Marvin Aguilar 

Existe una diferencia entre ser pobre y ser empobrecido. Para el caso salvadoreño debemos entender que los modelos económicos impulsados en 200 años nos han empobrecido. Peor herencia económica que haber sido colonia española o que Napoleón Bonaparte antes y George Soros ahora hayan conspirado contra nosotros la causa –siendo históricamente justos– por la que nuestra patria se encuentre en eterna precariedad, ajustes, deuda social y violencia de todo tipo y en distintos niveles de gravedad; son nuestras elites políticas y económicas que siempre han impulsado modelos económicos que deliberadamente humillan, marginan y condenan a la pobreza a los salvadoreños. 

Se puede decir que en El Salvador hemos tenido 5 modelos económicos: el agroexportador basado en el café; el industrial buscando producir para no importar; el importador e inversiones extranjeras que ha terminado exportando mano de obra barata hacia países desarrollados; la economía de guerra durante el conflicto armado interno y, finalmente, un modelo populista económico basado en crear expectativas económicas irreales dentro de la población para lograr apoyos político-electorales. A excepción del periodo que intentó la industrialización, ninguno ha dejado un resultado positivo en nuestro país. Podemos resumir que nada de lo hecho en 200 años ha servido. 

Desde luego eso no quiere decir que no se haya generado riqueza durante estos años. Funcionarios de la embajada de EE.UU. en San Salvador para 1931 reportaban lo siguiente: “hay una abundancia de autos de lujo. Pareciera que solo hubiera ese tipo de vehículos. Prácticamente no existe clase media, solo hay inmensamente ricos y pobres de solemnidad. Entre 30 y 40 familias son propietarias de casi todo El Salvador”. El encargado de negocios de la embajada estadounidense había notado que Miguel Dueñas, el mayor latifundista salvadoreño pagaba 5 mil colones anuales de impuestos, cuando debería estar pagando 10 veces más esa cantidad.

¿93 años después algo ha cambiado? El heredero del grupo Calleja viaja con mil millones de dólares por Argentina, Colombia y Uruguay a comprar supermercados para agrandar el suyo y, según FORBES, son 160 personas los más ricos de El Salvador, siendo la cabeza de esta lista Roberto Kriete y Ricardo Poma. Al lado contrario, según CEPAL, hay 2 millones de pobres, dentro de los cuales hay medio millón en extrema pobreza y, según la Encuesta de Hogares Múltiples del GOES, la pobreza en 2023 pasó de 25% al 30%. La situación no ha cambiado.

La ventaja salvadoreña –sostenían los funcionarios de EE.UU. en 1931– “es que la gente aquí nunca está hambrienta porque pueden conseguir frutas y verduras gratis y pueden robar madera para el fuego. Además como nunca han tenido nada, no sienten tan aguda la necesidad de las cosas que les hacen falta”. La ventaja hoy es que siempre nos podemos ir del país. 

II

Desde la independencia hasta la administración Bukele ha habido mejoras: pasamos de una esperanza de vida de 30 años a 73 años en la actualidad –gracias al avance de la medicina y vacunas–, pero esto no significa calidad de vida. A los primeros gobiernos ocupados como estaban en definir sus fuentes de riqueza no les importaba mucho que enfermedades gastrointestinales, influenza, malaria, paludismo, tuberculosis o epidemias como el cólera, disenterías, fiebre amarilla y viruela estuvieron matando por 75 años a los salvadoreños.

La pandemia de 1917 o gripe española bajo el gobierno de la dinastía Meléndez-Quiñonez (una de las familias más ricas del país) dejó un claro ejemplo de cómo era la salud para el pueblo: la aspirina fue la medicina clave para aquella pandemia. Siendo 2 millones y medio de habitantes, solo se compraron 20 mil aspirinas que fueron repartidas solo en San Salvador. El resto del país debió arreglárselas como pudo. Murieron varios miles. Y el último de los Meléndez-Quiñonez ganó la siguiente elección con el 100% de los votos. Es decir, los pobres votando por los ricos a cambio de comida, humo y espejos. 

Con los niños el abandono era igual, aunque ellos por su condición llevaban la peor parte dentro del modelo económico de las elites. Morían 159,7 niños por cada mil que nacían. Para el inicio de la guerra civil había bajado a 111, 4 por cada mil. Para 2019 era de 15,9 por cada mil. Sin proponérselo, los conservadores anti aborto al impulsar modelos económicos extractivos promovían la muerte de los niños salvadoreños, mientras la población mal educada se llenaba de hijos previendo que podían morírseles antes de los 5 años.

Si, la educación tampoco fue una prioridad en los modelos económicos salvadoreños hasta el día de hoy. Se puede dejar de ser pobre gracias a la educación, pero eso nuestras élites no lo entienden o no desean entenderlo, porque no es solo que un pueblo inculto y mal educado vota mal eligiendo los peores, sino que, además, una población mediocre no puede tener buenos y decentes salarios. Todos ganan.

El Salvador colonial heredó a El Salvador republicano 89 escuelas y 1793 alumnos. Ninguno era indígena o afro descendiente. Todos criollos o peninsulares.

Si bien la república le quitó a la iglesia católica la instrucción, volviéndola instrucción pública, no avanzaron mucho de estar escolarizados. De 11 de cada mil con los monárquicos, se llegó a 19 de cada mil con los independentistas. Con el café llegó la riqueza pero no la educación. De 93 escuelas coloniales pasamos a tener 435 en época de la oligarquía cafetalera. 

Así a finales del siglo XIX llegamos a tener 850 escuelas, pero iniciando el siglo 20 el gobierno cafetalero cerró de golpe 503 por falta de presupuesto; dejando en el analfabetismo a las mayorías del campo y pobres urbanos. Luego vino la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez, quien en sus 13 años solo construyó 250 escuelas, prolongando el analfabetismo dentro del pueblo. Tales condiciones de marginalidad, bajos salarios y represión política dieron inicio a la migración de salvadoreños hacia Honduras. 

Después de la caída de la dictadura comenzó a subir la matrícula escolar llegando hasta un 70% de asistencia durante el año lectivo. Y subió para la década de los 50 ‘s,  ya que la industrialización del país animaba a encontrar trabajos más técnicos y mejor remunerados. Fue en estos años que comenzó la migración del campo a la ciudad, lo que enfureció a los terratenientes que miraban cómo se quedaban sin mano de obra barata en el campo mientras la industrialización se ampliaba al mercado centroamericano.

Y llegó la guerra de las 100 horas que destruyó todas aquellas posibilidades de mejoras económicas y educativas de los salvadoreños con la industrialización. Con el conflicto armado de 1980 volvió a caer la matrícula y con ello dio inicio la decadencia educativa salvadoreña que persiste hasta nuestros días, haciendo cada más difícil salir de la pobreza a la mayoría de jóvenes y salvadoreños en general, mientras las élites continúan volviéndose cada vez más ricas.