Pensar “la rebusca”: reflexiones sobre el trabajo por cuenta propia

El 14 de noviembre se celebró el “día nacional del trabajador por cuenta propia”. Un mes después me gustaría hacer un par de reflexiones acerca de esta labor constituida por más del 50% de la población trabajadora en el país.

¿Qué es “la rebusca”? Qué será que esta palabra, a pesar de implicar una situación jodida, suele siempre pronunciarse con una firmeza que llama bastante la atención: “¿Qué tal? ¡Aquí, en la rebusca!” “¿Cómo lo lograste? ¡Ah, ya ves, una se rebusca!”. La rebusca en esos instantes parece ser esa condición maldita de la que, no obstante, todos parecemos estar orgullosos. Sin embargo, en el contexto salvadoreño, hay que reconocer que los íconos de este modo de vida son los autodenominados “trabajadores por cuenta propia”. Con respecto a ella/os hago esta reflexión.

La rebusca, según la biblia, era el acto de recoger los frutos sobrantes en el campo, luego de haber pasado la cosecha[i]. La ley de Dios prohibía a los cultivadores recolectar los frutos sobrantes puesto que tales frutos los había concedido específicamente “al afligido, al forastero, al huérfano de padre, a la viuda, etc.” ¿No es ésta acaso la representación bíblica más exacta de la situación actual para la mayoría salvadoreños que buscan a diario el sustento – y en particular la de los trabajadores por cuenta propia? Valdría la pena hacer una reflexión histórica para observar de dónde surge la fuerza de una palabra tan valiosa como “rebuscar”.

Antecedentes históricos

La historia del trabajo por cuenta propia está fundamentalmente ligada a la forzosa apropiación de los recursos en los comienzos de la nación salvadoreña. No se puede entender el carácter de esta forma de trabajo sin remontarnos a su expansión a finales del siglo 19. Previo a la década de 1880, la agraria economía de El Salvador estaba constituida por distintas formas de producción, correspondientes a los diferentes grupos que habitaban el espacio nacional. Por un lado, la población indígena practicaba una agricultura de subsistencia basada en tierras comunales. Por otro lado, la población blanca y mestiza implementaba una mezcla entre un sistema ejidal y uno de propiedad privada; éste último se basaba en una relación sumamente vertical entre el propietario de la tierra y sus trabajadores.

No obstante los esfuerzos por desarrollar un tipo de economía basado en la propiedad privada, la cantidad de trabajadores disponibles en ese entonces era muy escasa para suplir las demandas de los terratenientes. Las “leyes de la vagancia” intentaron sin mayor efecto dar solución a dicho inconveniente y en algún momento se habló incluso de traer numerosos grupos de trabajadores chinos al país para combatir la “falta de brazos”[ii]. Luego del fallo de estos esfuerzos, fueron las leyes de extinción de tierras comunales y ejidales a principios de la década de 1880 lo que expandió la fuerza laboral del país. La implementación de dichas leyes facilitó la apropiación y concentración de la tierra en pocas manos, y forzó a centenares de indígenas y mestizos a buscar trabajo ya sea en haciendas o en los centros urbanos de entonces.

Es de dicho proceso que se expande el trabajo por cuenta propia, en buena parte con los llamados “jornaleros”. Si bien las teorías clásicas de la economía dicen que el paso hacia la propiedad privada conlleva a la generación de empleo por parte de los propietarios, en El Salvador, como en la mayoría de países del sur global, no ocurrió así. Lo que ocurrió fue la expansión de un enorme grupo de gente buscando trabajo en lo que hubiera disponible. Muchos de estos trabajos no eran “empleos” como los que enseñan los libros de economía, no eran puestos de trabajo estables en los que una persona llega a trabajar todos los días. Más bien eran trabajos transitorios: un jornalero podía trabajar una temporada o un día en una hacienda y luego le tocaba buscar otro lugar donde conseguir ingreso – en otras palabras, se rebuscaba.

Asimismo, se expande durante esa época el llamado “comercio informal” en las calles de los centros urbanos de entonces. Contrario al imaginario popular de que las ciudades salvadoreñas de principios del siglo XX carecían de comercio en las calles, en los centros urbanos abundaban las ventas estacionarias y ambulantes, y su causa no era una mera “falta de planeación” sino la apropiación de los recursos que forzó a las personas a rebuscarse en las calles. Este comercio se basaba en la venta de artículos artesanales, alimentos, y con el tiempo fueron apareciendo nuevas mercancías a partir de las necesidades creadas por personas de mayor ingreso, como el lustrado de zapatos y la venta de periódicos. Con el tiempo esto fue creciendo en cantidad y variedad a medida más gente se veía obligada a buscar distintas formas de subsistencia ante la concentración de los recursos económicos.

