El Salvador recuerda al ahora santo, monseñor Oscar Arnulfo Romero y Gáldamez, quien fue asesinado hace 39 años, un 24 de marzo de 1980, según los informes de la Comisión de la Verdad de las Naciones Unidas, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y de El Vaticano, fue el fundador del partido ARENA, Roberto d’Aubuisson, quien ordenó el crimen en contra del arzobispo de San Salvador.

Oscar Arnulfo Romero fue un sacerdote católico que estuvo en defensa de los más necesitados, del pueblo salvadoreño, quien a través de sus homilias y su labor en defensa de los pobres, provocaron el descontento con algunos sectores de poder en El Salvador.

Romero creció en una familia humilde. Él, desde pequeño era conocido por su amor a las cosas sencillas y las comunicaciones. Según las palabras del ahora santo, cuando era niño, asistió a una ordenación sacerdotal la cual lo dejó impactado, fue en ese momento que se generó en el un profundo deseo de convertirse en sacerdote.

Inicio del sacerdocio

La Oficina de Canonización del Arzobispado de San Salvador afirma que Oscar Arnulfo fue un sacerdote caritativo y entregado, que no aceptaba obsequios que no necesitara.

En 1930, cuando Romero tenía 13 años, decidió ingresar al Seminario Menor de San Miguel, y luego, en 1937, inició los estudios en el Seminario Mayor de San José de la Montaña, en San Salvador. Ese mismo año, viajó a Roma, y continuó sus estudios en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana, hasta ser ordenado como sacerdote el 4 de abril de 1942, en Roma, por monseñor Giovanni Batista Montini, quien el 21 de junio de 1963, sería nombrado como sucesor de Pedro, con el nombre de Pablo VI.

Posterior a su ordenación sacerdotal, Romero regresó a El Salvador y fue nombrado párroco en Anamorós, La Unión, luego, estuvo con el mismo cargo en la Catedral de Nuestra Señora de la Paz en San Miguel, donde además fungió como secretario del obispo de San Miguel, monseñor Miguel Machado.

Años más tarde, en 1968, en ese entonces sacerdote, Romero fue nombrado secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador.

Sacerdocio pleno

Dos años más tarde, el papa Pablo VI, el mismo que lo ordenó como sacerdote, lo designó obispo auxiliar de San Salvador (del arzobispo Luis Chávez y González), consagrado el 21 de junio de 1970, en manos del nuncio apostólico Girolamo Prigrione.

Al ser ordenado como obispo, Romero y Galdámez obtuvo el sacerdocio pleno, conocido así por la Iglesia Católica luego de tener los 3 grados del orden sagrado: diaconado, sacerdocio y obispado.

Luego, monseñor Oscar Arnulfo Romero fue nombrado obispo de la diócesos de Santiago de María, el 15 de octubre de 1974, y ocupó esa sede durante dos años.

Óscar Arnulfo Romero fue nombrado Arzobispo de San Salvador, sucediendo a Cávez y González, nuevamente, por decisión de Pablo VI en febrero de 1977. Desde ese momento inició su defensa de los derechos humanos en medio de una naciente guerra civil entre la guerrilla de izquierda y el gobierno de extrema derecha.

Romero y la defensa hacia los más necesitados

Defender a los más desprotegidos y necesitados, le llevó a Romero una persecución constante, que incluían expulsiones y asesinatos contra sacerdotes y laicos, la lucha por la protección de los derechos humanos de los salvadoreños le llevó a enfrentarse abiertamente con la dictadura, a la que responsabilizó de las muertes. Con sus acciones obtuvo un importante reconocimiento a nivel internacional.

Sacerdotes y miembros de la arquidiócesis resintieron su nombramiento, pues preferían a monseñor Arturo Rivera y Damas para el puesto. Incluso, algunos llegaron a considerar a Romero como candidato de sectores conservadores que deseaban contener a la iglesia la defensa de la opción preferencial por los pobres.

En sus homilías en la catedral metropolitana de San Salvador y en sus frecuentes visitas a las comunidades, Romero no se cansó de denunciar y condenar repetidamente los violentos ataques contra la Iglesia y los necesitados.

En marzo de 1977, asesinaron al amigo y estrecho colaborador de Romero, el sacerdote jesuita Rutilio Grande, en la ciudad de Aguilares junto a dos campesinos, quien tenía 4 años al frente de la parroquia de Aguilares, donde había promovido la creación de las comunidades eclesiales de base y la organización de los campesinos en la zona. Fue el presidente de la República quien informó a Romero sobre la triste noticia, asimismo, convocó a celebrar una misa única para demostrar la unidad del clero. Dicha actividad se llevó a cabo el 20 de marzo en la Plaza Barrios, pese a la oposición del nuncio apostólico y los obispos de la Conferencia Episcopal.

