Breve ensayo de la obra: “La Última Guinda” de José Rutilio Quezada.

Son por lo menos veintisiete referencias directas e indirectas a elementos médicos y de situación de salud hasta 1984 – fecha en que la novela es situada- donde se descubre el intencional hilo que conduce por la más elocuente conexión entre una atención médica desequilibrada y la guerra civil en El Salvador, no como único eje, pero sí uno de los principales y esenciales. Vínculo que demuestra el abandono a su suerte (magia, superstición, religión, publicidad médica engañosa y otros disparates) a las mayorías populares en cuanto a salud y medicina versus a unos pocos viviendo condiciones de opulencia, cuya salud está hartamente satisfecha, rayando en la banalización de la atención médica, esa nauseabunda desigualdad como un factor determinante para la indignación que impulsó a la reivindicación armada.

Quezada nos muestra como fondo diáfano y silencioso la tragedia de la salud y la medicina de los años ochenta en El Salvador y simultáneamente en su poesía nos da la posología para su terapia dignificante.

Aunque pareciera solo una novela apasionada de la frustrada joven, cuyas tres pasiones se intrincan, su familia, la medicina y su Sabino en territorio de guerra, se desborda a borbollones como por unos insospechados agujeros, la realidad de un sufriente país sangrante acribillado por oligárquicos helicópteros, los cuales son conducidos por la genuflexa clase militar, quienes bombardean desnudando violentamente la inocencia de un pueblo enfermo, haciéndolo huir en desbandada contra todo buen juicio a los colmillos de lobos y coyotes para arrodillarse ante un humillante imperio que ya para ese decenio considera patio trasero a la más diminuta y miserable tierra, a esa “cagadita de mosca” que anida a las personas más felices de América. Sin embargo, entre aquellos agujeros de los cuerpos perforados, permite visualizar la siempre dialéctica del gremio médico, los médicos que se apasionan por una causa, la salud del débil hasta entregar el último hálito de su vida y aquellos que se dejan llevar por el BMW del desinterés asumiendo la medicina como un insumo suntuoso para la élite.

Así, Quezada expone una comparación entre el médico, aún en sus pininos académicos, expone su vida como medida extrema por un ideal que incluye la socialización de la medicina y aquel médico elitista que continúa solo hablando de las injusticias sociales médicas, pero forma parte de quienes son renuentes a cualquier protesta, porque son parte y se lucran de ese sistema injusto. Tampoco es posible ocultar a aquellos grupos de galenos, de ánimo intermedio que siguieron en el Bloom, el Rosales, y otros nosocomios de la red pública, cumpliendo su misión debajo del estallido de los disparos (“[…] Alcancé a ver a las enfermeras y médicos asomarse curiosos y sorprendidos en los distintos pisos del edificio…”). Si bien es cierto, ellos no se fueron a “recetar lentes de contacto a” las mujeres de alta ralea, y no se volvieron carne de cañón, pero supieron continuar con gallardía su praxis médica pública sin huir.

El escritor, por medio de la protagonista, la bachiller “Zenaida”, estudiante de tercer año de Medicina, como en una ronda clínica, presenta al país enfermo, chulón y descalzo, detallando, desde la mejor posición posible, casi pegada al sufrimiento del mismo, la sintomatología patética e indiscutible de los salvadoreños, a saber: pterigión, enfermedades <<fáciles de curar>> pero que llevan a la muerte a <<nuestra gente>>,  diabetes mellitus mal tratada, escasez de agua potable, urticarias por chichicastes, diarreas, gonorrea, sífilis, abuso sexual, violación, homicidios brutales, estrés postraumático, heridas por arma de fuego, ansiedad, angustia, etc. Toda una gama de males y sufrimientos que se desbordan al leer. En la lectura es difícil que las conversaciones sociológicas nos distraigan de esas crudas realidades nosológicas, hasta el más bello romance se atenúa ante la tragedia de salud de El Salvador, ni las balas zumbadoras de las escenas bélicas hacen ignorar el terrible cuadro enfermo del país.

