El llanto de El Mozote

Son cerca de las 11:00 a.m. del jueves 19 de octubre de 2017. Una mujer, que sobrepasa los 70 años, de tez morena y de 1.55 metros de estatura, sube hasta el segundo nivel de un edificio estatal en San Francisco Gotera, Morazán. Es María del Rosario López Sánchez, sobreviviente de la masacre de El Mozote, ocurrida en diciembre de 1981. Se sienta en una silla de plástico cercana a las gradas. Una una pared blanca, con ventanas polarizadas, le separa de Rafael Bustillo, general del ejército salvadoreño, acusado de ser autor intelectual del exterminio que acabó con la vida de alrededor de un millar de personas, entre ellas, varios familiares de María del Rosario López Sánchez. Sobreviviente y acusado se encontrarían en el Juzgado Segundo de Primera Instancia.

Más de una hora antes de que llegara Rosario, el militar entró a la sala de audiencia para ser notificado de los nueve delitos que se le imputan. Cuando ocurrió la masacre, Bustillo era el comandante general de la Fuerza Aérea Salvadoreña. Él es el último en presentarse al juzgado, de los 17 autores intelectuales que siguen con vida. No se había presentado porque, hasta hace unos meses, se encontraba prófugo de la orden de captura en su contra —para ser extraditado a España con el objetivo de ser juzgado por el asesinato de los jesuitas de la UCA y sus dos colaboradoras—. Bustillo salió de la clandestinidad porque la Corte Suprema de Justicia y la Sala de lo Constitucional determinaron que la solicitud realizada por un tribunal español no procedía.

A las 11:00 a.m., Rosario ingresó a la sala del Juzgado. Ella es una testigo de este proceso que se reabrió el año pasado, luego que la Sala de lo Constitucional invalidara la Ley de Amnistía —la cual había dejado en la impunidad las violaciones a los derechos humanos cometidas por las fuerzas de seguridad del Estado, la exguerrilla del FMLN y grupos paramilitares durante la guerra civil de los años 80 y principios de los 90—.

Bustillo: No hablaré de El Mozote, pero de los jesuitas sí

Dentro del juzgado, la sobreviviente de El Mozote está sentada al lado izquierdo en la segunda fila de la sala de audiencias. Al otro extremo se encuentra el General Rafael Bustillo. Unos tres metros separan a la víctima y al que es considerado en este proceso judicial como victimario. Legalmente, no era necesario que Bustillo se quedara a la audiencia en donde Rosario López dio su testimonio, pero decidió escucharlo. Quiso saber qué tenía que decir aquella mujer sobre este exterminio de pobladores del norte de Morazán.

El juez Jorge Guzmán pidió a Rosario López que se acerque al estrado. Se sienta al lado derecho de la sala. Frente a ella están los abogados defensores de los 17 militares imputados. Cabizbaja ve de reojo a su izquierda, ve a Bustillo. El General también la ve.

Justo cuando el juez señaló el inicio del interrogatorio hacia Rosario, el fiscal del caso, Juan José Benavides, se puso de pié y pidió acercarse al estrado. Antes de que el representante de la Fiscalía llegara al juez, los abogados defensores de los militares ya habían rodeado al juzgador para escuchar lo que el fiscal tenía que decir. La Fiscalía cuestionó la presencia de Bustillo en la audiencia que es pública, por los efectos sicológicos que causaría a la testigo al rendir su declaración.

Mientras esto sucede, el general Bustillo observaba al estrado con los brazos cruzados. Volteó para ver a sus dos hijos, y les dijo: No hablaré de El Mozote, pero de los jesuitas, sí.

Según el informe de la Comisión de la Verdad, la noche del 15 de febrero de 1989, el ministro de Defensa, Coronel René Emilio Ponce, “en presencia y confabulación” del General Bustillo, y los Coroneles Juan Orlando Zepeda, Inocente Orlando Montano y Francisco Elena Fuentesdio la orden al coronel Guillermo Alfredo Benavides de asesinar al sacerdote jesuita Ignacio Ellacuría sin dejar testigos.

