Ama y receta lo que quieras; Ética y Medicina – por Aldo Hernández

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La frase con la que se titula este artículo es una aplicación de una famosa conclusión expresada por Aurelius Augustinus Hipponensis, conocido como Agustín de Hipona un cristiano, teólogo y obispo de África del siglo cuarto después de Cristo, en su tratado homilético (En forma de prédicas) sobre las cartas de Juan de la Biblia, donde afirma categóricamente: “Ama y haz lo que quieras…”, presentando a sí un corolario que resume la fundamentación de la ética cristiana. Según el contexto de tal premisa, supera el simple cumplimiento de una serie de códigos, normas, preceptos, leyes, sistemas, etc., de manera formalista u obligatoria, y plantea una serie de implicaciones que incluyen: motivaciones, maneras, naturaleza, ámbitos de aplicación, criterios, sin soslayar la observancia de las normativas éticas, morales y deontológicas, sino, planteando un mecanismo óptimo que va más allá del mero “hacer por el deber de hacer”, hasta hacerlo desde su forma más radical, esencial y transformadora.

Por lo tanto, se pretende ofrecer una propuesta pertinente para el ejercicio de la medicina en el marco moral, ético y deontológico, que aunque abarca aspectos formales, plantea un desafío radical en la misma praxis médica cotidiana ante los diferentes y nuevos retos que se plantean con las posibilidades que se presentan, debido a los avances científicos, transformaciones socioeconómicas y políticas, alteraciones vinculadas a la interacción humana anómala con el medio ambiente, entre otras.

Analizando la etimología (estudio de los orígenes de las palabras), de: “moral”, “ética”, “deontología” se confirma aspectos esenciales común en ellas, primero, estas construcciones lingüísticas corresponden a conceptos advertidos en un contexto vivencial, es decir, mientras se establece una relación entre las personas, ya sea de manera directa o indirecta, teniendo claro que, ellas obtienen su sentido más amplio en un estricto devenir de la historia específica de la persona en sociedad. Segundo, la revisión a los tres, admite interrelación práctica, donde es evidente una progresiva construcción, iniciando una manifestación de lo ya construido y asumido espontáneamente como un legado histórico hacia las nuevas generaciones (Moral), lo que se construye, sustentado en lo anterior, pero respondiendo a las actualizaciones y retos en tiempo, lugar y circunstancia determinadas, finalizando en la aportación de herramientas legales para condiciones y perfiles específicos, como profesiones, oficios, organizaciones, etc. (Deontología). Tercero, las tres conceptualizaciones se refieren a la aplicación práctica y cotidiana del comportamiento aceptable, preferible y adecuado del ser humano. De manera sencilla podríamos explicar, que la moral habla de costumbres aceptadas, que la ética de normas surgidas (o potencialmente) de ellas y la deontología de los códigos y leyes sistematizadas basadas de las mismas. Esa progresión conceptual explicada es fácilmente descubierta, no sólo en su formalismo resabido sino en el pleno y radical ejercicio médico.

De tal manera, una milenaria arte, técnica y ciencia, cuya práctica tan antigua como la humanidad, ha ido marcando el paso en las necesidades de autoevaluación, autocrítica y autorregulación en cuanto a sus actividades, las cuales en su mismísima naturaleza, se determina la relación directa y abierta entre seres humanos, donde ellos se encuentran en condiciones de simetría y asimetría simultáneamente, es decir seres iguales puestos en desiguales posiciones. El uno se presenta vulnerable ante el otro, asumiendo este responsabilidad ante aquel. Y así podría afirmar, sin temor a errar, tal como ha afirmado el célebre español médico, historiador y desarrollador de la antropología médica, Pedro Laín Entralgo en 1972: “el acto médico es un acto ético”, es decir, en esa relación donde coinciden: un prójimo con una formación rigurosa acerca de la estructura y función biopsicosocial humana, sus anomalías y la forma de como tratarlas frente a otro con la necesidad compleja de ser el sujeto de esa formación, ambos voluntariamente y a propósito, entonces, ahí podemos decodificar la estructura moral de ella. Son miles y cientos de prácticas desarrolladas, perfeccionadas y convencionalmente aceptadas para curar o por lo menos disminuir el sufrimiento (Moral), las cuales al ser traídas a casos específicos ante nuevos avances científicos tecnológicos se adaptan para promover la salud y tratar más efectivamente la enfermedad (Ética), observando cuidadosamente de acuerdo a cada caso, un trasfondo sistemático de guías clínicas, normas, protocolos, códigos basados en las mejores evidencias científicas en favor del bien común de las personas (Deontología).

