El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, declaró el fin de la pandemia de COVID-19 en su país. Biden hizo estas declaraciones hace unos días durante una entrevista televisiva, pese a que el número de muertes diarias en Estados Unidos promedia las 500 por día. Expertos en salud advierten que la declaración del presidente estadounidense podría eclipsar la realidad: el virus seguirá siendo una de las principales causas de muerte en el país y la COVID-19 persistente sigue complicando la vida de miles de personas.

 La COVID-19 ya no desborda hospitales y morgues, pero personas como Heidi Ferrer han vivido con síntomas insoportables durante mucho tiempo después de la infección hasta que no pudo aguantarlo más.

«Después de tres semanas sin apenas dormir más de una hora por día, ya sabes, su salud estaba en peligro. Y al igual que los prisioneros de guerra que se mantienen despiertos, su capacidad cognitiva se estaba viendo afectada. Se volvió una persona abatida y desesperada. Mi esposa no se suicidó por estar clínicamente deprimida. Se suicidó porque tenía un dolor físico insoportable», dijo Nick Guthe, marido de una paciente de COVID-19 persistente.

Más allá de la fatiga y los dolores de cabeza, la COVID-19 persistente puede causar una serie de complicaciones en el corazón, el estómago y los pulmones, y afectar la salud mental. Lauren Nichols es experta en logística del Departamento de Transporte de Estados Unidos. Ha estado luchando contra la COVID-19 durante más de dos años, y a menudo considera poner fin a su vida.

«Fue cuando empecé a sentirme apática que pude sentir que mi vida estaba en peligro, porque ya ni me importaba si iba o no a despertar al día siguiente. Sentía tanto dolor que literalmente fantaseaba con el millón de formas en que podía terminar con mi vida porque nadie me creía», dijo Lauren Nichols, víctima de COVID-19 persistente.

Como miembro de la junta del grupo Covid Body Politic de lucha contra la COVID-19 persistente, el doctor John Swartzberg sabe de más de 50 personas con este problema que se han suicidado. La investigación en torno a la COVID-19 persistente está en sus primeras etapas, y se sabe muy poco sobre su impacto en nuestra salud.

«Ni siquiera sabemos todavía por qué ocurre. Sabemos que hay una mayor asociación con problemas cardíacos significativos y graves, que afecta al corazón, pero no sabemos de su gravedad a largo plazo de eso. Y los informes más recientes lo asocian con la diabetes, es decir, las personas que tuvieron COVID-19 tienen una mayor probabilidad de desarrollar diabetes tipo 2», manifestó John Swartzberg, profesor emérito de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Berkeley.

La COVID-19 ha matado de media de 300 a 500 personas desde abril. Si la tendencia continúa, seguirá siendo una de las 10 principales causas de muerte en Estados Unidos.

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