La opción preferencial por los pobres hizo que el obispo fuera un blanco de una campaña en su contra de parte de grupos de poder en el gobierno y de organizaciones políticas. Recibió calumnias en los medios de comunicación, además de insultos y amenazas de todo tipo.

Romero fue blanco de una agobiante campaña en su contra por parte de los sectores poderosos del país, del gobierno y de las organizaciones político-militares de izquierda. En los diarios recibió calumnias, insultos y amenazas de todo tipo. Varios de sus amigos sacerdotes fueron asesinados durante ese tiempo.

El informe elaborado por el Vaticano, reveló que uno de los medios de comunicación que atacaban al obispo fue El Diario de Hoy. El documento titulado “CONGREGATIO DE CAUSIS SANCTORUM P. N. 1913”, elaborado por el relator general, Fr. Vincenzo Criscuolo; el postulador de la causa de canonización de Romero, monseñor Vincenzo Paglia y el colaborador, profesor Roberto Morozzo Della Rocca afirma que:

“Pero sobre el odio profundo de la derecha oligárquica por Romero no puede haber duda alguna, “El Diario de Hoy, uno de los dos periódicos de mayor difusión en el país (el otro era “La Prensa Gráfica”), hablaban habitualmente de Romero como un “arzobispo demagogo y violento”, que estimulaba “desde la catedral la adopción del terrorismo”.

“El odio oligárquico hacia el siervo de Dios (monseñor Romero) era un odio exasperado al no poderlo clasificar irrefutablemente como subversivo y comunista”, añade el documento (capítulo XX MARTIRIO FORMAL EX PARTE PERSECUTORIS).

Incluso obispos y sacerdotes buscaron manchar su nombre, calumniándolo ante las autoridades de Roma. Pero a pesar de ello,  Romero recibió el apoyo del Papa Pablo VI.

Primer intento de homicidio

En la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús, el 9 de marzo de 1980, se encontró un maletín de color negro debajo del Altar Mayor, la persona que notó su presencia, el sacerdote Ramiro Jiménez, notificó inmediatamente a la Policía Nacional.

Un detective de dicha entidad, experto en explosivos desactivó el artefacto explosivo, que estaba compuesta por dinamita comercial.

Según investigaciones, la bomba se accionaría en el momento que Romero oficiaría una misa en memoria del ex procurador general de la República, Mario Zamora Rivas, asesinado el 23 de febrero de 1980 en su lugar de residencia. La gestión de la Fiscalía General de la República no hizo ninguna investigación formal del caso.

Un día antes de su muerte, el 23 de marzo de 1980, Romero hizo desde la catedral un enérgico llamamiento al ejército salvadoreño, en su homilía titulada La Iglesia, un servicio de liberación personal, comunitaria, trascendente, que más tarde se conoció como Homilía de fuego.

 

«Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles… Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que de un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: «No matar». Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión», decía Monseñor Romero.

Asesinato por odio a la fe

El lunes 24 de marzo de 1980, aproximadamente a las 6:30 de la tarde, Romero fue asesinado mientras celebraba una eucaristía en la capilla del hospital de la Divina Providencia en San Salvador: recibió un disparo hecho por un francotirador desde un auto afuera de la capilla, recibió el impacto en su corazón, minutos antes de la consagración.

Las investigaciones póstumas a su asesinato, entre ellas el informe de la Comisión de la Verdad, creado por las Naciones Unidas, concluyó que el asesinato de  Romero había sido ejecutado por un francotirador. En 2004, una corte de los Estados Unidos declaró civilmente responsable del crimen al capitán Saravia.

Durante muchos años, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) señaló que el gobierno salvadoreño había frenado la investigación para conocer de manera oficial, el nombre de los responsables de la muerte del obispo.

El informe de la CIDH concluyó que el Estado salvadoreño no cumplió con su obligación de respetar los derechos reconocidos en la Convención Americana y garantizar su libre y pleno ejercicio.

Tiberio Romero, hermano del obispo Romero junto a la directora de la Oficina de la Tutela Legal del Arzobispado, María Julia Hernández, alegaron a la CIDH que monseñor Romero fue ejecutado extrajudicialmente por los Escuadrones de la Muerte, integrado por agentes del Estado. Asimismo, alegaron que para ese entonces «no se había hecho justicia en su caso, tanto en la violación del orden jurídico interno como de los compromisos internacionales contraídos por El Salvador.».

