El diálogo desde lo sagrado para una firma; Sobre el Consentimiento informado – por Aldo Hernández

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Si reconocemos que “diálogo” significa etimológicamente: “a través de la palabra”, podríamos introducir este espinoso tema así: quienes practicamos la medicina atravesamos en el uso de la palabra, un terreno sagrado para obtener una firma, símbolo de identidad y autonomía.

Entendido así, es más que una simple firma, es el resultado escrito de una voluntad con los trazos que representan la forma legal de la identidad; es una conjunción entre identidad y voluntad luego de una determinante conversación y aún más de la confianza construida a través de una relación médico-paciente. Quien consiente ha sido informado. Quien consiente ha entendido según su propio nivel de comprensión lo que ha admitir para su vida y familia. No es una mera información escrita en el reverso de la caja de cereal, es -debería ser- la asimilación suficiente de los hechos en los cuales su ser, su templo sagrado está involucrado. Con esa marca que lo identifica, está autorizando la invasión de lo más sagrado, dado ciertas situaciones críticas en las cuales: la vida y la muerte; la salud y la enfermedad; el sufrimiento y la fruición; la soledad y la convivencia se vuelven opciones a escoger en la encrucijada de su cotidianidad.

Lastimosamente, valorar ese acto médico y cada acto médico y en esencia el acto médico en sí, ha caído en una decadente desvalorización. Ahora ese momento sagrado de aceptar un procedimiento invasivo o no, se ha vuelto tan repetitivo, tan utilitario y hasta tan irrelevante, que al paciente se le atiende como un cliente, y si no posee la categoría socioeconómica requerida o este mismo sujeto es atendido en un lugar público, es visto como quien pasa en una cadena mercantil, donde llega a un mostrador, elige velozmente lo que “ocupa”, se le entrega, paga (si es del ISSS, ISBM, por adelantado en cotización o MINSAL, a través de impuestos) y: “¡Siguiente!”.

No estoy acusando de banalidad a todos los componentes del Sistema Integrado de Salud, tampoco a la mayoría de quienes ejercen la medicina o cualquier ciencias de la salud; sino a muchas personas de ellas y me temo que a la mayoría. Así, cada paciente es un mero número de registro, expediente y de orden de atención, y entre los pasillos se escucha: “¡Pase la uno!, ¿Quién es la uno?” o “¿Cuál es su número de expediente, señor”; “¡El señor de la cama 11!, ¿Dónde está?”. Solo son ejemplos que pareciera no relacionarse con el asunto que nos atañe: el consentimiento informado, pero se conectan perfectamente.

Es curioso como un papel, que dentro de esos comportamientos deshumanizantes, sirve como un acto donde quien lleva a cabo un procedimiento “se lavara las manos” de lo malo que pueda suceder, o una especie de “cubrirse las espaldas” de una demanda; sí, es procedimiento tan pasado por alto, sea una resquicio para ingresar a lo más íntimo del acto médico.

El consentimiento informado se ha vuelto un llano formalismo que se anexa al expediente clínico, cuando se realizarán procedimientos con riesgos altos de complicaciones y muerte, o cuando la persona posee muchas condiciones patológicas para empeorar o no resistir a la intervención. También, se requiere cuando se ingresaran medicamentos en cierto nivel de estudio científico, o que aún no hay muchos resultados contundentes. Además, esta hoja se hace firmar cuando las personas no admiten intervenciones y al no hacerlo, entran en riesgo, cuando se exige alta. Además las personas que participan voluntariamente en un experimento. En estas condiciones sanitarias de pandemia donde la maquinaria científica produce y sigue produciendo a granel fármacos antivirales, estimuladores e imitadores de la respuesta inmunológica, vacunas, etc., quienes se someten a ellos están en la “obligación” de firmar.

Es curioso que solo para ese tipo de situaciones se “obligue” a firmar, cuando hasta la más mínima acetoaminofén, hierro o vitamina C, constituye una prescripción para ingresar al templo sacro humano. Aquí, fácilmente alguien podría argumentar: “Otras cosas dañinas dejamos entrar en nosotros”. Es cierto, pero en argumento se cae al descubrir la palabra: “dejamos”, la cual revela la participación de nuestra soberana y solemne voluntad. Es que hasta en el acto terapéutico más sencillo, se está admitiendo de manera voluntaria un biológico, químico, una intervención física dentro o hacia las células sagradas, todo ello indicado por otra persona en quien se debe confiar casi ciegamente.

