Las mujeres que llevan siglos rastreando las playas en busca de almejas y berberechos, afirman que están siendo testigo del agotamiento de sus recursos.

El cambio climático al que se enfrenta el planeta ya está dejando su huella en casi todos los lugares del mundo y todos los ámbitos productivos, entre ellos el sector marisquero. En España, además de la contaminación de las aguas y las especies invasoras, la inflación y el aumento de precios, fruto de la situación política actual, han llevado a un descenso abrupto de la producción y obligado a los trabajadores a dejar un oficio, que pronto puede llegar a su fin.

Las mariscadoras gallegas, que llevan siglos rastreando las playas, sementando y recolectando manjares como almejas y berberechos, afirman que están siendo testigo del agotamiento de sus recursos por la contaminación del mar y el cambio climático.

Rita, una de ellas, reconoce además que son muchas las familias en Galicia que viven de esta labor, un antiquísimo arte de pesca, pero con una precariedad económica cada vez mayor. «Los sueldos siguen siendo los mismos que hace 20 años. Lo que no puede ser es que suba la comida, que suba el gasoil, que suba todo en la vida y que estemos cobrando sueldos de hace 20 años», asegura.

María, quien desde la cuna ha labrado esa profesión y cuya madre fue mariscadora desde los 9 años, advierte que con las siguientes generaciones se puede romper la tradición, pues «no puedes pedir un relevo generacional cuando no tienes una estabilidad económica». Además, se trata de un empleo que, después de varios años, deja problemas en los huesos, articulaciones o cervicales, que hasta ahora no han sido reconocidas como enfermedades laborales.

En muchas cofradías resaltan la ausencia de personas jóvenes y recalcan que, si las autoridades no toman medidas, este oficio acabará naufragando.

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