Y aún más allá, donde coincide: lo moral con el arte, lo ético con la técnica y lo deontológico con la ciencia, la medicina haya su praxis esencial en la relación humana médico-paciente, prójimo-prójimo, el más profundo reconocimiento de la otredad después del matrimonio. Ya Marx, en su obra: Manuscritos, describiendo la relación hombre y mujer:

[…] en esta relación se revela en forma sensible, reducida a un hecho observable, la medida en que la naturaleza humana se ha convertido en naturaleza para el hombre y en que la naturaleza se ha convertido para él en naturaleza humana” (Marx, 1844).

En ese fragmento expresa como una relación humana tan estrecha puede ser clave para evaluar el deber-ser, partiendo de la atención de ella misma; de la misma manera, entendiendo lo más básico de la relación médico paciente, analizada como una aproximación de prójimo en necesidad y prójimo necesario podemos declarar sin ambages, que aún solo en un vistazo panorámico en ella se aprecian cada una de las ya históricas variables perspectivas de ethos, comenzando desde las concepciones pre prefilosóficas cumpliendo la voluntad divina en la atención del débil, siendo congruentes con el espíritu de la séptima palabra del decálogo judío: “No matarás”; también, de esa manera, desde el platonismo, quienes practican la medicina, solo el hecho de contemplar las ideas buenas, y se consideran moralmente buenos, desde su intelectualidad; observándolo desde el eudemonismo de Aristóteles, los que hacen medicina llegan a su máxima realización como seres racionales; o partiendo del hedonismo de Epicuro, donde el placer más valioso es hacer el bien a los demás, así como quienes practican para la salud de otros; viéndolo desde el utilitarismo de Bentham, al contribuir con la salud del mayor número de pacientes; y desde Kant, quienes cumplen el imperativo categórico de sanar y tratar el dolor como una conducta desinteresada, solo por el simple hecho de atender al deber.
Todo ello no implica que quienes se dedican y viven de la Medicina, automáticamente ejercen el ethos, definitivamente no es lo que se trata de explicar, todo lo contrario, quienes hemos decidido asumir “encargarnos”, como I. Ellacuría lo decía, asumir la carga de esa realidad, somos llamados a cumplir los requerimientos morales que ella conlleva, así como se lee en un párrafo del juramento hipocrático:

[…]Y me serviré, según mi capacidad y mi criterio, del régimen que tienda al beneficio de los enfermos, pero me abstendré de cuanto lleve consigo perjuicio o afán de dañar[…].

En esa solemne declaratoria se puede comprobar de manera fehaciente el actuar éticamente en el ejercicio de la medicina es una decisión, y no una investidura moral adquirida pasivamente.

Es un imperativo ético desde la misma esencia del acto médico, como lo hemos comprobado, un accionar coherente al mismo, de tal manera, que, cuando se corrompen bases morales , inevitablemente la estructura deontológica cae con todo su peso aplastando a quien pretendía guarecerse en ella.

Por lo tanto, es ineludible para quien ejerce la medicina, cumplir el deber general y específico, aplicando los mínimos criterios de valoración moral, tal como son esbozados por Antonio González en su libro: Introducción a la práctica de la filosofía, exponiendo que una conducta humana (en este caso médica) es más moral en la medida que opta por las posibilidades que más conducen a:

1- Un dominio armonioso y progresivo del hombre sobre la naturaleza, liberándolo de sus inclemencias y facilitándole una vida segura y digna.