Romero y Hernández, como peticionarios ante la CIDH expresaron que:

El asesinato de Monseñor Romero es un hecho que conmovió al mundo entero, por el papel tan fundamental que, como Pastor de la Iglesia Católica, estaba jugando en la búsqueda de una solución a los graves problemas que El Salvador estaba sufriendo al momento de su asesinato y, además, “por ser el más importante defensor de los derechos humanos que El Salvador ha tenido a lo largo de toda su historia”. Monseñor Romero se había destacado durante sus años como Arzobispo de San Salvador, como el principal elemento de denuncia pública y contención a la represión que azotaba al país durante esa época, represión que era ejecutada por los escuadrones de la muerte en coordinación con agentes del Estado, miembros del ejército, etc. Siendo precisamente ese papel jugado por Monseñor Romero lo que le originó una grave persecución por las fuerzas militares y por los detentadores del poder público, persecución que también se tradujo en atentados en contra de su vida de parte de agentes del Estado en coordinación con escuadrones de la muerte, los cuales operaban a vista y paciencia y con la complicidad y colaboración del Estado en aquella época.

Menos de dos meses luego del asesinato de Romero, se realizaron allanamientos para encontrar a los responsables, se obtuvo documentación relacionada con la ejecución del arzobispo Romero, dicha información señalaba que Roberto d’Aubuisson, apoyado por el Ejercito, condujo una campaña ante la opinión pública para acusar a la guerrilla del homicidio y así desviar sus responsabilidades.

Fue hasta el 6 de noviembre de 2009, que el expresidente Mauricio Funes decidió investigar el asesinato de Romero para acatar un mandato de la CIDH, con fecha del año 2000.

31 años después del asesinato, se conoció el nombre del asesino de Romero: Marino Samayor Acosta, un subsargento de la sección II de la extinta Guardia Nacional, y miembro del equipo de seguridad del expresidente de la República.

Samayor Acosta expresó que recibió una orden de Roberto d’Aubuisson Arrieta para llevar a cabo el crimen contra el ahora santo; d’Aubuisson fue creador de los escuadrones de la muerte y además, fundador del partido ARENA. El subsargento Samayor recibió $114 por disparar el francotirador.

En el contexto de la firma de los Acuerdos de Paz, la Organización de las Naciones Unidas nombró una Comisión de la Verdad para El Salvador que investigó varias violaciones de derechos humanos, incluyendo el asesinato de Monseñor Romero. En su Informe Final, presentado el 15 de marzo de 1993 al Secretario General de la ONU y al público, la Comisión de la Verdad identificó a los autores intelectuales y cómplices de la ejecución del Arzobispo de San Salvador.

Cinco días después de la publicación del Informe, el 20 de marzo de 1993, la Asamblea Legislativa de El Salvador dictó la Ley de Amnistía General mediante el Decreto N° 486. Romero y Hernández dijeron que esta ley tuvo el objeto de impedir la investigación judicial de los crímenes revelados por la Comisión de la Verdad.

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«Romero erradicó la violencia como instrumento de conquista o pacificación»

Vincenzo Paglia asegura Romero es el profeta de la entrega gratuita del amor” y que es “un profeta actual también para su país y para América Latina, porque es el profeta que puede destruir la atracción que las maras tienen entre los jóvenes”.

Por otro lado, el postulador de la causa de Monseñor Romero ante el Vaticano, el obispo Vincenzo Paglia en una entrevista a InformaTVX durante su visita al país en enero, dijo que en el caso del arzobispo, luego de su asesinato, «hubieron acusaciones graves que son peores a la bala que golpeó su corazón. Hubo hasta amenazas que buscaban frenar el proceso de canonización», dichas acusaciones son vinculadas a las que hacía el cardenal Gregorio Rosa Chávez previo a la canonización, donde embajadores de El Salvador en el Vaticano, pedían detener el proceso.

Paglia afirmó que San Oscar Romero es un guía reconocido alrededor del mundo e invitó a seguir el ejemplo del santo de tener una opción preferencial hacia los pobres.

“Romero sigue siendo quien con mayor claridad, erradicó la violencia como instrumento de conquista o pacificación. Romero nos dice con claridad que la vida se dona, no se quita. Que la vida se vive hasta el final, como hizo él, pero nunca y nadie puede eliminarla”, afirmó.

“A San Oscar Romero le mataron para hacerle callar, pero ahora él es una de las memorias más universales y no sólo de la Iglesia Católica de hoy”, destacó.

Además, resaltó que el mensaje que lanzó Romero y que le costó la vida, «tiene ahora más actualidad que nunca, sobre todo en estos momentos en los que muchas comunidades cristianas viven una brutal persecución».

Cruz de pectoral de monseñor Romero, que porta el postulador de la causa de Romero, monseñor Vincenzo Paglia. | Foto: Oscar Flores – TVX

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