Más allá del no-mal, el bien. Bioética desde la Medicina. – por Aldo Hernández

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En el principio, al adentrarse hacia el estudio de la medicina desde su nivel más básico y a la vez complejo, de una forma apasionada e inquisitiva sin dejar suelto ningún cabo teórico, excepto el no investigado, uno se encuentra ante lo ominoso del ser humano, no solo del cuerpo humano, sino de la persona humana. Aunque uno ha repetido a otros, una y otra vez, la razón de elegir la carrera: “para ayudar a los demás”, es innegable, si uno se aproxima apasionadamente con una sed insaciable de ciencia médica, sumergirse en un universo micro y macroscópico que simultáneamente lo abstrae de su realidad y lo coloca en el centro mismo de ella. Cada ciencia, materia, disciplina, saber, técnica, procedimiento gira en torno a la esencia misma del ser humano desde diferentes ángulos. Es como un autoreconocimiento y a la vez un encuentro con la otredad. Si hay una inmersión intelectual  comprometida con cada eslabón conceptual de la Medicina, aún desde aquellas asignaturas que aparentan ser irrelevantes, es casi imposible no advertir que los aspectos morales, éticos y hasta deontológicos están inscritos indelebles en ese todo bio-psico-socio-espiritual ser.

Aproximarse al mundo bioquímico habiendo bregado por los entresijos de la química y la química orgánica, es descubrir una conexión irrompible con la naturaleza, un nexo radical con el ambiente, una similitud con el aire, tierra, fuego y agua. Es apercibirse que nuestro ethos cotidiano constituye una manifestación superior de lo que nos rodea. No solo somos sorprendidos viendo la vida desde sus códigos más íntimos y hasta sagrados, como para manipularla sino para respetarla como respetamos nuestra corporeidad. Soy agua, doy agua. Soy suero, y si otro pierde su líquido, yo le indico quien soy, porque le doy suero. Es embelesante descubrir cómo los enlaces químicos definen vida y muerte. Es aprender como la precisión inequívoca de mis reacciones moleculares cíclicas determinan mi bienestar, mi sonrisa, la alegría de mis seres amados. Es casi como la alquimia de la dignidad. Yo química, el otro química, hermandad entre protones, electrones y neutrones fluyendo bilateralmente. El “mal” de la bioquímica se entiende como suspender una cadena diseñada para continuar, y el “bien” como una perfecta encrucijada entre todos las reacciones químicas.

Entendemos como un concepto: “bio”, se vuelve la totalidad prioritaria de todo el planeta. No como categoría filosófica o teológica, sino como algo concreto, que se puede ver mediante ciertos aparatos. Como la biología se nos muestra como sistemas vivos, entendidos como células, santuarios, que establecen su flujo propio de energía. La vida se muestra como movimiento, transformación, multiplicación y diferenciación. Se revela el control estricto, el ahorro y máximo aprovechamiento desde una microscópica entidad. En la biología nos hallamos como parte inevitable y constitutiva de otros seres celulares. La muerte no siempre es mal en la célula, siempre y cuando cumpla su ciclo en relación a otras células. El bien es cumplir la función según la estructura en conexión con el medio y las demás pares. El mal es lo inverso.

Y al dedicar la reflexión a la anatomía y fisiología humana, estupefactos verificamos el elocuente y concreto bien. Lo hacemos al entender como cada tipo célula con su propia forma, su morphe, desarrolla su inexorable función, desde su íntimo centro genético, conectada con otras miles de millones idénticas, como tejidos sincronizados móviles y quietos; fluidos y estáticos. Es comprobar el deber-ser de la entrega estoica del corazón, del autosacrificio de cada célula inmune en contra de lo no propio y en favor de lo nuestro. Se disfruta de la impecabilidad estética epidérmica, de la justa y estratégica colocación de cada articulación, hueso, cartílago y músculo. Todo se mueve en una pulcra armonía. La proporcionalidad de lo utilizado con lo desechado, desde los niveles intestinales bajos y los respectivos tubos urinarios. Es inevitable no descubrir lo sacrosanto de cierto lugares anatómicos. Exactitud, proporción, precisión, belleza, coordinación, tanto física como química. Hasta la muerte, destrucción y dolor asumen su rol pertinente. Es una totalidad que es superior a cada parte y a la simple suma de las partes. El dolor es un mecanismo de interconexión donde todos los órganos participan simultáneamente. El bien está claramente definido y se presenta como homeostasis, un equilibrio mantenido.

La bioquímica, anatomía y fisiología humanas, juntas, se convierten en el more fisiológico, es una serie de principios tácitos, escondidos en el ethos celular. Ellos definen sin lugar a dudas la manera en cómo deben ser abordados para recobrar su equilibrio.