2- Un mayor control de los hombres sobre las estructuras de su actividad social, ya sea en el campo económico, político o ideológico.

3- Una liberación de una persona, aumentando así las posibilidades que se ofrecen a su libertad concreta. (P. 310, 312. 1987).

Así, al procurar cumplir dichos criterios se garantiza una práctica legítimamente dentro de los parámetros del ethos. Todo ello parecería sencillo, entonces, solamente memorizarlos, interpretarlos y aplicarlos en la práctica clínica atendiendo a cada caso; sin embargo, solo el hecho que existan códigos y leyes cada vez más específicos que nunca terminan de agotar las particularidades detectadas en la praxis médica, como en el caso de El Salvador, desde aspectos generales como empleado público, en la Ley de Ética Gubernamental de 2006 hasta más específicos como el Código de Ética y deontología médica presentada por el Colegio Médico en su cuarta edición en 2014, donde se abordan hasta las situaciones que podrían pasar inadvertidas como: trato entre médicos, como investigadores clínicos, sobre la publicidad, al ejercer jefaturas, etc.

A ello responde mi propuesta retomada de Agustín y este de Juan, el cual a su vez del histórico Jesús, el cual no solo habló sobre tratar a los otros como quisiéramos ser tratados, sino él apeló hasta lo más íntimo y radical de la naturaleza transformadora, él desafió a las personas al amor, más allá de la verbalización, alcanzando su máxima expresión entregando su vida por otros. Así, el médico cumplirá su cometido propio moral, ético y deontológico al amar a su paciente como el mismo se ama. Podría empezar desde una simple verificación de cómo trataría a sus seres amados por consanguinidad o por afinidad, o sencillamente como se ama el mismo. Considerando a sus pacientes como hermanos, padres, madres, abuelos, abuelas e hijos, donde el amor dicta la espontaneidad del accionar, al desvelarse cuando enferman, gastando hasta lo último para su restauración, entregando sus mejores esfuerzos para su bienestar. Dejar de comer y dárselo a los seres amados en necesidad. Tolerar sus desvaríos, arrogancias, quejas, arranques de ira, perdonar sus faltas de respeto, soportar sus torpezas y descuidos.

Luego, considerar a las personas en quienes se practica la medicina como familia (Amor filios)es una buena forma de empezar amar y superar los formalismos de: “clientes”, “derechohabientes”, “pacientes”, “enfermos”, “casos clínicos interesantes”, etc, y así cumplir espontáneamente los principios bioéticos reconocidos, los cuales han sido reformulados del estadounidense informe Belmont sobre ética en investigación clínica por los reconocidos Tom Beauchamp y James F. Childress, en su famoso libro: Principios de ética biomédica, publicado en 1979, es decir, quien ama facilita la autonomía, es decir, todos los medios posibles para una decisión informada sobre su abordaje médico; quien ama aporta beneficiencia, hace el máximo bien posible, quien ama no intenta ni hace daño, cumpliendo el principio de no maleficencia y finalmente, quien ama a su paciente, procurará justicia a él y su sociedad independiente de su condición de sexo, edad, política, religiosa, económica, etc.

Siempre es importante aclarar que dada la complejidad y la densidad teórica de los elementos intervinientes relacionados en este artículo (medicina y ética) y la brevedad de espacio, no se pretende agotar ninguna de las mismas temáticas ni mucho menos exponer aspectos nuevos de la relación, sino solamente resaltar una interrelación siempre oportuna, pertinente y de necesaria retroalimentación continua.


Por: Aldo Hernández 
Doctor en Medicina 
Profesor universitario de Anatomía Microscópica de la Universidad de El Salvador (UES) 
Médico de Clínica Metabólica del ISSS 
Investigador de la UES

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