“[…] De ustedes, pues, depende, que el año 2000 nos encuentre… sanando con amor sus heridas, viendo crecer una generación pacífica, honrada y justiciera, […]”

Así reza una parte del preámbulo del documento, una porción que considero fundamental para verificar el deseo del escritor expresado como propósito que guía el desarrollo de la novela, hacia una utopía, hacia lo no alcanzado, no sólo como desenlace literario, sino como horizonte de nación, clamando, que sea la última huida, la última migración, la última desbandada, la última búsqueda de nuevos horizontes de salud y medicina. El retoma el sentir de esos salvadoreños de 1984, que para el 2000 (concretizando su anhelo) ya no sea necesario una guerra civil con sus horrorosas guindas para establecer un Estado que vela por un bienestar biopsicosocioespiritual para todos sus ciudadanos sin distinción.

Y en el prólogo de esa interpretación novelesca de la realidad violentamente bélica del país, Quezada sabe descubrir y describir sutilmente a través notar la carencia de vestuario y calzado (“descalza, chulona”; “chulón y descalzo”), como símbolos del desamparo, nos ilumina los claros riesgos y hasta peligros de enfermedades dermatológicas, como dermatitis solares, infecciones por hongos, lesiones cortopunzantes, resequedad de la piel por el impacto ambiental; la alta mortalidad por armas de fuego, los daños psicológicos (“ya no nos quedan lágrimas”; “angustia”, “sufrido”),  etc, todos ya sea como males sufridos en silencio o avizorados en un inmediato ya.

La novela inicia con la mirada compasiva hacia una patología ocular asociada a la inmisericorde vida jornalera que la injusticia social somete a casi la mayoría de la población rural: el pterigión, descrito por la novata guerrillera “…sendos parches de tejido rojizo en su ángulo interno […] esa dolencia se debía a la constante irritación a que exponen sus ojos los campesinos con el sol, el polvo, golpe de ramas…”

Una declaración elocuente que va más allá de sólo tomarla como una patología aislada que amerita cirugía, es una asociación entre la teoría fisiopatogénica y la cotidianidad injusta. No injusta porque fuera campesino y sufriera de daños ambientales, sino por la desidia estatal de carecer de las condiciones de un primer nivel de atención que diagnóstica a tiempo esa lesión, una temprana derivación y corrección quirúrgica, ello mostrándose innegable ante el gran avance de lesión que llamó la atención de la joven médica. Ella pasó de la teoría a la práctica, escuchó el tema en el auditorio 2 del edificio de Medicina y lo confirmó en la mirada traidora del aldeano.

Inmediatamente, el escritor, hurgando en los recuerdos de “La burguesita” encuentra la ironía perfecta para demostrar cómo en boca de un tal Araujo, se deja ver una Medicina salvadoreña de los 80  ‘aburguesada’, es decir, como privilegio para “las viejas locas”, y negada a “nuestra gente” que “seguía muriendo de enfermedades fáciles de curar”, demandando él mismo una medicina socializada como Suecia, Inglaterra y Cuba, es ahí donde menciono como ironía el registro mental, por el hecho donde ese mismo Araujo denunciante, luego sería parte de esos que siguen en la elitización de la medicina, solo para los que pueden pagar procedimientos y no la socialización de ella, donde se recibe de todo lo disponible en equipo, medicina y expertos para todos, especialmente los más vulnerables. La burguesita lápida así la regresión: “…Araujito, ahora el doctor Araujo, se casó con la hija de un algodonero de Usulután, tiene su buena clínica, una gran mansión y su carro BMW, con lo que poco le importa ahora el socializar la medicina.”

El problema no es la buena clínica, su relación por afinidad con la oligarquía algodones, tampoco su BMW, sino, poseer todo ello en medio de una lipidia de salud en el país y peor aún, lo que poco le importa.

La denuncia es chulona, es dura, es directa y clara escondida en las intríngulis de su red neuronal y expresada por una joven que renunció a sus relativas comodidades para apoyar para ese momento la causa popular como dignificación de la salud de las personas.

En la siguiente entrega, continuaré en este breve comentario sobre tal novela social de nuestro país.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí