, debían ir gritando su contaminación ceremoniosa a diestra y siniestra. ¿Por qué les indicó tal cosa?

La explicación está plasmada en el segundo libro del pentateuco de la Torá, Levítico, donde brinda detalladas acciones a seguir por los religiosos ante lesiones de la piel. Si bien no eran de carácter médico, sí anticipan medidas de salud pública para evitar el contagio de algunas; estas operaciones se resumían en tres: observar, clasificar, aislar. Así, todas las personas sin excepción debían acercarse donde los sacerdotes para ser examinados, recibir la categoría de puro o impuro ceremonialmente dependiendo de la gravedad y diseminación de la lesión y atender la medida de aislamiento respectiva. Luego, al finalizar los días volver a repetir el proceso. No era que los levitas curaran o indicaran medidas para tratar la enfermedad, solamente dejaban que actuaran los procesos naturales de curación o algún proceso supernatural. Lo que sí era cierto: mientras el dermatólogo sagrado no declaraba el final de la lesión, no podía volverse paulatinamente a la vida litúrgica y cotidiana.

Entonces, según esa lógica, Jesús les manda a cumplir ese proceso clínico-litúrgico, muy probablemente para activar su fe y verificar obediencia, pero no les garantiza que los sanará, no les dice si deben ir en caso de aún no haberse mostrado antes, más bien pareciera un mandato a seguir cumpliendo lo que la ley exige en sus casos. Hasta ese momento, sólo los lectores saben que se aproxima un milagro. No hay ninguna advertencia o afirmación que habrá sanidad milagrosa. Lo único que los enfermos sabían era: el obrar milagroso y compasivo de Jesús y que a los sacerdotes se presentaba para corroborar una curación. Nada más.

Sorprendentemente obedecieron. Y mientras iban hacia los sacerdotes, según múltiples testimonios orales recabados minuciosa y exhaustivamente por los escritores del libro conocido como evangelio según Lucas, se constata que se obró un milagro de sanidad, la probablemente psoriasis incurable remitió instantáneamente, los ciclos celulares de los queratinocitos se normalizaron, cesó la descamación y la piel pasó de ser blanquecina a su color normal.

Los diez lo experimentaron, pero solamente gracias al testimonio oral agradecido de un oriundo de Samaria, se pudo obtener datos para dejar como evidencia histórica bibliográfica de la ocurrencia de un milagro.

No se sabe si la operación sobrenatural inició al tener contacto visual lejano  con Jesús, después del ruego de los pacientes, inmediatamente antes de pedirles que fueran donde los sacerdotes o al iniciar su camino donde ellos, lo que sí queda claro es que la participación de aquellos salubristas nutricionistas y hasta dermatólogos primitivos en el milagro como constatadores del hecho y la obediencia para asistir a ellos quedan como determinantes claves para dar paso al milagro.

Es en ese contexto que el distanciamiento físico adecuado, la consulta médica temprana de los síntomas sospechosos de la COVID-19, la vacunación, el uso de la mascarilla y la permanencia en lugares ventilados podrían configurarse como indicaciones que Jesús indicaría para activar la fe, para verificar obediencia y nada nos impide afirmar a los pacientes que son creyentes que podríamos estar a la víspera de un milagro de sanidad.

¿Y qué decir a las personas médicos, quienes afirman que los milagros son imposibles?

Tal como lo afirmamos en la introducción, no pretendemos convencerlos acerca de la posibilidad de lo milagroso, sino a investigar sobre los documentos cuya autoridad es reconocida por los pacientes para apelar a ellos como una estrategia de prevención de la COVID-19, de tal manera que si no obedecen por la falta de confianza en el sistema de salud, en el médico, cumplan las medidas siguiendo las indicaciones del Jesús bíblico.

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Por: Aldo Hernández 
Doctor en Medicina 
Profesor universitario de Anatomía Microscópica de la Universidad de El Salvador (UES) 
Médico de Clínica Metabólica del ISSS 
Investigador de la UES

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