De la misma manera, la psicología humana nos muestra  como la psique es una especie de software de un complejo hardware. Esa correspondencia perfecta entre circuito neuronal y pensamiento, entre conexiones neuronales y dolor. Como las neuronas procesan la realidad para la supervivencia, asimilación y adaptación, y en  base a ellos se impulsan decisiones acorde a lo útil y necesario. La psicología modela como se responde ante lo nuevo, con aprendizaje. Como debe ser la coherencia entre los sentimientos, voluntad y raciocinio. Aprendemos como se desarrolla criterios para elegir y como el amor es una variable compleja que nos impele a las acciones desinteresadas. El bien se comprende como congruencia entre la realidad y nuestras palabras, actitudes, aptitudes y conductas.

El bien aprendido al estudiar científicamente nuestra bioquímica, anatomía, fisiología y psicología se nos desvela como una correspondencia armónica que nos impele a una respuesta apropiada, una conducta moral.

Es así, como la filosofía, la sociología, epidemiología y la antropología enfocadas médicamente, nos iluminan el entorno social que determinan la biología humana y viceversa. Como, históricamente se ha ido construyendo la moralidad desde los factores que intervienen en la biología de la misma persona. Como los pensamientos son construcciones neuronales al asimilarlas en el dialogo antropológico con la sociedad; como se elaboran los criterios desde un abordaje radical, a lo que llamamos filosofía.

Es en la medicina que descubrimos la naturaleza más ensañada del mal, lo sórdidamente molecular, como el mal procede procesualmente, como se forman las aberraciones, como el cuerpo de manera gallarda, enfrenta el pathos, el sufrimiento más hondo que las palabras no expresan, como el mal invade, como el mal transgrede la vida, como hay intromisión microbiana para matar, robar y destruir. Es la desfiguración monstruosa de cada célula la que avisa la inminente rebelión. Es el tamaño desproprocional, es la acumulación celular acaparadora.

La microbiología es la maestra de lo intruso. Conocemos como lo similar puede ahondar en lo nuestro para extraernos vida. Es la que nos dice el punto exacto donde el mal es precisamente vencido. Nos deja en vitrina, el ethos viral, bacteriano, fúngico, helmíntico, protozoario y artrópodo.

La medicina nos enseña desde la farmacología como corregir los excesos, como enrumbar lo extraviado, como apuntar inerrablemente al blanco, en el paciente exacto, dosis exacta, forma correcta y momento correcto. Es aprender de lo bueno para restaurarlo. Es imitación del bien fisiológico. Es la expulsión de lo ajeno. Es congruencia molecular. Es el bien más acertado.

La semiología, nos lleva a distinguir lo bueno de lo malo. Es la identificación de lo anormal, de lo patológico. Es descubrir la verdad desde la minuciosidad hacia los detalles. Es más que símbolos, son signos que delimitan, colorean, aromatizan e imprimen textura con estridentes ruidos para desenmascarar al mal antes de su consumación.

Es como la medicina interna, cirugía, ginecología, pediatría y psiquiatría la que nos meten al escenario frente a frente a la mismísima realidad donde el mal se presenta desollado, el sufrimiento estridente y el dolor deformado. Es el variopinta especie del mal en el espectro casuístico, es decir caso a caso. Es el mal que intenta hacer guarida en los santuarios fisiológicos de los débiles. El bien es actuar. El bien es sistemático. El bien es retornar al equilibrio sin titubear. Es partir del sufrimiento como único motor para volver al original. Es conocer hechura psíquica inicial para devolverle el orden.

Y entonces, en cuestión de unos meses, caemos en la cuenta que el ser humano es familia, es sueños, anhelos, temores y expectativas. El ser humano es anécdotas y cuentos. Es abrazos y sonrisas. Es gritos carcajadas. Es ocurrencias y sabiduría. Es leyendas y política. Es pasión y obsesiones. Su piel oscura habla de su larga jornada bajo el sol. Su abundante panículo grasoso es su sedentarismo. Sus dolores musculares implican su extenuante trabajo. Sus fasciculaciones y tics hablan de su mal manejo del estrés. Es amarlos como hermanos, abuelos y padres. Su ethos es verificable al observar los callos palmares y plantares. Es entender que hasta la más mínima intervención le da vuelta a su socioeconómica vida.

La Medicina más que aprendida, vivida, nos alecciona como la forma más moral (lo convencionalmente correcto aprendido milenariamente), más ética (lo apropiadamente correcto actualizado en cada caso particular del hoy) y más  deontológica (lo codificado y vinculante de lo anterior) se ratifica en la medida que nuestras intervenciones farmacológicas, psicoterapéuticas, procedimentales, quirúrgicas corresponden proporcionalmente y asemejadas al ya asumido y asimilado patrón bioquímico, anatómico, fisiológico y psicológico del ser humano. Ni más ni menos.

Así, y solo así se logra conseguir la no maleficencia y beneficiencia, como principios milenarios hipocráticos, aún hasta superarlos, casi como una intuitiva y espontánea bioética.


Por: Aldo Hernández 
Doctor en Medicina 
Profesor universitario de Anatomía Microscópica de la Universidad de El Salvador (UES) 
Médico de Clínica Metabólica del ISSS 
Investigador de la UES

 

 

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