La muerte de ARENA y la lucha por la tercera vía

En las últimas semanas hemos visto dos situaciones dentro del partido ARENA que colocan a la derecha salvadoreña en una posición de incertidumbre con respecto a su futuro. Por un lado, están los lanzamientos de Javier Simán y Carlos Calleja como precandidatos a la presidencia. Por otro lado, la renuncia de Juan Valiente y Johnny Wright Sol a la diputación a raíz de fuertes tensiones con la dirigencia del partido.

Si bien ambos acontecimientos pudieran analizarse por separado y de manera detallada, me parece importante entender estas dos situaciones, no aisladamente, sino como parte de un mismo proceso de crisis de representación política en la derecha salvadoreña. Para ello, resulta pertinente reflexionar un poco sobre crisis anteriores de la derecha, puesto que hacerlo nos da una pista de las dinámicas que manejan la relación entre élites económicas y grupos gobernantes, pistas con las cuales se podría especular el potencial surgimiento de una tercera vía.

No es ningún secreto que durante la mayor parte de la historia reciente, las élites económicas del país hayan casi siempre necesitado de una clase gobernante que actúe en función de sus intereses en lugar de administrar el poder político de manera directa.

En el siglo XX, los grupos militares se encargaron de ejercer este trabajo mediante la construcción de una idea de nación, donde cada persona aceptara su rol en la sociedad independientemente de cuál fuera éste. La violencia estatal fue el método de disciplina utilizado para todo a aquel que se negase a aceptar dicho orden, no obstante, dicha forma de gobernar fue perdiendo legitimidad progresivamente ante el evidente horror de la represión política y la indignación generada por ésta.

Las élites económicas fueron testigos del deterioro de partidos políticos como el PCN y el resto de la clase militar gobernante, y encontraron en ARENA un nuevo frente de representación. Si bien la propuesta de ARENA en sus orígenes correspondía siempre a una forma militarista de gobernar encarnada en figuras como Roberto D’Aubuisson, la reconfiguración política y económica a nivel internacional hizo que algunas fracciones dentro las élites empresariales se alinearan a nuevas formas de gobernar menos represivas. Esto brindó al partido un importante giro político a través de otras figuras como Alfredo Cristiani. Así, la repentina aceptación del proceso de paz, junto a las promesas de la economía social de mercado, le valieron al partido un importante incremento en su popularidad y lo convirtieron en la primera fuerza política del país a finales de los 80.

Hoy en día la derecha salvadoreña vive una coyuntura similar a la de dichos años en tanto las élites atraviesan una crisis de representación política que puede verse en los acontecimientos mencionados al inicio. Por un lado, las precandidaturas de Simán y Calleja ponen en evidencia: 1. la falta de confianza de las élites en la presente dirigencia del partido; y 2. El poco peso electoral que la bandera de ARENA sostiene como consecuencia de los pobres resultados obtenidos en sus gobiernos y su evidente corrupción.

Sin embargo, a pesar de las divisiones, las élites carecen de otra opción viable para recuperar el poder político, y esto los ha forzado a la candidatura dentro del mismo partido, aunque sosteniendo un discurso anti-partidos políticos como medida que busca cooptar la indignación pública general contra dicho sector.

Por otro lado, la renuncia de Valiente y Wright son fiel muestra de que la pérdida de credibilidad en el proyecto de ARENA no es un proceso meramente externo, sino que existen fuertes cuestionamientos provenientes desde el interior de sus filas. Como el mismo Juan Valiente declaró en una entrevista para la revista Factum, de continuar la dirigencia en la misma línea, tanto él como otros miembros se verán obligados a buscar otra opción de participación política. La gran pregunta es, ¿será éste el germen de una nueva fuerza política de derecha que termine obteniendo el apoyo de las élites empresariales?

Cabe aclarar que las figuras emergentes como Johnny Wright, Juan Valiente, y Aída Betancourt, lo que podríamos llamar “la nueva derecha salvadoreña”, no son necesariamente aliadas directas de las élites, en el sentido que pueda que sus intenciones, como las plantean ellos, sean legítimas. Sin embargo, esto no quiere decir que dichos grupos sean antagónicos. Por el contrario, más allá del evidente parentesco revelado por apellidos como Wright-Sol y Betancourt-Simán, la afinidad ideológica de los dos grupos no resulta menos importante. Tal como lo revela Valiente en la entrevista mencionada:

Yo no sé si El Salvador está preparado para un comerciante millonario como candidato presidencial. El frente ha sido bastante efectivo en vilipendiar a la clase empresarial del país y hay entre los ciudadanos todavía una opinión un tanto negativa, mayoritariamente negativa (de dicho sector). Es posible que la desesperación por el deterioro del país sea tal que realmente la gente aspire a alguien que tenga experiencia en crear trabajo como una solución para el país”.

Esta caracterización hecha por Valiente sobre los empresarios millonarios como personajes bondadosos que dan empleo a la gente forma parte de un imaginario social capaz no sólo de construir un vínculo estrecho entre ambos grupos (la nueva derecha y las élites), sino también de reforzar la relaciones jerárquicas y opresivas que existen en el ámbito económico. Habría que preguntarle a Valiente qué tipo de empleo es el que éstos bondadosos comerciantes han generado y cuántos beneficios obtienen como fruto de la mano de obra barata del país.

Pareciera que la nueva derecha, aunque distinta a la anterior en algunos aspectos, permanece estancada ideológicamente en esa vieja noción de país en la que cada quién debe ocupar tranquilamente su rol en la sociedad, sin darse cuenta que para que el millonario que da empleo pueda existir, cientos tienen que haberse roto la espalda trabajando para generar el valor de su fortuna.

Pero volviendo al tema inicial, lo cierto es que la coyuntura actual pinta para el surgimiento de una tercera vía desde la derecha. Tanto las élites precisan de una nueva representación de sus intereses, como los nuevos grupos de la derecha precisan de alianzas estratégicas afines a su ideología y con potencial de financiamiento, algo que podría llevar a una relación simbiótica entre ambos grupos en el futuro próximo.

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