El Mozote: El testigo antes de la masacre

Óscar Antonio Romero Martínez, un hombre que sobrepasa el medio siglo de vida (55 años) años de edad, se ha convertido en el último testigo no militar que vio a los habitantes de El Mozote, antes que fueran asesinados por el Batallón Atlacatl. Después de 36 años, dio su testimonio en el proceso judicial contra los militares involucrados.

Romero Martínez, comerciante, de tez blanca, con una estatura que sobrepasa un metro y setenta centímetros. El 30 de noviembre de 2017 se presentó al Juzgado Segundo de Primera Instancia de San Francisco Gotera, Morazán, a rendir su declaración en calidad de testigo por la masacre de El Mozote y los lugares aledaños.

Alrededor de las 10:00 a.m. del 9 de diciembre de 1981, un grupo de soldados —al parecer de una patrulla cantonal— llegó a la casa de Óscar, ubicada en el caserío Cumaro, cantón Tierra Colorada, en Arambala, Morazán. Según recuerda Óscar, los militares tenían uniformes y cascos verde olivo, sin ninguna distinción en su uniforme que identificara qué rango, en la jerarquía castrense, tenían.

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18 años, que fuera su guía en el patrullaje que harían por El Mozote. Hasta hacía un mes, él y su núcleo familiar habían vivido en ese caserío.

Por temor, Óscar tuvo que acompañarlos. Primero se dirigieron hacia el sur, al Cerro de las Pillas, cerca del río Sapo. En ese lugar acamparon y durmieron. Al día siguiente, el 10 de diciembre, a eso de las 7:00 a.m., se movieron hacia el cerro El Cantarito, el cual se encuentra a unos 500 metros de El Mozote.

Antes de llegar al cerro, alrededor de la 1:00 p.m., hubo un ataque armado hacia la columna, de entre 20 y 30 soldados, a la que Óscar acompañaba. Al momento de escuchar los disparos, él se tiró al suelo. El enfrentamiento duró un par de horas y cuando finalizó, continuaron su ruta hacia el cerro El Cantarito, en donde acamparon toda la noche. Nunca supo quiénes les dispararon.

El 11 de noviembre, a las 7:00 a.m., bajaron del cerro. Llegaron a la casa de Moisés Claros. Afuera de la vivienda estaba el cadáver de Claros. Al cuerpo le habían amputado un pie. Al interior de la casa estaba el resto de la familia. Todos habían sido asesinados. “Todo (estaba) bien sangroso, porque había bastantes niños y mujeres”, dijo Óscar en la audiencia.

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Los mismos militares a los que guiaba Romero Martínez se exaltaron al ver lo que había ocurrido en la casa. “‘¡Qué es lo que han hecho estos! ¡Qué hicieron con estos pobres niños!’, dijeron los soldados”, comenta Óscar.

Posteriormente, regresaron al cerro El Cantarito. Allí los soldados le dijeron a Óscar que les consiguiera agua para beber. Se llevó alrededor de seis caramañolas —un tipo de recipiente parecido a las cantimploras que usan los militares— y bajó hasta El Mozote. Se abasteció de agua en la casa de su tío, José Daniel Romero, quien vivía al lado de un templo católico en el casco de El Mozote.

El caserío estaba rodeado por miembros del batallón Atlacatl. Habían separado a los hombres, mujeres y niños. Los hombres estaban amarrados, vendados y boca abajo. Mientras que las mujeres estaban encerradas en la iglesia y los niños encerrados en la casa parroquial que estaba al costado derecho del templo.

El tío de Óscar y su pareja, Florentina Pereira, junto al hijo de ambos no habían sido sacados de su hogar. Sin embargo, su primo, Jesús Salvador Romero, de 12 años de edad, tenía una herida provocada por una esquirla. Óscar solo pudo conversar unos minutos con sus familiares. Ellos le dijeron que no podían salir. Romero Martínez recuerda que su tío le dijo “a saber qué nos van a hacer a nosotros”.