El general Rafael Bustillo observa el estrado donde está Rosario López, sobreviviente de la masacre de El Mozote. Atrás del militar se encuentran dos de sus hijos que lo acompañaron al Juzgado Segundo de Primera Instancia de San Francisco Gotera, Morazán. Foto: Irvin Marroquín

“Un niño muerto, un guerrillero muerto”

Luego de varios minutos de escucharle, el juez consideró lo que el fiscal planteaba y decidió suspender por 15 minutos la interrogación de Rosario, para que ella fuera atendida por un psicólogo del juzgado. Al pasar el tiempo estipulado, Rosario López ingresó nuevamente a la sala de audiencias. Se sentó en el banquillo de los interrogados. El juez comenzó a explicar a la testigo en qué consiste esta parte del proceso y que es delito rendir una declaración falsa. Luego de esto, se paró el fiscal Juan José Benavides para empezar el interrogatorio:

—Doña Rosario, ¿por qué se encuentra en este lugar? − Pregunta el fiscal.

—Porque he sido citada por el señor juez − Responde Rosario.

— Usted dice que ha sido citada, ¿qué viene a declarar, doña Rosario? − Vuelve a preguntar el fiscal.

— A declarar lo de la masacre de 1981 − Contesta Rosario.

— ¿Qué significa para usted, doña Rosario, la palabra masacre? − Pregunta el fiscal.

— Que asesinaron mucha gente − Responde Rosario

Rosario comenzó a relatar que el 11 de diciembre de 1981, alrededor de las 9:00 a.m., se encontraba en su casa, ubicada en el cantón La Joya, en Meanguera. Allí vió entrar a la zona a miembros del ejército, que vestían de negro y verde, y quienes comenzaron a disparar. Al ver esto, corrió junto a su esposo, José de los Ángeles Mejía, y sus hijos, Eugenio, Mélida y Rosalina. Todos corrieron a esconderse en la abertura del cerro El Perico, que estaba lleno de linderos de mozotes y guacamayas, una planta tipo arbusto de hojas verdes y frutos amarillos.

—¿Qué pasó con la demás familia que se quedaron en ese lugar? − Le pregunta el fiscal a Rosario.

—Ellos murieron − Responde con voz temblorosa Rosario.

—¿Sabe quiénes los mataron? −Cuestiona el fiscal.

—Sí − Contesta, con tono fuerte, Rosario.

—¿Quiénes? − Interroga el fiscal.

—Fue el Batallón Atlacatl − Responde Rosario.

Rosario explicó que a los 15 días de estar escondida en el cerro, regresó al caserío donde vivía y encontró alrededor de 10 casas quemadas. Además,  el ganado, los cerdos y otros animales de crianza estaban muertos. Siguió caminando en el caserío, tratando de encontrar a su madre y al resto de su familia. Llegó a la casa de María Santos, la encontró muerta junto a su hija, quien había nacido el 10 de diciembre, un día antes que llegara el ejército al lugar. En los escombros de esa vivienda encontró una pañoleta verde con la leyenda “Batallón Atlacatl”. En las paredes habían escrito, con rojo, dos frases: “Aquí pasó el Batallón Atlacatl” y “Un niño muerto, un guerrillero muerto”.

Rosario siguió buscando. Lo hizo por mucho tiempo. En total encontró a 24 de sus familiares, a muchos los encontró años después, a través de las exhumaciones que realizó el Instituto de Medicina Legal. Actualmente, se encuentran sepultados en un monumento que fue creado en La Joya.

— ¿Cuáles son los nombres de sus familiares asesinados? − Pregunta el fiscal.

— Mi papá era Ismael López, mi mamá Francisca Sánchez, mi hermana Reinelda López y Priscila López, mi hermana. Y de ahí, todos eran sobrinos y cuñadas. Y allí es donde les pido disculpas… − Rosario deja de responder  y comienza a llorar.

 Después de casi un minuto de silencio en la sala de audiencia, Rosario López recuperó las fuerzas y continúo respondiendo al interrogatorio. Rosario comentó que tras este hecho, no comía. Adelgazó considerablemente. Por casi cinco años, Rosario junto a su esposo y sus tres hijos pasaron escondidos en el cantón, porque después de la masacre, constantemente, el ejército realizaba operativos.

—Doña Rosario, ¿qué pide usted ahora que se está conociendo este caso el tribunal? − Pregunta por última vez el fiscal.

—Pues…siempre yo lo que digo es justicia, pero es lo que menos hay. Pero espero la justicia del poder de Dios. Si en la tierra no hay justicia, Dios hará justicia sobre estas personas que hicieron este hecho − Concluye Rosario.

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