Esto de “sagrado” solemos asociarlo a iglesia, templo, catedral, mezquita, sinagoga, etc., todo con respecto a tópicos espirituales o religiosos, sin embargo, quienes nos hemos aproximado a las ciencias de la salud, descubrimos que ese concepto no es pertenencia exclusiva de ese campo. Por mencionar, unos ejemplos anatómicos-fisiológicos, destacamos: el lugar donde se desarrollan los espermatozoides, existe una barrera que impide contacto con el demás ambiente interno, la unión a través de la placenta y feto, constituye un santuario donde solo pasa lo estrictamente necesario, en el timo, durante la niñez y adolescencia, los linfocitos, células de defensa, están siendo escondidos al capacitarse y finalmente, el acceso al asiento de la voluntad, raciocinio y emociones, es decir, el encéfalo, se encuentra rigurosamente controlado. Todas esos santuarios biológicos son vulnerados ante las enfermedades, y ahí es conveniente la intervención del “Otro”.

Solo cuando una situación crítica amenaza la vida o la cotidiana normal vida (sagrada, también), es cuando se encuentran en la encrucijada de ingresar en ese santuario para devolver el equilibrio.

El consentimiento informado implica, que la persona está consciente de su situación y admite intervención, y para llegar a esa concienciación, quienes ejercemos la medicina, debemos estar preparados, no solo en: “qué”, “porqué”, “como” se soluciona o alivia la enfermedad, sino dispuestos y capacitados para generar confianza, la cual nos permita vincularnos y explicar en términos entendibles sobre nuestro quehacer en ellos. Una especie de apelar a su voluntad por medio de la confianza e información pertinente para obtener su autorización legitimada y legalizada en su huella o firma.

El consentimiento informado atañe directamente a la autonomía del paciente, quien es libre de aceptar un método terapéutico que le salvará la vida o quitará el dolor o aún hasta negarlo. Está basado en uno de los principios de la bioética que enuncia la libre determinación del paciente ante su tratamiento. Supera aquel modelo de relación médico-paciente donde quien decide todo es el médico y el paciente es un receptor pasivo. Dicho principio parte del supuesto que el paciente posee el necesario conocimiento claro de los beneficios y riesgos de la medida terapéutica que se le ofrece.

El hecho que toda relación médico-paciente involucra un diálogo hacia la autorización tácita al irrupción clínica de parte del médico a la intimidad física, psicológica, social y hasta espiritual de quien asume el rol de paciente, no por eso se firma a cada momento un consentimiento informado, todo ello se explica, primero, por convención se asume que quien consulta a un médico o solicita un procedimiento terapéutico, ejerce activamente su autonomía; asimismo, las personas que acuden a los servicios de salud, han adquirido por medio del proceso de socialización, mediante referencias de familia amistades, vecinos, una especie de confianza primaria, la cual es reforzada (en el caso de la práctica privada) por los atestados colgados en la pared y los antecedentes publicitarios académicos del profesional; sin omitir que en muchos recurren al servicio que corresponde con sus posibilidades laborales y económicas, desde una unidad de salud, unidad del ISSS, ISBM; instituciones públicas o semiautónomas de las cuales se presume cumplen los protocolos respaldados por las mejores evidencias científicas, lo cual garantizaría la mejor práctica, sin necesidad de firmar un documento legal para admitir cada tratamiento emitido.

Todo lo anterior, no obsta para que cada persona que ejerce las ciencias de la salud descuide la mística ética, moral y deontológica (de lo cual hablamos en el artículo anterior) de su profesión y valore lo sagrado de su práctica, no por ella en si misma, sino por en quien la ejerce, convirtiendo cada contacto con sus pacientes en oportunidades para reforzar la confianza, educar acerca del padecimiento y del tratamiento sobre el mismo, así como fortalecer la autonomía sobre su propio cuerpo para una vida saludable. Todo ello se puede lograr mediante el ejercicio habitual de actos sencillos como: presentarse por su nombre en el primer contacto, ponerse a las órdenes como servidor, escuchar atentamente, preguntar y repreguntar si no hay claridad en los datos, retroalimentar lo vertido por el paciente, solicitar autorización para examinar acorde a lo explicado, describir lo que se examina, cuidar del pudor del paciente y si el examen implica desnudez, pedir el aval para que asista una enfermera, dejar claramente el diagnóstico o los posibles diagnósticos si falta confirmar, explicar lo que sucede y luego de explicar el tratamiento detenidamente, de manera clara, preguntar si se está de acuerdo o si hay dudas aún, finalmente, dependiendo de lo que se le indique, explicarle que si se presenta una situación desagradable antes de la próxima visita de control, tiene toda la libertad de volver. Ello implica organizar el tiempo y mayor esfuerzo, así como cierto desgaste emocional, sin embargo, son costos incluidos en la praxis médica.

Así, cuando se presente el caso donde se deba formalmente pedir la firma del paciente para consentir un tipo especial de tratamiento o la negación al mismo, el proceso será más legítimo que un mero llenado formalista y será un símbolo de haber construido una relación basado en la confianza y en el respeto a la sagrada autonomía del paciente.


Por: Aldo Hernández 
Doctor en Medicina 
Profesor universitario de Anatomía Microscópica de la Universidad de El Salvador (UES) 
Médico de Clínica Metabólica del ISSS 
Investigador de la UES

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