No hay permiso para enfermarse – Por Aldo Hernández

Segunda parte

Aproximación antropológica a las medidas sanitarias públicas

En el artículo anterior: definimos unos términos pertinentes para explicar las medidas sanitarias actuales tomadas para controlar la propagación de la COVID-19. Además desarrollamos dos características culturales propias que respaldan la necesidad de rigurosidad y el aspecto vinculante de las directrices de salud pública. Estas son:

1- La peculiaridad del sistema de transporte y las dinámicas sociales que propicia, conformando y permitiendo una asimilación en la cotidiana salvadoreñeidad, de tal manera que se asume como normal, y automáticamente se conforma como un valor social. Esa normalidad en esta pandemia es un riesgo alto de contagiosidad y me refiero a la distancia social menor de dos metros.

2- La particularidad del salvadoreño de atenimiento como falta de previsión, que puede mostrarse en su mayor deformidad como vivianada. Esa condición lo hace confiado, imprudente, temerario y hasta atrevido. Requiere tener el peligro enfrente para reaccionar. Así, ocupa del inmediato castigo que representa la vigilancia militar y policial para cumplir normas, esas que le protegen.

Para sostener mis aseveraciones me he basado en las palabras de escritores salvadoreños que se acercaron a caracterizar al perfil salvadoreño desde un formato literario y una investigación científica cualitativa (basada en datos que no son estrictamente numéricos).

Pude haber recurrido fácilmente solo a mis experiencias personales y sería confirmado por la mayoría, sin embargo, en un afán de fundamentar mi lógica en registros de la realidad salvadoreña verificables, en clave literaria, innegablemente ciertas, y de alto valor historiográfico, opté por citar a reconocidos y respetados descriptores de nuestra idiosincrasia.

Estrictamente este artículo no es científico, eso no obsta que tiene sustento científico, y lo científico no solo es números y estadísticas, también hay cientificidad en datos escritos y verbales registrados no cuantificados en cifras.

Habiendo aclarado, retomo mi argumentación, partiendo del título de este artículo, con alta carga irónica que encierra múltiples hechos cotidianos de los y las pacientes que atiendo. Esa frase consigue revelar la cultura de salud del trabajador salvadoreño. Ese valor social del salvadoreño para entender la salud. Esa norma automáticamente asumida, convencionalmente como normal. Ese valor que rige la conducta del empleado, ya sea informal, formal, público o privado. La salud sirve para trabajar, no para disfrutarse.

El patrono, el dueño, el jefe, el hambre dice cuando se permite enfermarse. Si aguanto, puedo seguir. Incapacitarse es un privilegio que se gana trabajando. Incapacitarse es una excusa para holgazanería. Incapacitarse es para el moribundo. Es relación sociocultural perniciosa del dueño, supervisor y empleado, de prohibir incapacitarse, que no extraña ni alarma, mucho menos indigna.

Culturalmente es válido amenazar con despido a quien menciona una incapacidad larga o una nueva incapacidad. De tal manera, se asume como un valor cultural indiscutible que en la práctica, el empleado sabe que se le negará el permiso para consultar por su salud, que se escapa. Además, hay mecanismos sutiles para pedir incapacidad al médico sin ser juzgado.

El y la salvadoreño/a aunque le descuentan para pagar al ISSS, no tiene permiso de enfermarse, no tiene tiempo para consultar y debe acudir, si quiere en sus días libres. Ese marco cultural de salud propio del salvadoreño, define sutilmente un valor social: el atender el hambre, trabajar o la economía es primero que mi salud.

Para entender como se asume el valor social de la salud en el salvadoreño promedio, se debe entender a Salvador Giner, sociólogo español, como en su libro más reciente (2013) describe la cultura catalana, y explica que la cultura es la manifestación de un fenómeno colectivo intersubjetivo. Es decir, para él, las conductas de cada individuo están conectadas y esa conexión se explica a condiciones compartidas colectivamente, a saber: históricas, políticas económicas, sociales, así, la situación de salud en El Salvador, responde a una condición sociopolítica de completo abandono estatal por la salud.