Óscar permaneció en El Mozote entre diez y 15 minutos. Después de llenar con agua las caramañolas, regresó al cerro El Cantarito. Allí escuchó la conversación de un soldado con otro:

—¿Qué van a hacer con esta gente? Preguntó un soldado

Están esperando la orden del Estado Mayor para ver qué hacen con esta gente Respondió otro soldado.

Posteriormente a esto, los militares dejaron ir a Óscar, pero lo advirtieron que no lo querían ver en la zona. Mientras iba de camino a su casa, entre las 10:30 a.m. y 11:00 a.m., vio que comenzó a subir humo negro desde el caserío El Mozote. Los testimonios rescatados de los sobrevivientes de esta masacre, y la evidencia forense, señalan que algunas víctimas murieron calcinadas en las viviendas en donde habían sido recluidas por los miembros del Batallón Atlacatl. Se estima que cerca de 1,000 personas fueron asesinadas en el lugar.

En esa masacre, mataron a cinco familiares de Óscar en segundo y tercer grado de consanguinidad. Al día siguiente, el 12 de diciembre de 1981, él y su familia huyeron de su hogar.

La defensa de los militares cuestiona el testimonio de Óscar

Luego que Óscar Antonio Romero Martínez dio su testimonio, con base a las preguntas que realizó el acusador particular David Morales, abogado de la organización Cristosal, la defensa de los militares cuestionó al testigo. Los defensores de los militares dijeron dudar de la veracidad de su declaración, respecto a quiénes asesinaron a los habitantes de El Mozote.

Los abogados preguntaron a Óscar si andaban civiles armados en El Mozote.

—Por eso es que nosotros nos fuimos (en noviembre de 1981) de El Mozote.— respondió Óscar.

—Se acuerda de la cantidad de gente que andaba de civil y armada en El Mozote— Preguntó el abogado Diego Flores, defensor del coronel Luis Alberto Landaverde Barrera, entonces teniente de Brigada de Artillería.

—Aproximadamente eran poquitos los que andaban—Respondió el testigo.

—¿Poquitos? ¿Eran dos, tres, diez?—Repreguntó el abogado.

—Por hay, cinco, seis…—Contestó Óscar.

Óscar señaló que los guerrilleros —los civiles armados por los que preguntaba el defensor de los militares— se cruzaban por el caserío El Mozote. Estos no eran habitantes del lugar, como ha argumentado la defensa. Ellos afirman, además, que las personas no fueron asesinadas por el ejército, sino que perecieron a consecuencia de un fuego cruzado entre la Fuerza Armada y la guerrilla del FMLN.

Para el abogado David Morales, el testimonio de Óscar es muy valioso. Hasta el momento, es el último testigo no militar, de los más de 30 que han comparecido en este proceso judicial, que pudo ver con vida a los habitantes de El Mozote.

Además, Morales señala la importancia que este testigo escuchara a dos soldados decir que el Estado Mayor fue quien ordenó la masacre. El defensor hace hincapié de que los soldados élites que participaron en este hecho, no actuaban sin la autorización de las altas esferas militares.

Por muchos años, la masacre de El Mozote fue contada por la que única mujer sobreviviente, Rufina Amaya, a quien le mataron cuatro hijos y a su pareja. Ella logró salvarse tras esconderse en un matorral.

Según un fragmento de su testimonio, ella escuchó la conversación de dos soldados.  “La orden que traemos es que de esta gente no vamos a dejar a nadie porque son colaboradores de la guerrilla, pero yo no quisiera matar niños”, le dijo un militar a otro.

El informe de la Comisión de la Verdad relata que luego de haber asesinado a los habitantes de El Mozote, los miembros del Batallón Atlacatl se marcharon del lugar para matar, entre el 12 y 13 de diciembre, a los pobladores de los caseríos  de La Ranchería,Los Toriles, Jocote Amarillo y el cantón Cerro Pando.

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