Biología, arquitectura-ingeniería y política en la COVID-19.

El hecho epidemiológico (evidenciado científicamente de manera creciente) acerca de la capacidad del virus SARS-CoV-2 para permanecer suspendido por horas en el aire dentro de núcleos goticulares o aerosol (menor de 5 micrómetros) en espacios cerrados y con poca ventilación, permitiendo su transmisión a más de dos metros, debe afectar los respectivos niveles de conciencia para la acción, individual, local y estatal, desarrollando prácticas, intervenciones y estrategias que planteen como objetivo principal la renovación del aire que respiramos. Esto no implica el abandono de la vacunación, uso de mascarilla, el mantenimiento de la distancia y el frecuente lavado de manos, al contrario, se constituya en un medida que venga a potenciarlas.

Me referiré a la conciencia, como a una capacidad de control constatado. La supervivencia de los seres vivos depende del nivel de complejidad consciente para responder a los problemas que su medio ambiente le plantea, dicho en otras palabras, que tan sofisticado es el control que el ser vivo ejerce sobre sus propias respuestas ante los retos que su ecosistema le hace enfrentar. Así, hay niveles de control de seres vivos inferiores ante el cambio de temperatura, variaciones de presión, acceso a nutrientes, competencia por territorio, entre otras contingencias, a las cuales responde estableciendo cambios acordes a ellas. La calidad de esas respuestas, es decir el control de la situación expresa el nivel de conciencia. A mayor complejidad de respuesta, mayor conciencia. Los virus aún siendo partículas que demuestran cierta complejidad vital, mutan (cambian su configuración esencial y por lo tanto, estructural) al ser conscientes de las medidas que su vector (nosotros) realiza para evadirlo o eliminarlo (mascarilla, vacuna, antiviral, distancia, jabón). Otros seres vivos cambian su comportamiento químico, físico, biológico o social, ante la adversidad ambiental expresando un nivel de conciencia. Hay bacterias que evitan ingerir la molécula del antibiótico al recibir la información de otra que ya lo ha hecho y murió por ella. Hay mosquitos que evaden los campos eléctricos; el alejamiento veloz del reptil ante un posible depredador; la muerte fingida del tacuazín (zarigüeya), el picotazo de un ave, la introducción de la tortuga en su caparazón, todos ellos al ser conscientes de su inminente acorralamiento; sin omitir aquellas conductas curiosas que nos sorprenden por su complejidad consciente en su medio circundante, tales como loros y el uso de herramientas; los perros entrenables; chimpancé y sus respuestas a lenguajes simbólicos; los elefantes y su comportamiento al resolver problemas, etc. Así podría enumerar un sinfín de conductas biológicas presentadas como muestra de la conciencia ante su medio ambiente. Es así como la biología le demuestra a la medicina como un nivel de conciencia establece una acción correspondiente al proceso de supervivencia. Definitivamente es una especie de automatismo en el comportamiento que es reforzado por las respuestas obtenidas. También la biología nos demuestra como a niveles bioquímicos, celulares, tisulares, orgánicos y sistémicos de las diferentes especies de organismos tanto unicelulares como pluricelulares,  establecen pautas de control (una especie de nivel inconsciente) donde se llevan a cabo una serie de estímulos-respuestas reguladoras, de las cuales quiero enfocarme a esa capacidad en ciertos seres vivos que dependen del oxígeno para su metabolismo, los cuales requieren de estructuras especializadas para un intercambio molecular gaseoso, así, ingresando oxígeno y eliminando dióxido de carbono. El ser humano, como un ser vivo de alta complejidad, posee un sistema dedicado a esa función, el aparato respiratorio, donde se sucede el fenómeno de la ventilación e ingresa oxígeno y se expele dióxido de carbono. (para más detalle, lea un artículo donde se expone detenidamente: https://informatvx.com/destacadas/una-encrucijada-bioquimica-un-intercambio-vital-serie-conocete-a-ti-mismo-iv-aparato-respiratorio-por-aldo-hernandez/). Es así, como parte de la conciencia biológica se establece, entre otros muchos, como un comando interno la directriz de supervivencia crítica, permitir la renovación del aire respirado en la gran mayoría de los seres vivos.

Por lo tanto, el ser humano, como ser vivo de alto nivel de complejidad, exhibe la conciencia acorde a ello, modificando su medio ambiente recurriendo a todo un espectro sofisticado de intervenciones artísticas, técnicas y científicas basados en el conocimiento histórico acumulado de las relaciones lógicas entre el medio y los objetos que le rodean, que explican con elevada precisión distancias, cambios de posición, dirección de desplazamiento, entre casi infinitas posibilidades de la materia que se le presenta y podemos resumir como leyes físicas y matemáticas, cuya aplicación estratégica a manera de diseño, llamamos arquitectura y de ejecución estructural, ingeniería.

Definitivamente, no se pretende reducir en esa breve descripción todo lo increíblemente vasto que es la física, la matemática, la arquitectura y la ingeniería, solamente establecer, de manera extremadamente condensada, como la conciencia humana ha producido tal nivel de acción para alterar la realidad de su medio ambiente natural supliendo así sus necesidades de supervivencia, entre ellas, una de las esenciales, la renovación del aire que respira, acorde a su función biológica descrita.

Es importante tomar en cuenta,  como parte del nivel de conciencia, al diseñar, construir y supervisar estructuras habitacionales, lo siguiente: el aire que respiramos no solamente contiene el oxígeno que biológicamente ocupamos para suplir nuestras necesidades metabólicas, también posee otros gases como hidrógeno, nitrógeno y dióxido de carbono, además de infinitas moléculas y partículas cuya fuente deriva del desprendimiento o emisión de elementos bióticos (con vida) y abióticos (sin vida), todos estos crepúsculos flotan indefinidamente (e invisiblemente) en la superficie sobre nosotros, siendo movidos por diferentes fuerzas, como el viento, los cambios de presión, variaciones de temperatura, etc, generando un flujo. Entre estos componentes también hallamos a los virus expelidos o desprendidos de animales, humanos, siendo partículas con tamaño nanométrico que han evolucionado para resistir excepcionalmente, fuera, no sólo de las células (como es su naturaleza) sino externos a los organismos, no “desnudos” sino envueltos en una estructura de restos celulares y partículas secreción líquida, que dependiendo el tamaño llamamos, gotas, gotículas o núcleos goticulares. Para el caso del virus SARS-CoV-2 que produce la COVID-19, se había confirmado que se envolvía, para transmitirse, en las grandes gotas (mayores a 5 micrómetros) antes de caer luego de dos metros de desplazamiento aproximadamente, de ahí, la medida de la distancia física, no obstante, la conciencia humana científica advirtió reciente y crecientemente que también el virus resiste y reside en cierto nivel de degradación de tamaño de las gotas aún hasta núcleos goticulares, manteniéndose, muy probablemente por lo menos ochos metros y un par de horas, para ser inhalado; todo ello dependiendo de la resistencia genética de la variante de ese virus, de las condiciones de humedad, temperatura, presión, cantidad de virus, y sobretodo de la ventilación del lugar.

Es por ello, en cuanto a la ventilación del lugar, donde la arquitectura y la ingeniería participan, diseñando, construyendo y controlando la disposición de las estructuras donde el ser humano habita, concretizando la conciencia del recambio de aire entre el exterior y el interior, en favor de un flujo que diluye el aire de partículas, entre ellos el virus de la COVID-19.

Para no sobrecargar de contenido este artículo, y permitir la reflexión sobre él, abordaremos el resto, en la siguiente entrega.

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