Ya en 1960, Oswaldo Escobar Velado lo describía melancólicamente en su famoso poema: “Patria Exacta”: “…Digan…que diariamente mueren cientos sin asistencia médica…” hablando de las condiciones de salud de la gran mayoría de salvadoreños, donde expresa, no solo un rasgo cultural patético resaltado como parte de una sombría normalidad de no acceder ni siquiera ante la inminente muerte, a la asistencia médica; también revelaba un abandono del Estado para atender la salud del salvadoreño, obligándolo a su criterio y discreción atenderse su propia salud. Y si se le asigna por la ley del seguro social “el derecho” de acudir, como asalariado o beneficiario del mismo a la salud, se le hace entender que queda al arbitrio del patrono.

Ese soslayo del Estado de la salud se hace claramente visible al revisar que apenas hace 10 años en El Salvador, se pudo evidenciar un atisbo de interés por parte del Estado en la Ley General de Riesgos en los lugares de trabajo, donde crea marcos legales e institucionales para atender formal y técnicamente con protocolos, la salud del trabajador, definiendo: enfermedades profesionales y accidentes laborales. Eso evidencia elocuentemente ese valor cultural, políticamente inculcado de ignorar la supremacía de la salud como un aspecto que abarca al trabajador como humano integral.

Asimismo se registra sin ambages, el desentendimiento estatal de la salud pública, asumido como norma cultural, como valor, como normalidad, en el razonamiento sobre cotidianidad salvadoreña del sociólogo Óscar Martínez Peñate, en las conclusiones de su estudio científico cualitativo Cultura Guanaca o posmodernismo:

“Ver… La falta de medicina en la red hospitalaria pública”. Lapidaria frase que incita al salvadoreño a desconfiar habitualmente de su sistema de salud, que lo impele a no arriesgar su miserable subempleo en un lugar donde ni siquiera medicina le darán.
Ya se sabe que la madre salvadoreña típica trabajadora, si ha de elegir entre trabajo y salud, elegirá trabajo, si no ve síntomas, si no cae desmayado, si no ve sangre, si no ve muerte, si no lo ingresan, elegirá trabajo. Y también, es norma cultural, que si el dueño de las grandes empresas, ha enseñado y amenazado a sus supervisores que si no hay desmayo, fiebre rostizante que provoque alucinaciones, fractura o sangre, no hay permiso de enfermarse.

A menos que le supervise el Ministerio de Trabajo o el ISSS a por medio del médico del trabajo. Son los patronos, por tanto, que se vuelven “vivianes”, expresiones elocuentes de la “Cultura del vivo”, que pisotean los derechos a la salud del empleado y empleada.

Por lo anterior expuesto, queda evidente, la necesidad en esta coyuntura de la pandemia de la COVID-19, una presencia estatal imponente que regule rigurosamente medidas sanitarias básicas. Una ley que mantenga confinado al trabajador para protegerlo del virus invisible, del jefe explotador, de sus condiciones laborales riesgosas, etc.

Una ley que se presente como asidero al empleado para no asistir a trabajar y que aún le paguen. Una legalidad con supervisión estricta que obligue al empleado informal valorar su salud antes que su negocio. Una directriz con operatividad inmediata a través de policías y militares que haga al que es su propio jefe pensar dos veces en salir.

Esto no significa que sea la solución estructural al problema sociocultural del binomio salud-trabajo; pero, dada la emergente e imperante situación, se debe atender como un torniquete, mientras se trabaja en una transformación de Salud Pública.

En la próxima entrega, finalizaré con el desarrollo de otros valores y una propuesta de solución desde nuestra misma idiosincrasia.


Por: Aldo Francisco Hernández Aguilar 
Doctor en Medicina, profesor universitario de Anatomía Microscópica e 
investigador de la 
Universidad de El Salvador (UES) y médico de la Clínica Metabólica del 
Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS).

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