Cuando el principal líder de un imperio mundial tiene que presentarse en una conferencia pública a pedir calma por una variante nueva del SARS-CoV-2, sobre cuyo nombre erra al pronunciarlo, lo menos que los medios de comunicación masivos trasmiten es tranquilidad. Si recurriéramos a la teoría psicoanalítica acerca de los lapsus linguae, donde fenómenos verbales espontáneos expresan verdades intrapsíquicas, el hecho que cometiera un error dos veces nombrando a la variante: “Ómnicron” y no “Ómicron”, nos hace pensar la carga emocional que representa para tal presidente anunciar una variedad que podría obligarlo a paralizar nuevamente el país en el peor momento económico que enfrenta, y si sabemos que el prefijo “omni” significa: todo, aún más evidenciamos lo abarcante, lo ominoso y lo totalizante denotado en esa llamativa equivocación; o simplemente podemos asumir que su asesor científico, el célebre Dr. Fauci le pronunció más de alguna vez en su reporte previo ese nombre, teniendo en cuenta que él también se equivocó.

Esa curiosa falla nos ilustra como se puede sacar de proporción un evento, pasar de la decimoquinta letra del alfabeto griego, una “o” pequeña que nombra a otra variante más a transformarla en la “omni” que habla de un “todo”. Y no es de menos, dados los antecedentes de como ese mismo virus hizo correr a esconderse a todo el mundo que pudo hacerlo, aunque no olvidemos que también llevó a la aceleración de las investigaciones científicas, inmunológicas, farmacológicas y clínicas que dieron paso a por lo menos doscientas propuestas de vacunas como respuesta.

Fácilmente podríamos ‘omni-diagnosticar’ a la situación global actual de un trastorno de ansiedad generalizada, después de una noticia del diciembre del 2019, cuando el mundo entero se convirtió, paulatina pero vertiginosamente, en el escenario de la expresión de preocupaciones persistentes, excesivas e inespecíficas, mostrando múltiples síntomas de aprensión, ideas acerca de calamidades venideras, sentirse «al límite», dificultades de concentración, tensión muscular verificada como agitación e inquietud en brazos y piernas, dolores de cabeza opresivos, temblores, incapacidad de relajarse, hiperactividad vegetativa, es decir: mareos, sudoración, aceleración del corazón o de las respiraciones, molestias en lo boca del estómago, vértigo, sequedad de boca, entre otras manifestaciones por más de seis meses que llevó al el deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad de todas las personas, si la amenaza no hubiera sido una entidad perceptible, identificada genéticamente para denominarse SARS-CoV-2 a través de la avanzada tecnología de microscopios especializados o más aún si no fuéramos informados epidemiológicamente acerca del apabullante alcance de los más de doscientos millones de casos registrados con signos y síntomas clínicos comunes, (por millones en el mundo de médicos, infectólogos, neumólogos, otorrinolaringólogos, intensivistas, etc.), agrupados en la enfermedad nombrada: COVID-19, así como la trágica perdida reportada oficialmente de por lo menos cinco punto dos millones; sin mencionar todas las medidas de salud pública emitidas para contener una epidemia de proporciones mundiales, un virus omni-abarcante, una pandemia. Así, todo vuelve a su justa proporción, y permite marcar un límite más o menos preciso entre ansiedad como respuesta fisiológica normal y la ansiedad patológica como síntoma cardinal de múltiples trastornos.

Por lo tanto, volviendo al tema del uso de las palabras, al anunciar mundialmente un hallazgo relevante en salud pública mundial, tal como está obligada la Organización Mundial de la Salud (OMS en adelante) y según su metodología de control epidemiológico genético, en este caso, de los virus, en una declaratoria del 26 de noviembre designa a la variante B.1.1.529 (Ómicron) como “variante preocupante”, sí, preocupante.  (Para mayor información visite el sitio: https://www.who.int/es/news/item/28-11-2021-update-on-omicron).

Inmediatamente, los medios de comunicación masivos, los líderes mundiales y todos los que tienen acceso a la globalizante información de las redes sociales corren para hacer de ello, verdaderamente una noticia preocupante, usando la palabra “preocupante” con una connotación diferente, es decir, rodeándola de un halo de alarma, sea con motivaciones bienintencionadas o no, alejándose del afán que el organismo mundial de salud pretendía, el cual era promover acciones sistemáticas y coordinadas estatales para estimular la vigilancia sanitaria y reforzar las medidas ya resabidas de prevención de la COVID-19, no obstante, el anuncio condujo a miles de millones de personas alrededor del mundo (y en El Salvador, por lo tanto), hacia la aprensión del pensamiento enfocado en el conglomerado de mutaciones del SARS-CoV-2, llevando a muchos a debutar con el espectro amplio de los trastornos de ansiedad, tanto de ansiedad social, fobias específicas, estrés postraumático, ansiedad generalizada, episodios de ansiedad paroxística (Crisis de angustia), o si ya se sufría crónicamente de ellas, se precipitan agudizaciones de las mismas; asimismo, y en su menor daño, generando ansiedades sobrevaloradas.