Dialéctica de la Rebusca: ¿Emprendedurismo o Trabajo por Cuenta Propia?

En las últimas décadas ha habido un mayor reconocimiento de este tipo de trabajo por parte de las instituciones estatales. Ello ha facilitado toda una serie de políticas llamadas “políticas del sector informal”. Sin embargo, existe dentro de esta serie de proyectos una lucha política con respecto a la representación de las personas que trabajan en este sector. Por un lado, algunos identifican a estas personas como “empresarios” del sector informal, por otro lado, otros lo hacen como “trabajadores por cuenta propia”. Aunque para algunos esta distinción pueda parecer insignificante, no lo es a la hora de tomar decisiones que afectan profundamente a dicha población.

Por ejemplo, a simple vista el sustantivo de “empresario” parece ser algo positivo, puesto que reconoce el esfuerzo, la iniciativa, y un nivel de independencia en el trabajo realizado por estas personas. No obstante, este sustantivo muchas veces esconde algo insidioso. Coloca al trabajador en una posición en donde asume total responsabilidad de su condición, es decir, asume responsabilidad del tipo de trabajo que realiza, de su relación desventajosa con los proveedores y consumidores, de su falta de capital, conectes, y educación técnica necesaria para hacer crecer su negocio y “formalizarlo”. El o Ella, es responsable de conseguir todo lo necesario para formar una “empresa”, con todas sus implicaciones: empleados, administración, publicidad, capital, etc. Colocar a la mayoría de trabajadores por cuenta propia en esa posición es ignorar por completo su realidad. Más aún, es limitar su posibilidad de superarse, puesto que el identificarlos como “empresarios sin empresa” o “con empresa pero ‘informal’” implica dejarles fuera del sistema de seguridad social y protecciones legales básicas.

Existe otra forma de identificación, cuyo nombre reconoce el nivel de autonomía de la población mencionada, pero también reconoce su condición de trabajadores: éste es el de “trabajador/a por cuenta propia” o “trabajador/a independiente”. Para entender este término se debe dejar de aceptar las categorías sesgadas de las entidades burocráticas, y comenzar a escuchar cómo los grupos de trabajadores mal llamados “informales” se perciben a sí mismos y entienden su propia realidad. Si bien el término “trabajo por cuenta propia” surgió de una institución burocrática como la Organización Internacional del Trabajo, éste ha sido apropiado por los mismos trabajadores para llevar a cabo un proyecto en favor de su reconocimiento social y la mejora de sus condiciones de trabajo y de vida. En ese sentido, ser trabajador por cuenta propia cobra un sentido más amplio y fundamentalmente político:

Ser trabajador por cuenta propia implica tener iniciativa y cierta independencia en el trabajo que uno realiza, pero también implica entender lo complicado de su situación y de las relaciones de poder en las que uno se encuentra inmerso. Implica entender que el capital, ya sea por medio de proveedores o prestamistas, se aprovechan de la falta de protección legal e institucional de los trabajadores para imponer sus condiciones en las transacciones económicas. También entender que muchas veces el trabajo produce valor para grupos reducidos grupos de la población, aquellos con mayores ingresos – como construir o limpiar casas lujosas, o hacer de vigilante para una residencial, o para un grupo de extranjeros en un paseo turístico.

Se trabajador por cuenta propia también es entender que, sobre todo en el caso de las mujeres, el trabajo no se reduce a la mera consecución del ingreso sino al trabajo reproductivo que lo permite, es decir, el trabajo del hogar, el trabajo de cuidado de la familia y de la comunidad. Sin ese trabajo, nada de lo demás fuese posible, y sin embargo ninguna institución estatal lo reconoce debidamente. Se le asigna a las mujeres como algo “natural” cuando es algo de lo que todos deberíamos ocuparnos.

Finalmente, ser trabajador por cuenta propia implica saber, que si bien su trabajo se da en medio de una red de relaciones desventajosas, siempre existe una posibilidad para reorganizarse, para romper con relaciones jerárquicas y para producir cadenas de valor que beneficien a sus propias comunidades y desnuden la completa dependencia de la clase alta y media, tanto del país como extranjera. Es por esto último, que a pesar de lo jodido que pueda ser vivir en la rebusca, ésta debe seguir siendo motivo de orgullo – por el valor que es capaz de producir y por las posibilidades que presenta para la construcción de una sociedad diferente.

[i] https://wol.jw.org/es/wol/d/r4/lp-s/1200001719

[ii] Lindo 2015.

 

 

 

 

 

 

 

 

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