Por lo tanto, es pertinente aclarar la denotación precisa de “preocupante” a la que la OMS hizo referencia, según se extrae de su sitio en la declaratoria del 26 de noviembre:

“Las variantes preocupantes (VOC, por sus siglas en inglés) del SARS-CoV-2 cumplen con los criterios de las variantes de interés (véanse estos criterios arriba) y, según se ha demostrado tras una evaluación comparativa, se asocian a uno o más de los siguientes cambios en un grado que resulta significativo para la salud pública mundial: un aumento de la transmisibilidad o un cambio perjudicial en la epidemiología de la COVID-19; O un aumento de la virulencia o una variación en la presentación clínica de la enfermedad; O una disminución de la eficacia de las medidas sociales y de salud pública o de los medios de diagnóstico, las vacunas y los tratamientos disponibles”.  (OMS, 2021)

Esto significa que al nombrar una variante de preocupación, se hace en base a criterios técnicos y científicos en proceso de confirmación, donde los hechos sobre los cuales se respaldan son reportes continuos y en desarrollo, desde los países, en este caso, de Sudáfrica, esto es reforzado al revisar en los primeros párrafos de la declaratoria, se verifica que explican: “… Se están realizando varios estudios sobre esta variante…” (Ibid.), de lo cual podemos estar seguros y sin alborotar desaforadamente al Locus Caeruleus, esa mancha neuroanatómica de nuestro tallo cerebral cuyas neuronas secretan adrenalina, una sustancia que nos pone en alarma, que no hay afirmaciones consumadas de calamidad inminente, sino una pre-caución para pre-parar a los sistemas de salud, tanto en la búsqueda genética de la variante como las medidas pre-ventivas poblacionales.

Siguiendo entonces la lógica anterior, podríamos afirmar que la OMS pretendía estimular esa natural, fisiológica emoción como respuesta racional llamada: ansiedad, cuyo propósito es enfrentar situaciones nuevas para adaptarse, la cual es normalmente mediada por el sistema nervioso autónomo simpático y el Locus Caeuruleus, que se activa en la vida diaria para enfrentar el estrés cotidiano, una ansiedad no patológica; pero, al contrario hubo extralimitación mediática, de algunos políticos y de la misma población que encuentra satisfacción en las angustias colectivas, desembocando en lo que el diccionario médico Mosby (2000) define como ansiedad patológica: “estado o sensación de aprensión, desasosiego, agitación, incertidumbre y temor resultante de la previsión de alguna amenaza y peligro, generalmente de origen intrapsíquico más que extenso, cuya fuente suele ser desconocida o no puede determinarse.”

Una manera de lidiar con la ansiedad patológica, como signo infaltable en la categoría que la DCM-5 (desde mayo 2013) denominada: Trastornos de Ansiedad, tal como lo plantean nuestras guías clínicas de atención en salud mental y Psiquiatría 2017, aparte de recurrir a ka indicación de fármacos que interactúan con una sustancia inhibidora tranquilizante del cerebro llamada Ácido Gama Aminobutírico (GABA), entre otras,  como consejería, es enfocarse en la psicoeducación, (entendida como un proceso de aprendizaje del pensamiento, conducta o mente), por lo tanto, como insumo temático dirigido para los profesionales médicos no psiquiatras, la propuesta de este artículo, es en resumidas cuentas, guiar al paciente a través del cumplimiento de acciones viables, plausibles de cada individuo, (y como efecto multiplicador: familia, comunidad, municipio, nación y región); en otras palabras, empeñar el máximo esfuerzo permitido por la situación particular y desatender a las medidas que escapan al control real, que pueden ser válidas y con cierta utilidad, pero inalcanzables o poco probables, por ejemplo, es cierto, científicamente que el SARS-CoV-2 se puede transmitir indirectamente cuando al tocar objetos y superficies luego nos podemos autocontaminar, sí, pero, hay muy pocas probabilidades en relación a otras formas, como respirar aire no recambiado con virus. Eso genera ocuparse y pre-ocuparse sin preocuparse (excesivamente). Como otro ejemplo, en el caso de la noticia acerca de la nueva variante, ¿Puede ser más transmisible y más evasora del sistema inmune (con o sin entrenamiento vacunal)? Sí, puede, ¿Es información práctica? Sí, ¿Para hacer nuevas acciones? No, simplemente debe continuarse cumpliendo rigurosamente las medidas preventivas ya resabidas, dado que esa variante sigue siendo igualmente susceptible.

Cierro con una propuesta más, como una especie de recomendación (de ninguna manera nueva ni novedosa, pero si renovadora) en esa psicoeducación para enfrentar la ansiedad global: prestar más atención a la esperanza que a la desesperación. Y cito, como punto de atención, subrayando unas palabras claves del último informe OMS (28/11/21) de la variante que Fauci y Biden llamaron por error Omnicrón:

“[…]todavía no está claro si, con respecto a otras variantes, como la delta, la variante ómicron es más transmisible… todavía se desconoce si el cuadro clínico de la infección por la variante ómicron es más grave… […]De todos modos, la información es todavía limitada…”

Por lo tanto, enfatiza casi al final:

“Las medidas más eficaces que toda persona puede tomar para reducir la propagación del virus causante de la COVID-19 son mantenerse a una distancia de al menos un metro de las demás personas, llevar una mascarilla bien ajustada, abrir las ventanas para ventilar las estancias, evitar los lugares abarrotados o poco ventilados, mantener limpias las manos, toser y estornudar en la flexura del codo o en un pañuelo desechable y vacunarse cuando les llegue el turno”

Eso significa que es válida la ansiedad sana desencadenada por la probabilidad de lo perjudicial de la nueva variante para adaptarse apegándose a la esperanza: lo que se tiene accesible es y será clave en solventar lo necesario y simultáneamente, renunciar a toda desproporcionada palabra, actitud o conducta en duración, intensidad y frecuencia, esa ansiedad desesperada que nos paraliza y nos vuelve más vulnerables.

Dicho en términos sencillos, en lugar de estar pensando más en la nueva variante, pensar en las medidas de prevención que podemos cumplir que aún pueden protegernos de ella.

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